viernes, 18 de enero de 2019

Recuerdos de un callejón sin salida, de Banana Yoshimoto





Recuerdos de un callejón sin salida
de Banana Yoshimoto

Marlén Curiel-Ferman


Soaring high in the sky,
He may be small but only in size.
Astroboy, Astroboy,
He is brave and gentle and wise!

Cuando escuchaba esa canción a mis siete años, en el invierno de 1990, algo mayor a mí y que era yo misma sintió (o supo) que mi relación con Japón iba a ser una mezcla de melancolía y épica, aliñada, quizá, por algún sentimiento de una alegría no registrable en occidente. Se me hacía tremendamente triste aquella canción, en parte porque se oía vieja y distante, y en parte, quizá, porque me recordaba que ya se acercaba la noche y yo aún no terminaba mi tarea. En fin, que la canción con la que abrían los créditos de la caricatura Astroboy (Osamu Tezuka, 1980-1981), se me quedó marcada durante mucho tiempo, como esas veces en las que en el fondo sientes que una punta del hilo que representa ese recuerdo algún día se conectará, por azares del destino, con su contraparte, y se hará un todo, y es ese todo el que te grita, desde la lejanía del tiempo (sin importar que no estés de humor o que sea inoportuno en aquellos momentos de tedio, cuando la cotidianidad se presta para la reflexión cuasi filosófica), que la otra punta vendrá. Y todo será circular y reparador. 

Encontré al fin la otra punta de ese hilo hace dos semanas en un libro. Uno que tiene la dedicatoria a uno de los maestros del manga japonés, Fujiko F. Fujio. La puerta al mundo interior de una niña que ahora es grande se me abría con la misma intimidad con la que tu mejor amiga te enseña los pasajes más tiernos de su existencia.

«Leerla en este libro es igual a cuando te peinan el pelo con suavidad o como comerse un dulce tras un día sin mucha originalidad ni nada particular. Se siente bonito, pues.» Eso pensaba mientras me adentraba en las primeras páginas de Recuerdos de un callejón sin salida, de la escritora Banana Yoshimoto (Tokio, 24 de julio de 1964), uno de los cuentarios más bonitos que he leído en los últimos cinco años... Miento, en mi vida como lectora.

El libro inicia con el cuento «La casa de los fantasmas», y fue ahí donde elaboré la sentencia anterior, justo cuando iba leyendo el desfile de sabores, ingredientes y paisajes otoñales que la protagonista, Secchan, describía con una tranquilidad a prueba de velocidades urbanas. Secchan tenía una voz diáfana, precisa, de una monotonía dulce que la despojaba de toda pretensión. Me dejé llevar, en verdad caí en la trampa de la traviesa Banana: ella me estaba peinando el pelo con dulzura para luego llevarme sin chistar a la fuerza de su río convulso. Y no me di cuenta. Lo más extraordinario era que, ya estando ahí, decidí quedarme a presenciar el tumulto de emociones internas que una mujer japonesa llevaba consigo y la supo transmitir a sus escenarios y a sus personajes.

Porque la voz de Yoshimoto en este libro es poderosa, muy a la oriental, claro está. Así como los dulces que tanto enumera en casi todos sus cuentos, sus palabras salen de su pluma provistas de un caparazón dulce, como de alfajor. Pero nada más morderlos, el dulce penetra más allá de lo mental. La fuerza de su prosa radica en su capacidad de mover el alma de su lector. Como el río convulso que, tímida (o sagaz), describe para enunciar lo que ha cincelado en su obra, porque «El pavor que infunde el río es el pavor y la inmensidad que suscita el fluir del tiempo» (p. 125).

Pero no se asusten, porque este libro no tiene la más mínima intención de atemorizarlos o hacerlos sufrir. Todo lo contrario. En cada una de sus páginas, la labor de Banana Yoshimoto se resume a lo siguiente: escribir tristezas de una diafanidad exquisita para hacer alquimia con ellas y trocarlas en un escudo contra la marea que implica ser mujer, ya sea en oriente u occidente. Ahora que está tan de moda la resiliencia, puedo decir con toda sinceridad que no he visto otro libro más honesto y, además, perfectamente escrito, que éste en cuestión de resiliencias. Gracias, Coelho, Osho et. al., yo me quedo en la Estación Banana y reafirmo mi teoría de que son las grandes obras literarias las que limpian el escombro que a veces guardamos en el corazón.

