domingo, 24 de junio de 2018

Play, de Ruben Östlund






Play
(Suecia, Francia, 2011)
de Ruben Östlund

Marlén Curiel-Ferman

Play, del director sueco Ruben Östlund, me parece una magnífica película no solamente por la precisión con la que maneja los aspectos técnicos, como la fotografía y la edición (es decir, el ritmo), sino también (y principalmente) por el argumento y el guión, los cuales versan en la crítica profunda, bien tejida en todos sus puntos y categorizaciones, objetiva y honesta que Östlund hace sobre los discursos del racismo, la marginación, la institucionalidad, la ética y la tolerancia, y cómo éstos pueden dejar de ser funcionales cuando en una sociedad avanzada, como lo es la sueca, se da el ambiente perfecto para la coexistencia de la «normalidad estructurada» (y en donde, por ende, la desigualdad, el miedo racial y la marginación social no pueden siquiera ser imaginados) y la ley de un submundo que, impelido por la segregación histórico-económica, desata su feroz hambre por ocupar, aunque sea a la brava, el lugar del otro, quien, acostumbrado a vivir en una civilización donde el trillado discurso de la igualdad y la tolerancia impera, no logra comprender al principio las razones de violencia del que es objeto, y mucho menos consigue al final defenderse de eso que lo ataca.

El filme trata de tres niños suecos (nórdicos) que son increpados por un grupo de cuatro niños negros (musulmanes), quienes los van empujando a una serie de situaciones tensas (y un tanto extremas) con la finalidad de apropiarse de sus cosas, incluyendo sus prendas de vestir.




Esta película fue duramente criticada por la sociedad europea que pretende iconizar el estatus actual de los derechos humanos, especialmente para las minorías, arguyendo que era un claro ejemplo de racismo lo que el director estaba proyectando. Y es que el filme lanza un zarpazo por demás contundente: ¿quién es minoría y bajo qué circunstancias? ¿Cómo se da el efecto del racismo invertido y cómo lo afectan profundamente estos discursos de derechos humanos que, más allá de establecer una pauta de socialización armónica entre varias etnias dentro de un mismo país, alargan la agonía de los grupos minoritarios por antonomasia, convirtiéndolos en elementos igualmente destructivos contra otra minoría, la que vive dentro de una burbuja y que lo mismo es inocente de la acción segregadora de sus ascendientes que culpable de la omisión ante los efectos de esa acción?

Östlund muestra con una severidad que raya en lo mordaz la vulnerabilidad que propicia la institucionalidad en todos sus recovecos y vertientes en un grupo dominante, pero que, a fuerza de ser obligado a machacar principios políticamente correctos, olvidan algo esencial: los principios son herramientas que rara vez sirven para comprender la naturaleza humana. Y la naturaleza humana olvida los principios cuando se le propicia un ambiente de calidez (aunque sea de dientes para afuera) a través de valores (indiscutibles y, por tanto, impunemente ilimitados) como la tolerancia, el respeto y la integración.




Otro rasgo interesante de este director es la burla que hace del, por así decirlo, «karma histórico» de los colonizadores, quienes se han visto obligados en últimas épocas a adoptar rasgos culturales de inmigrantes (en este caso africanos) para poder llevar la fiesta en paz, tanto con sus propios principios (normalmente discursos heredados de un siglo XX dedicado a convertir, por corrección política más que por intención, a los individuos de países dominantes en seres abiertos, incluyentes y tolerantes; discursos que han venido evidenciando su origen dudoso en las dos primeras décadas de este siglo), como con una realidad avasalladora que camina directamente hacia ellos: la inversión del dominio por causa del decremento poblacional de éstos contra el incremento de los inmigrantes. O sea: lo que naturalmente debe de ocurrir, llámese ciclo de vida de una cultura hegemónica o evolución histórica de las razas.

El punto más mordaz en el filme se logra cuando una pareja de padres gay increpa a un niño inmigrante de manera impune y montonera para que el niño «aprenda» que no es correcto andar amedrentando niños blancos (es decir, que hace uso de su ambivalencia racial —son físicamente superiores pero económica y socialmente inferiores en países desarrollados—). Es notoria la crítica que hace sobre cómo otro grupo, considerado (malamente) marginal, abusa de otro (inmigrante y además niño).




La película, según mi parecer, debe de verse no con los ojos del discurso tan sobado que las materias en derechos humanos nos han hecho adquirir sin por ello permitirnos reparar en su esencia, en su necesidad intrínseca, más cercana al concepto de derecho natural que al de civilización global. El hecho de que haya invertido los papeles no me parece que haya sido con la intención de volver a estigmatizar a una etnia o a otra, sino la de demostrar la poca fiabilidad que hay en el discurso de la tolerancia y la inclusión, y que es esta misma debilidad lo que al final hace que vuelva a ganar la naturaleza humana, siempre ávida de dominio y exterminio frente al otro, más si el otro cuenta con un linaje histórico que lo valida como un usurpador de los derechos naturales que el débil, convertido obligadamente en gandaya, debió haber ostentado por el simple hecho de ser humano.

Y al mismo tiempo, evidencia, insisto, la vulnerabilidad de la burbuja en la que se desarrollan los grupos dominantes en esta época, pues ni es verdad que haya bastado con la inclusión y la tolerancia para hacer efectiva la felicidad y realización de los grupos marginados, ni tampoco lo es el que su creencia en dicho discurso los vuelva inmunes ante la depredación del otro, sea cual sea su origen y/o motivo.

Les recomiendo que busquen la película y que reflexionen en torno a estos clichés y cómo la realidad (para ninguno de los dos grupos) ha sido superada, en casi ninguno de sus aspectos. Vale la pena.




Sobre Ruben Östlund
Ruben Östlund nació el 13 de abril de 1974, en Suecia. Es director, guionista y editor de cine. Entre sus obras se encuentran: Family Again (documental, 2002), Gitarrmongot (2004), Involuntario (2008), Turist (Fuerza mayor, 2014) y The Square (La farsa del arte, 2017). Östlund ha recibido muchas nominaciones y ha ganado una gran cantidad de premio en festivales cinematográficos de todo el mundo, el más importante, sin duda, fue la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 2017 por The Square, festival en el que había ganado el Premio del Jurado de la sección Una Cierta Mirada, en 2014, por Tourist. En el caso de Play, el realizador ganó el Premio Especial del Jurado de los Críticos Cinematográficos de Dublín en el Festival Internacional de Dublin, en el Festival de Cine de Gijón ganó el premio al Mejor Director, y el mismo premio en el Festival de Cine de Tokio, y el Premio de la Audiencia en el Festival Internacional de Tromsø.

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Play
Dirección: Ruben Östlund
Guión:  Erik Hemmendorff, Ruben Östlund
Fotografía: Marius Dybwad Brandrud
Edición: Jacob Secher Schulsinger, Ruben Östlund
Dirección de producción: Pia Aleborg
Vestuario: Pia Aleborg
Música: Danny Bensi, Saunder Jurriaans
Con: Anas Abdirahman, Sebastian Blyckert y Yannick Diakité, entre otros.
Género: Drama
País: Suecia y Francia
Idioma: Sueco
Año: 2011
Duración: 118 minutos





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