sábado, 13 de junio de 2015

Mundo Jurásico, de Colin Trevorrow




Mundo Jurásico
(Jurassic World, EEUU, China, 2015)
de Colin Trevorrow

Jesús Guerra

En la famosa Isla Nublar, muy cerca de Costa Rica, en donde estuvo el primer Parque Jurásico (que nunca abrió sus puertas al público), hay ahora, 22 años después, uno que sí funciona y que ya no se llama parque sino mundo: Mundo Jurásico. Está lleno de gente, es exitoso, su nuevo dueño es el multimillonario Simon Masrani (Irrfan Khan), y la directora es Claire (Bryce Dallas Howard), una joven ejecutiva que es todo lo que se espera de los ejecutivos (controladora, fría, dura, incansable). El encargado de domar a los dinosaurios, incluidos los famosos ‘raptors’ (con quienes ya preparan un show) es un joven con todas las características de los antiguos vaqueros, aunque él más bien monta en moto, llamado Owen (Chris Pratt). Uno de sus asistentes, o algo así, es Barry (Omar Sy, muy desperdiciado, tanto el personaje como el actor), y hay una suerte de consultor militar, cuyo papel en el parque de atracciones es poco claro pero su papel en la cinta no lo es: el villano, Hoskins (Vincent D'Onofrio), quien quiere a toda costa convencer al dueño del parque de utilizar a los ‘raptors’ como armas para el ejército norteamericano. Él, feliz, se los imagina ya destrozando enemigos (D’Onofrio es un actor estupendo pero aquí también está desperdiciado).




Por otra parte tenemos a la hermana de Claire, Karen (Judy Greer), en los Estados Unidos, cuyo matrimonio está en problemas. Quizá para darle un poco de espacio, quizá porque son vacaciones, quizá porque se siente un poco culpable de que desde hace años no ve a sus sobrinos, Claire los ha invitado, sólo a los dos jóvenes, Gray (Ty Simpkins), de unos 10 años, y Zach (Nick Robinson), de unos 16, a que pasen unos días de vacaciones en el parque, supuestamente con ella. Pero es obvio que ella no tiene tiempo de nada porque sus múltiples ocupaciones la tienen saturada, así que Claire los deja al cuidado de una de sus asistentes, Zara (Katie McGrath), una chica que quiere seguir los pasos de su jefa. Los chicos, que se sienten molestos por estar al cuidado de una desconocida, deciden escapar de su vigilancia, lo cual logran con eficaz rapidez.




Lo que casi nadie sabe, pues no lo sabe ni siquiera Owen, es que hay un nuevo dinosaurio en una sección cerrada, que espera el momento de su presentación en sociedad. Se trata de un dinosaurio inventado, que nunca existió, creado con la mezcla de varios dinosaurios: la receta, por supuesto, es secreta, pero la idea que está detrás es típica de las grandes corporaciones; como los dinosaurios ya no asombran a casi nadie y las entradas al parque han bajado, requerían una nueva atracción, una que fuera más grande, más peligrosa, más aterradora, más impresionante que el T. Rex. En el nuevo Mundo Jurásico, claro está, cometen el mismo error que se cometió en el antiguo Parque Jurásico: subestimaron a su propia criatura, y por supuesto las cosas se salen de control justo el día que llegan al parque los sobrinos de Claire.




¿Es divertida la película? ¿Funcionan sus efectos especiales? ¿Se ven impresionantes sus dinosaurios? Claro. La película está bien hecha. Costó alrededor de 150 millones de dólares. Los dinosaurios siguen siendo espectaculares y ahora los podemos ver en 3D. Y como ahora hay cientos, quizá miles, de visitantes en el parque, cuando el caos se desencadena es a gran escala. A los niños y los adolescentes que sólo han visto las películas anteriores de la serie en televisión debe de encantarles, PERO (el terrible pero), a quienes vimos la película original en cines en 1993 (en efecto, ¡hace 22 años!), la película nos decepciona. Nos decepciona porque básicamente es la misma historia pero no tan bien contada. Y es que, en términos puramente argumentales, de historia básica, ¿qué más puede tener? A una historia se le pueden agregar adornos pero en esencia no se puede cambiar sin deformarla. El problema no está en esta película (bueno en parte sí, eso ahorita lo vemos) sino en el hecho de que la serie de Parque Jurásico ya está agotada. Mundo Jurásico comete el mismo error que la corporación de su narración, nos quisieron vender lo mismo pero como los dinosaurios ya no asombran a casi nadie, requerían una nueva atracción, un dinosaurio que fuera más grande, más peligroso, más aterrador, más impresionante que el T. Rex. Y si bien el resultado no es catastrófico como en la historia, y evidentemente va a ganar mucho dinero esta película, lo cierto es que no es una cinta memorable, y ni siquiera es tan emocionante como la original.