Los cinco cuentos que conforman este tejido de resiliencia y fonemas perfectamente embonados (no importa que estemos leyendo una traducción directa, la esencia poderosa de su autora es tal, que la traducción de Gabriel Álvarez Martínez, más que un puente, funge como vaso conductor de la vibración bananesca —y lo digo con mucho cariño antes que con burla, en verdad— y nos resuena en el oído, en la dermis y en el corazón) nos narran sucesos cotidianos cuyas autoras deciden tomarlos con una fuerza inconmensurable y un amor infinitos. A la vida, al destino, a ellas mismas.

En «La casa de los fantasmas», una chica de clase media alta, Secchan, nos cuenta cómo, a pesar de tener los cimientos perfectos para la vida armoniosa y tranquila que tanto persiguen los japoneses, es mejor a veces ceder un poco al tiempo para que la chispa del milagro ocurra. Secchan, hija de los dueños de un restaurante que vende comida occidental (con elementos clásicos de la cultura japonesa, claro está), comienza una relación amistosa con Iwakura, quien es el hijo único de un matrimonio bien avenido gracias a su éxito indudable como fabricantes y vendedores de los dulces más deliciosos de su ciudad. A diferencia de Secchan, que sueña con quedarse al mando del restaurante de sus padres cuando éstos envejezcan o falten, Iwakura desea formar su personalidad más allá de los lindes de su bondad natural, que él atribuye a su condición de hijo privilegiado. El amor en estos dos personajes llega de puntitas, como sin siquiera proponérselo y como sabiendo que se desarrolla en medio de un piso habitado anteriormente por una pareja de ancianos que ahora se aparece bajo la forma de lo fantasmal, y arremete contra ellos con una fuerza erótica implacable que, sin embargo, habrá de conocer el valor de la espera. En este cuento, como en los otros, priman las descripciones magníficas, casi de ensueño, que Yoshimoto hace del paisaje del otoño tardío y del invierno. Es un cuento simple, con final simple, pero cargado de poesía llana y sin mucho garigoleo; podríamos aseverar, tal vez, que éste es el cuento más poético de los cinco, un homenaje discreto pero poderoso a la tradición lírica japonesa.




«La luz que hay dentro de las personas», cuento donde emerge la sentencia tímida pero arrolladora de la autora al autodefinirse, sin querer tal vez, como un río, es uno de los dos cuentos más cortos. A pesar de que no existe una conexión bien lograda entre el tema con el que arranca (el río, el confluir de las personas, París) con lo que sucede después, es un texto que merece la pena ser degustado. El río al que se refiere su protagonista, una mujer solitaria que vive de observar, implacable e imparcialmente, el mundo de las personas para después verterlo en las historias que escribe, rápidamente pasa a ser un pretexto para hablar de la luz que siempre aparece en los textos consagrados, sea para aluzar al protagonista, sea para acabarlo de hundir. Y justamente es esa reflexión lo que le permite «recordar» (cuando en realidad es un mero pretexto para hablar de lo que verdaderamente le importa a su interior) a su único amigo de la infancia, Makoto. Con extraordinaria sencillez y espiritualidad, Yoshimoto despliega un personaje cálido, tierno, elevado, cándido. Makoto es un niño diferente desde las circunstancias de su nacimiento y conserva ese halo de distinción con su proceder y su pensar. Es el cuento más triste de todos, me parece a mí, pero que al mismo tiempo te permite conservar la pureza que muchos buscan en el budismo. Eso es, es un texto puro, como una burbuja de jabón perfumada de una música muy apacible. De modo que el final, aunque desgarrador, no logra sobreponerse al encuentro con la gracia perfecta de las enseñanzas de Makoto.

«La felicidad de Tomo-Chan», es, sin duda alguna, el texto más occidentalizado de los cinco. Es el único cuento hablado en tercera persona y es una maravilla que ilustra lo que en literatura se llama la batalla del personaje con su autor, poniendo muy en claro que será Banana la victoriosa en este duelo sin espada, pues a Tomo-Chan no le deja opción alguna de levantarse y cambiar el curso del destino o mover un ápice los hilos que su creadora ha diseñado expresamente para ella. La protagonista, una mujer sencilla y bastante ordinaria que ha vivido situaciones de regular tristeza y extraordinaria atrocidad, está enamorada de Misawa desde hace dos años y nunca se lo ha dicho. Quizá porque él no la hacía en su mundo, ni siquiera cuando coincidían en el comedor del edificio donde ambos trabajaban, quizá porque él tenía novia y a Tomo-Chan no le gustaría quitarle a otra lo que es suyo, quizá porque fue violada cuando era adolescente, o quizá porque es tan simple que llora con la canción Puff, The Magic Dragon. O quizá por todo lo anterior. El caso es que ahora ha sido invitada por Misawa a comer. Las expectativas son hermosas y grandes. Las sorpresas de su autora, también. Éste es el cuento donde Yoshimoto saca el filo de su espada (o sus garras afiladas, al final de cuentas, para occidente ella es una Leo) y araña a su lector con una frialdad que dan ganas de proteger a Tomo-Chan. No obstante, la capacidad de Yoshimoto de darle la vuelta de tuerca en el punto menos esperado (y no estamos hablando de la construcción narrativa, sino del aspecto emocional) y convertir el texto en una bandera al empoderamiento (que, por cierto, aún no era tan multicitado en la época en que fue escrito, el año 2003) que arropa a cualquier mujer por igual, seas o no la más hermosa, la más virtuosa o la más suertuda.

En su cuento «Recuerdos de un callejón sin salida», Yoshimoto se atreve a hablar, por fin, del tema más material, moldeable, dúctil, concreto y duro para una mujer: la desilusión amorosa. Es la historia de Mimi-Chan, una mujer de lindes marinos, de una ingenuidad magnífica gracias a la protección familiar recibida, que acaba de romper con la ilusión de la casa feliz que muchas mujeres se crean con el amor de juventud. Takanashi, su prometido, no ha dado señales de vida durante todo el verano, desde que se mudó a otra ciudad a trabajar en la matriz de la empresa donde labora. Luego, el quebranto, la realidad a secas, el tosco borrón de la ilusión creada. Una nueva ciudad que la abrazará temporalmente hasta que ella logre sanar su herida. El bar a punto de cerrar, propiedad de su tío materno. Una vida ajena a la que vivía antes de la ruptura. El encuentro con Nishiyama, el otrora niño encerrado por su padre, un literato extravagante y absorto en su mundo de ideas que lo tuvo a raya en su cuarto tras la muerte de su esposa, casi muerto de hambre, y que ahora se ha convertido en un pájaro libre que le regalará algo más que compañía y pláticas bajo los árboles que ceden a la melodía del otoño a una Mimi-Chan que ha sido forzada a adentrarse nuevamente en una oruga de emergencia.

Sin embargo, la obra maestra llega con el cuento «¡Mamáaa!» Es el más desgarrador y el más resiliente de todos. Cuenta la historia de Matzuoka, una mujer reservada al punto de la extrema contención que se dedica con vehemencia al trabajo editorial. La vida sin matices, pero fuerte, en su sentido de solidez, se ve turbada cuando un día, Yamazoe, un antiguo compañero de trabajo que fue despedido por lo que él considera fueron causas injustificadas, envenena uno de los platillos que el comedor de la editorial ofrecía ese día y que, para mala suerte (aparentemente), degusta Matzuoka. Los días siguientes a una recuperación que frente a los ojos de los demás se antojaba casi milagrosa fueron días de languidez física y tumulto emocional: Matzuoka, que tras el envenenamiento quedó mal de su hígado, poco a poco va cayendo en una espiral interior que la lleva a reconocer el veneno de raíz que le está impidiendo sanar. La escena es, verdaderamente, desgarradora. Es el cuento más sublime y más siniestro por cuanto puede llegar a tocar las fibras más sensibles de nuestros venenos ocultos, adormecidos, como la semidormida Matzuoka, que deambulaba por la vida con una languidez y una grisura que le impedía conocer la intensidad de los colores del amor y la tristeza. La cosa podría terminar mal para uno como lector de no ser porque Yoshimoto ya tiene listos los curitas, la pomada y los mimos que llegan como regalo celestial en el momento menos esperado. Es un cuento que sana, que alivia, que exorciza demonios y llama dulcemente a los pequeños (o grandes) dioses de la vida a reintegrarse con uno.

Algo que llama la atención es la constante mención del otoño y los cielos claros a lo largo de este libro. Como si de un vehículo purificador se tratara, la autora los intercala con la gracia de una doctora oriental, una poeta mística y una madre universal. Es el símil del paraíso real que se construye, no se inventa ni se descubre, tras el paso de la experiencia que dan los años, los suficientes para dejar de ser niño (más no ingenuo, nótese el símbolo constante del candor que inunda las páginas de esta obra cada vez que son nombrados Nobita Nobi y Doraemon, los personajes predilectos, al parecer, de la infancia japonesa de la segunda mitad del siglo XX) pero sin llegar a ser un anciano.

También habría que mencionar la composición perfecta que Yoshimoto hace de sus obras, especialmente en la construcción de escenas en las que aparentemente no pasa nada, salvo la estructuración de la química dual entre un hombre y una mujer. Puesto que son todas mujeres sus protagonistas y sus voces, la inclusión del género masculino no viene como parte de una utilería, sino como elemento de crecimiento espiritual, intelectual, creativo y emocional, sea por la huella dolorosa que éstos dejan en ellas, sea por su posición de guías, de gurús, de amantes o de razones para sobrevivir…

Porque este es un manual para la supervivencia que se da después de que decimos que se ha sobrevivido a todo.