Ahora, si la quisiéramos juzgar como una suerte de re-make de la cinta de 1993, el problema estaría en sus modificaciones. Por bien que estén en sus papeles los actores centrales, no hay en esta versión ni un solo personaje que sea notable. No está alguien como el Dr. Alan Grant (el estupendo Sam Neill), ni como el matemático Ian Malcolm (el también estupendo y excéntrico Jeff Goldblum). Los personajes centrales de la nueva versión están bien desarrollados pero sin gracia. Los de la primera película estaban adaptados de una novela, de Michael Crichton, por él mismo. Y la película fue dirigida por Steven Spielberg, que por cursi que sea es buenísimo en el manejo del suspenso. En ésta no hay suspenso alguno. Claro que la mano de Spielberg (que está acreditado como productor ejecutivo) se nota en detalles. El dinosaurio moribundo parece una versión de E.T., por poner un ejemplo. El beso entre Owen y Claire (porque se besan, claro, y no creo estar revelando un secreto) nos recuerda al de Indiana Jones y Marion.




El director, Colin Trevorrow, hace un trabajo muy decente en términos generales, pero se quedó corto. Habrá que ver qué sucede con las siguientes, porque, por supuesto, ya se habla de una o varias continuaciones.

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Mundo Jurásico (Jurassic World). Dirección: Colin Trevorrow. Guión: Rick Jaffa, Amanda Silver, Colin Trevorrow y Dereck Connolly, basado en una historia de Rick Jaffa y Amanda Silver. Música: Michael Giacchino. Fotografía: John Schwartzman. Edición: Kevin Stitt. Diseño de producción: Ed Verreaux. Con: Chris Pratt, Bryce Dallas Howard, Vincent D’Onofrio, Ty Simkins, Irrfan Khan, Nock Robinson, Omar Sy, y BD Wong, entre otros. Países: EEUU y China. 124 minutos.


martes, 2 de junio de 2015

Terremoto: la falla de San Andrés, de Brad Peyton






Terremoto: la falla de San Andrés
(San Andreas, EEUU, Australia, 2015)
de Brad Peyton

Jesús Guerra

Ray (Dwayne Johnson) es rescatista en Los Ángeles. Pilotea un helicóptero. Lo vemos en acción para que sepamos qué tan bueno es en lo que hace. Cuando llega a su casa en el correo encuentra los papeles que debe firmar para consumar su divorcio, pero por supuesto aún ama a su mujer, Emma (Carla Gugino), a la cual perdió por no ser capaz de abrirse y mostrarle su dolor ante la pérdida de una de sus dos hijas, la cual murió en un accidente. Su otra hija, Blake (Alexandra Daddario) le llama para pedirle que le lleve unas cosas que olvidó en casa. Ray se las lleva a la casa del novio de su ex mujer. Ahí se entera que Blake tendrá que ir a Seattle por asuntos de la universidad, pero que su próximo padrastro, Daniel (Ioan Fruffudd) la llevará en su avión privado, aunque antes llegarán a San Francisco por un asunto que tiene que arreglar.




Por otra parte, vemos a un sismólogo llamado Lawrence (un muy desperdiciado Paul Giamatti) que va con un asistente al vecino estado de Nevada para confirmar que su nuevo sistema es capaz de predecir los sismos y su magnitud (aunque en realidad con muy poco tiempo de anticipación). Ahí los microsismos se convierten en un sismo fuerte, y Lawrence se entera, entonces, que el siguiente gran sismo es inminente y golpeará a Los Ángeles.

Ray se encuentra volando el helicóptero sobre Los Ángeles cuando el sismo comienza en la ciudad. Su mujer está en una torre del centro y su hija en otra torre en San Francisco...