Me resultó extraño, honestamente, que en su epílogo, Banana se disculpara por haber escrito cosas tan tristes. La primera vez que leí esto, pensé que yo estaba en una frecuencia, o bien depresiva, o bien algo frívola, al sentir sus cuentos como bálsamos que actuaron en consecuencia con mis fantasmas y preocupaciones del momento. Sin embargo, al releer el párrafo y continuar leyendo los siguientes, comprendí que ella misma entendió el valor de su obra, justamente, el de ser un libro purificador. Pero otra vez el río de Yoshimoto nos ha querido engañar, sin querer ser mala o traviesa, más bien por cuestiones de una profunda humildad.
Recuerdos de un callejón sin salida es, por mucho, una obra maestra. Leerla ha sido uno de los regalos más bonitos que me ha dado la vida.

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Recuerdos de un callejón sin salida. Banana Yoshimoto. Tusquets Editores México, colección Andanzas (1ª Ed. 2012; 1ª reimpresión, mayo de 2016). 212 págs. (También se encuentra en edición de bolsillo en la colección Maxi Tusquets.)



martes, 13 de noviembre de 2018

Bohemian Rhapsody, de Bryan Singer






Bohemian Rhapsody, la historia de Freddie Mercury
(Bohemian Rhapsody, EEUU, Inglaterra, 2018)
de Bryan Singer

Jesús Guerra

¿Por qué la excluyente fascinación de los fans por los cantantes? Debe existir una o varias explicaciones, pero el asunto es que se trata de una fascinación injusta. Freddie Mercury era un tipo con un talento gigante, que componía y cantaba como los dioses y además era llamativo y extravagante. ¿Pero y el talento igualmente desmesurado del guitarrista Brian May, que también canta y compuso algunas de las canciones del grupo Queen? ¿Y el del baterista Roger Taylor, también cantante y compositor? ¿Y el talento del bajista, igualmente compositor de éxitos de Queen? ¿En dónde quedó? ¿A qué hora se les puso un mínimo de atención a los otros tres miembros del grupo en la película Bohemian Rhapsody, la historia de Freddie Mercury (la cual, por cierto, en español debió llamarse solamente «Rapsodia Bohemia», que es como se conoce esa legendaria canción en nuestro país)? Pues no quedó en ninguna parte. A Hollywood le gustan las historias trágicas de los artistas muertos. Por eso esta cinta está centrada en la vida (además, «escandalosa») de Freddy Mercury, y a Queen, como grupo, lo deja sólo como telón de fondo.




Si Freddie Mercury alcanzó todo lo que llegó a hacer no fue sólo por su enorme talento, sino porque estaba rodeado de los otros tres músicos de Queen. La magia estaba en el grupo. Exactamente como ocurrió con The Beatles. Ni John Lennon, ni Paul McCartney, ni George Harrison ni Ringo Starr lograron nunca, en sus álbumes como solistas o con otros grupos, lo que lograron con The Beatles.


Queen, grupo todavía oficialmente activo, ha grabado varios álbumes y ha hecho giras después de la muerte de Freddie Mercury. Ha sido mucha la terquedad de Brian May y de Roger Taylor (John Deacon se retiró de la música en 1997) por mantener con vida a Queen, una tarea loable, sin duda, sobre todo teniendo en cuenta que May tiene 71 años (nació el 19 de julio de 1947) y Roger Taylor 69 (nació el 26 de julio de 1949), pero todos sabemos que Queen, el verdadero grupo Queen, murió el 24 de noviembre de 1991 junto con Freddie Mercury (fallecido a los 45), no necesariamente porque fuera el más talentoso (aunque tal vez lo era) sino porque era el único verdaderamente insustituible debido a su voz.

La película, dentro de lo que cabe, está bien filmada. En términos visuales logra darnos una imagen bastante similar de los personajes, y Rami Malek (gracias a su talento y al trabajo de meses, con coreógrafos y maestros de música y canto) logra imitar a la perfección los movimientos de Mercury en el escenario; y los cuatro actores que interpretan a los músicos logran darnos una idea bastante decente de lo que eran las presentaciones de Queen en vivo, en especial en esa escena que recrea la participación de la banda en el concierto de Live Aid.




Puedo suponer que el guionista, Anthony McCarten (guionista, entre otras películas, de The Theory of Everything, 2014, sobre la vida de Stephen Hawking), hizo lo que pudo para desarrollar un personaje tan complejo como Mercury en sólo dos horas, pero la verdad es que al terminar la película en realidad no sabemos gran cosa de Freddie Mecury como persona, y absolutamente nada de los otros tres miembros de Queen. La cinta tampoco nos dice nada del proceso creativo del grupo, ni nos muestra experiencias significativas del cuarteto, y para colmo de males, nos cuenta mal algunas escenas importantes (no, Mercury, May y Taylor no se conocieron como muestra el film, ni el regalo del anillo a Mary Austin se dio de esa forma), se salta grandes períodos del grupo (la grabación de sus primeros tres álbumes no existe en la película) y los preparativos para la escena final son una mentira. Ni el grupo se había separado porque Freddie iba a grabar dos discos como solista (Roger Taylor, el baterista, ya había sacado su disco como solista para ese momento), ni estaban enojados, ni tenían años sin tocar juntos antes del concierto de Live Aid (en realidad dos meses antes habían terminado una gira mundial) y por lo tanto no tuvieron que perdonarse ni reconciliarse para tocar en el famoso concierto... La película, que además de saltarse acontecimientos importantes, tergiversa la cronología, parece sugerirnos que Queen tocó en ese concierto organizado por Bob Geldof, porque tanto Mercury como sus compañeros se sentían mal porque Mercury tenía sida. La verdad es que a Mercury no le diagnosticaron la enfermedad sino hasta dos años después de ese histórico concierto.




La película falla en volver entrañable a Freddie Mercury al espectador (un personaje que debió ser sumamente afectuoso, y que, de hecho, ya era entrañable, en cierto nivel, para sus millones de fans, y ni así lo logra la película) porque en realidad no se acerca a él. No nos cuenta acerca de su infancia, ni de su relación con sus padres, ni de lo que realmente sentía o deseaba. No nos dice nada que no supiéramos ya —por lo menos quienes ya conocíamos a Queen antes de entrar a la sala de cine—: que era talentoso, que tenía una voz extraordinaria, que era extravagante, que era bisexual, que era promiscuo (¿quién no era promiscuo en los años 80?), y que murió de sida. Sí, gracias, eso era conocido. (Además, la película acaba varios años antes de la muerte de Mercury y su muerte nos la cuenta en letreros.)




Parte de los problemas de esta cinta, sin duda, se deben a que cuando aún quedaban dos semanas de filmación, la casa productora se vio en la necesidad de correr al director por sus continuas ausencias. Durante varios días quien tuvo que dirigir fue el cinefotógrafo, Newton Thomas Sigel, colaborador de años de Bryan Singer, y mientras encontraban un nuevo director que le entrara a esta obra a medias la producción fue detenida. Finalmente contrataron al actor, guionista y director Dexter Fletcher (quien actualmente dirige Rocketman, la biografía fílmica de Elton John) para que terminara la cinta. Sin embargo, creo que los problemas fundamentales de esta película son del guion, y quizá desde antes, desde la concepción del proyecto.




Bohemian Rhapsody, la historia de Freddie Mercury tuvo la posibilidad de ser «la historia de Queen», tuvo la posibilidad de indagar en la historia musical del grupo, de mostrarnos cómo y por qué hacían lo que hacían, pero prefirió ser una biografía cinematográfica (biopic le llaman en Hollywood) del todo clásica y comercial sobre el cantante muerto, y, para colmo de males, fallida.




Queen, por su parte, tuvo la oportunidad de ser un grupo del todo excepcional que le hiciera escuchar a los melómanos del mundo lo que se puede lograr con talento, ganas y creatividad. Y eso hicieron en cinco álbumes, de 1974 a 1977. Su primer disco, Queen, de 1973 era sólo interesante, pero sus discos Queen II (1974), Sheer Heart Attack (1974), A Night at the Opera (en donde está «Rapsodia Bohemia», 1975), A Day at the Races (1976) y News of the World (1977) son absolutamente geniales... lo repito: ¡absolutamente geniales! (pero los dos mejores de todos, sin duda alguna, son Queen II y Shear Heart Attack, el primero de los cuales, al parecer, a nadie le interesó en su momento y a nadie le interesa ahora. Del siguiente salió su primer éxito comercial «Killer Queen»). A partir de su siguiente álbum, Jazz (1978), Queen decidió que les interesaba más el aplauso de las masas y el dinero que produce la música hecha para las masas, y Queen se volvió un grupo famosísimo y exitosísimo, pero musicalmente había perdido el rumbo, la gracia, el interés y el favor de las musas (lo cual parece demostrado por su rabioso éxito comercial).