Al igual que las películas de terror, que nos permiten sentir la emoción del miedo sin encontrarnos realmente en una situación de peligro, natural o sobrenatural, los filmes de desastres nos permiten experimentar qué sería y cómo se verían las cosas si nos encontráramos en una situación catastrófica, sin tener que experimentarla. Las cintas de desastres tienen otra función: luego de lo visto en la pantalla, salimos del cine sintiendo que nuestra vida no es tan terrible o problemática como pensábamos; es una puesta en perspectiva instantánea: ¿qué significan nuestros problemas personales en comparación a una posesión satánica o a que toda la ciudad se caiga a nuestro alrededor? Esto es lo único que puede explicar la fascinación que tiene el cine de Hollywood por los desastres naturales como espectáculo. Y a medida que la tecnología cinematográfica avanza, crece la destrucción. La ruina mostrada en la película Terremoto de 1974 (Mark Robson) es nada, con todo y sus efectos de sonido que hacían vibrar las salas de cine, comparada con la de Terremoto: la falla de San Andrés, debido no a la imaginación de los cineastas sino a sus posibilidades técnicas, que han avanzado bastante en 40 años.




Sin embargo, esa cinta del 74, aunque también es muy mala, estaba hecha, al igual que la mayor parte de las cintas de desastres, a partir de muchas microhistorias; muchos personajes nos mostraban algunos de los destinos posibles en el caso de una catástrofe: los que morían en el momento del desastre, los que ayudaban a otros, los que quedaban heridos, los que desaparecían, los que no entendían lo que sucedía, los que aprovechaban la situación para su beneficio, y un largo etcétera. La falla de San Andrés no lo ha hecho así, ha mezclado el cine de catástrofes con el cine de acción y el resultado es, literalmente, desastroso, por una sencilla razón: el héroe de la película es un héroe de la «vida real», Ray es rescatista, lo cual impide, de entrada, que los espectadores comunes y corrientes podamos identificarnos con el personaje central. Las películas de catástrofes son realistas por lo tanto nuestra identificación tiene que ser, más o menos, en el plano realista. (En las películas fantásticas la dinámica cambia y la identificación se da no a partir de lo que somos sino de lo que quisiéramos ser.)




Para colmo de males, Ray, que es rescatista profesional, no rescata a nadie más que a su esposa y a su hija, y todo lo demás carece de importancia aunque literalmente el mundo se caiga a su alrededor. Al no tener más puntos de referencia, la cinta pierde su dimensión humana. Los Ángeles y San Francisco quedan destruidas, y de hecho son destruidas ante nuestros ojos, pero la cinta queda reducida a un catálogo de efectos digitales de edificios en demolición, y eso, si bien es fascinante por un rato, termina por aburrirnos, porque en una película los efectos ayudan a la historia, no se construye una historia para mostrar efectos. La historia, el argumento, es lo que nos interesa en realidad, y eso es algo que, sorprendentemente, se les olvida a muchos cineastas.




Como esta película tiene un argumento mínimo, entonces los cineastas nos doblan y luego triplican la dosis de efectos y de catástrofes, a ver si así salimos satisfechos: no sólo hay un gran terremoto, hay dos, y el segundo es todavía peor, y de postre un tsunami en San Francisco. ¿Cuántos muertos hubo? ¿Millones? Pues nosotros no los vimos. Nos perdimos esas historias, porque el director estaba muy entretenido mostrándonos sólo una persona que estaba ahogándose... ¿y para contarnos esa historia tuvo que destruir todo San Francisco? Y ya no hablemos de las casualidades milagrosas, ni de la música grandilocuente, ni…




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Terremoto: la falla de San Andrés (San Andreas). Dirección: Brad Peyton. Guión: Carlton Cuse. Argumento: Andre Fabrizio y Jeremy Passmore. Música: Andrew Lockington. Fotografía: Steve Yedlin. Edición: Bob Ducsay. Diseño de producción: Barry Chusid. Con: Dwayne Johnson, Carla Gugino, Alexandra Daddario, Ioan Gruffudd y Paul Giamatti, entre otros. Países: Estados Unidos y Australia. 114 minutos.