Bohemian Rhapsody, la historia de Freddie Mercury es una película que trata sólo sobre el cantante de Queen, y musicalmente sólo sobre sus composiciones a partir de 1980 (con excepción, claro, de la canción que le da título al film, que es de cinco años antes), por eso, en parte, la cinta es tan mediocre. Lo cual, obviamente, es lamentable. Me hubiera encantado que la película me gustara. Lo que sí vale la pena ver, lo repito, es la interpretación que hace Rami Malek de Freddie Mercury, a pesar, también hay que decirlo, de que en algunos momentos los espectadores tememos que se le caiga la prótesis dental. Sin embargo, a fin de cuentas, creo que es una película que hay que ver. Es la única que tenemos sobre Freddie Mercury (y Queen), la cual consigue algunos momentos disfrutables, algunos interesantes, algunos evidentemente desperdiciados y otros del todo olvidables. Es lo que hay, ¿qué le vamos a hacer?

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Bohemian Rhapsody, la historia de Freddie Mercury (Bohemian Rhapsody).
Dirección: Bryan Singer (y Dexter Fletcher, sin crédito en la película).
Guión: Anthony McCarten, basado en un argumento de él mismo y Peter Morgan.
Música: Queen.
Fotografía: Newton Thomas Sigel.
Edición: John Ottman.
Diseño de producción: Aaron Haye.
Vestuario: Julian Day.
Con: Rami Malek, Gwilym Lee, Ben Hardy, Joseph Mazzello, Tom Hollander, Aidan Gillen, Allen Leech, Lucy Boynton, Aaron McCusker y Mike Myers, entre otros.
Países: EEUU e Inglaterra.
Duración: 134 minutos.



domingo, 24 de junio de 2018

Play, de Ruben Östlund






Play
(Suecia, Francia, 2011)
de Ruben Östlund

Marlén Curiel-Ferman

Play, del director sueco Ruben Östlund, me parece una magnífica película no solamente por la precisión con la que maneja los aspectos técnicos, como la fotografía y la edición (es decir, el ritmo), sino también (y principalmente) por el argumento y el guión, los cuales versan en la crítica profunda, bien tejida en todos sus puntos y categorizaciones, objetiva y honesta que Östlund hace sobre los discursos del racismo, la marginación, la institucionalidad, la ética y la tolerancia, y cómo éstos pueden dejar de ser funcionales cuando en una sociedad avanzada, como lo es la sueca, se da el ambiente perfecto para la coexistencia de la «normalidad estructurada» (y en donde, por ende, la desigualdad, el miedo racial y la marginación social no pueden siquiera ser imaginados) y la ley de un submundo que, impelido por la segregación histórico-económica, desata su feroz hambre por ocupar, aunque sea a la brava, el lugar del otro, quien, acostumbrado a vivir en una civilización donde el trillado discurso de la igualdad y la tolerancia impera, no logra comprender al principio las razones de violencia del que es objeto, y mucho menos consigue al final defenderse de eso que lo ataca.

El filme trata de tres niños suecos (nórdicos) que son increpados por un grupo de cuatro niños negros (musulmanes), quienes los van empujando a una serie de situaciones tensas (y un tanto extremas) con la finalidad de apropiarse de sus cosas, incluyendo sus prendas de vestir.




Esta película fue duramente criticada por la sociedad europea que pretende iconizar el estatus actual de los derechos humanos, especialmente para las minorías, arguyendo que era un claro ejemplo de racismo lo que el director estaba proyectando. Y es que el filme lanza un zarpazo por demás contundente: ¿quién es minoría y bajo qué circunstancias? ¿Cómo se da el efecto del racismo invertido y cómo lo afectan profundamente estos discursos de derechos humanos que, más allá de establecer una pauta de socialización armónica entre varias etnias dentro de un mismo país, alargan la agonía de los grupos minoritarios por antonomasia, convirtiéndolos en elementos igualmente destructivos contra otra minoría, la que vive dentro de una burbuja y que lo mismo es inocente de la acción segregadora de sus ascendientes que culpable de la omisión ante los efectos de esa acción?

Östlund muestra con una severidad que raya en lo mordaz la vulnerabilidad que propicia la institucionalidad en todos sus recovecos y vertientes en un grupo dominante, pero que, a fuerza de ser obligado a machacar principios políticamente correctos, olvidan algo esencial: los principios son herramientas que rara vez sirven para comprender la naturaleza humana. Y la naturaleza humana olvida los principios cuando se le propicia un ambiente de calidez (aunque sea de dientes para afuera) a través de valores (indiscutibles y, por tanto, impunemente ilimitados) como la tolerancia, el respeto y la integración.




Otro rasgo interesante de este director es la burla que hace del, por así decirlo, «karma histórico» de los colonizadores, quienes se han visto obligados en últimas épocas a adoptar rasgos culturales de inmigrantes (en este caso africanos) para poder llevar la fiesta en paz, tanto con sus propios principios (normalmente discursos heredados de un siglo XX dedicado a convertir, por corrección política más que por intención, a los individuos de países dominantes en seres abiertos, incluyentes y tolerantes; discursos que han venido evidenciando su origen dudoso en las dos primeras décadas de este siglo), como con una realidad avasalladora que camina directamente hacia ellos: la inversión del dominio por causa del decremento poblacional de éstos contra el incremento de los inmigrantes. O sea: lo que naturalmente debe de ocurrir, llámese ciclo de vida de una cultura hegemónica o evolución histórica de las razas.

El punto más mordaz en el filme se logra cuando una pareja de padres gay increpa a un niño inmigrante de manera impune y montonera para que el niño «aprenda» que no es correcto andar amedrentando niños blancos (es decir, que hace uso de su ambivalencia racial —son físicamente superiores pero económica y socialmente inferiores en países desarrollados—). Es notoria la crítica que hace sobre cómo otro grupo, considerado (malamente) marginal, abusa de otro (inmigrante y además niño).




La película, según mi parecer, debe de verse no con los ojos del discurso tan sobado que las materias en derechos humanos nos han hecho adquirir sin por ello permitirnos reparar en su esencia, en su necesidad intrínseca, más cercana al concepto de derecho natural que al de civilización global. El hecho de que haya invertido los papeles no me parece que haya sido con la intención de volver a estigmatizar a una etnia o a otra, sino la de demostrar la poca fiabilidad que hay en el discurso de la tolerancia y la inclusión, y que es esta misma debilidad lo que al final hace que vuelva a ganar la naturaleza humana, siempre ávida de dominio y exterminio frente al otro, más si el otro cuenta con un linaje histórico que lo valida como un usurpador de los derechos naturales que el débil, convertido obligadamente en gandaya, debió haber ostentado por el simple hecho de ser humano.

Y al mismo tiempo, evidencia, insisto, la vulnerabilidad de la burbuja en la que se desarrollan los grupos dominantes en esta época, pues ni es verdad que haya bastado con la inclusión y la tolerancia para hacer efectiva la felicidad y realización de los grupos marginados, ni tampoco lo es el que su creencia en dicho discurso los vuelva inmunes ante la depredación del otro, sea cual sea su origen y/o motivo.

Les recomiendo que busquen la película y que reflexionen en torno a estos clichés y cómo la realidad (para ninguno de los dos grupos) ha sido superada, en casi ninguno de sus aspectos. Vale la pena.




Sobre Ruben Östlund
Ruben Östlund nació el 13 de abril de 1974, en Suecia. Es director, guionista y editor de cine. Entre sus obras se encuentran: Family Again (documental, 2002), Gitarrmongot (2004), Involuntario (2008), Turist (Fuerza mayor, 2014) y The Square (La farsa del arte, 2017). Östlund ha recibido muchas nominaciones y ha ganado una gran cantidad de premio en festivales cinematográficos de todo el mundo, el más importante, sin duda, fue la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 2017 por The Square, festival en el que había ganado el Premio del Jurado de la sección Una Cierta Mirada, en 2014, por Tourist. En el caso de Play, el realizador ganó el Premio Especial del Jurado de los Críticos Cinematográficos de Dublín en el Festival Internacional de Dublin, en el Festival de Cine de Gijón ganó el premio al Mejor Director, y el mismo premio en el Festival de Cine de Tokio, y el Premio de la Audiencia en el Festival Internacional de Tromsø.

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Play
Dirección: Ruben Östlund
Guión:  Erik Hemmendorff, Ruben Östlund
Fotografía: Marius Dybwad Brandrud
Edición: Jacob Secher Schulsinger, Ruben Östlund
Dirección de producción: Pia Aleborg
Vestuario: Pia Aleborg
Música: Danny Bensi, Saunder Jurriaans
Con: Anas Abdirahman, Sebastian Blyckert y Yannick Diakité, entre otros.
Género: Drama
País: Suecia y Francia
Idioma: Sueco
Año: 2011
Duración: 118 minutos





jueves, 15 de marzo de 2018

La Habana para un infante difunto, de Guillermo Cabrera Infante





La Habana para un infante difunto
de Guillermo Cabrera Infante

Jesús Guerra

La Habana para un infante difunto es uno de los libros más importantes de uno de mis autores preferidos, el cubano nacionalizado británico Guillermo Cabrera Infante (nacido en Cuba en 1929 y fallecido en Londres en 2005). Perteneció, o se le asoció al famoso Boom literario latinoamericano, pero él siempre lo negó, decía que no era más que una etiqueta mercadotécnica creada por los editores para vender más libros y que los autores de ese supuesto movimiento tenían poco que ver entre sí en términos temáticos y estilísticos. Y su obra es una muestra de ello.

Esta obra se publicó con la etiqueta de novela, aunque evidentemente es una parte de sus memorias. Así que podemos considerarla una novela autobiográfica, y como no podemos estar nunca al cien por ciento seguros de qué tanto de lo narrado son recuerdos de acontecimientos reales y qué tanto es invención, mejoramiento, embellecimiento o dramatización, es decir ficción, podemos leerlas como queramos. Pero si tenemos información sobre su vida tenderemos, creo yo, a leer esta obra como un libro de memorias, y así es como la he leído yo.

Quienes han leído a Cabrera Infante conocen y reconocen su estilo literario, el cuel está repleto de juegos de palabras (a veces incluso mezclando idiomas), y figuras retóricas como el retruécano, la paronomasia y el hipérbaton, es decir alteraciones sintácticas para que sus juegos de palabras funcionen mejor, y todo esto citando constantemente títulos de obras literarias, musicales y cinematográficas, mostrando no sólo su enorme cultura sino su espléndido sentido del humor. Estas características de la escritura de Cabrera Infante, si bien la hacen muy divertida, puede resultar, también, cansada luego de muchas páginas, pero la solución no es dejar de leer el libro sino, simplemente, dejarlo descansar un rato. Puede uno leer alguna otra cosa y al cabo de uno o varios días, retomar el libro, que volverá a ser fresco y divertido.




Esto lo menciono sobre todo porque La Habana para un infante difunto tiene alrededor de 600 páginas. No traten de leerla como una novela de misterio: dejen reposar el libro de vez en cuando y dense un respiro ustedes. Verán, sin embargo, que se trata de una obra fascinante, casi hipnótica.

Su estilo es evidente desde el título: La Habana para un infante difunto es un juego de palabras intertextual, como dicen los académicos, que hace referencia a la pieza del músico francés Maurice Ravel Pavana para una infanta difunta.  La traducción al francés apareció con este mismo título, obviamente traducido, pues el juego de palabras funciona también en esa lengua. Pero la traducción al inglés apareció con el título Infante's Inferno, pues se parece al título que de la parte de «Infierno» de la Divina Comedia, de Dante, se vende en los países de lengua inglesa, en donde se puede comprar esa obra en sus tres partes independientes, y el «Infierno» de Dante (el Infierno de Infante) es la más leída de las tres, por ser la primera. Y si menciono este detalle de las traducciones, sobre todo la del inglés, se debe a que es bien sabido que Cabrera Infante trabajaba muy de cerca con su traductora al inglés, o más bien colaboraba con la reescritura del libro en inglés.

La Habana para un infante difunto comienza con los primeros recuerdos del personaje-narrador a su llegada a la capital de Cuba, alrededor de los 11 o 12 años. Cabrera Infante nació en un pueblo llamado Gibara, así que la ciudad y sus luces lo deslumbraron, el Malecón, los tranvías, los autos, los cafés y, por supuesto, sus cines. Al parecer en esa época, y hasta fines de los años 50, la relación entre el número de habitantes de La Habana y su número de salas cinematográficas hacían de la capital cubana la ciudad de Latinoamérica con más cines. ¡Y era la época dorada del cine!




Sin embargo, los padres del narrador eran pobres, así que la familia (compuesta por el padre, la madre, el narrador y su hermano menor) vivieron varios años en un solar. Un solar, en Cuba, era o es, quizá, un edificio con cuartos, no departamentos pequeños sino cuartos, en donde pueden vivir una o varias personas por cuarto, y tanto la cocina como los baños son comunes. Y todavía, a veces, al cuarto de la familia del narrador llegaban familiares o amigos del pueblo y se quedaban con ellos un tiempo. El narrador creció, entonces, en el centro de la ciudad, que aprendió a recorrer, a pie y en autobús, de un lado a otro.

Nos cuenta también de sus amigos, algunos de los cuales son personalidades de la cultura y de la política cubana del siglo XX. De las escuelas, de los eventos culturales a los que asistía (y a los que muchas veces su madre lo acompañaba) y nos habla de las mujeres que le gustaban. En un inicio, cuando él era aún un adolescente, este «museo de mujeres» —como él mismo definió esta obra suya alguna vez—, es más bien una galería de jovencitas que le gustaban y sus infantiles fantasías. Es decir, nos narra sus primeras relaciones con el sexo opuesto, que en ese caso era sobre todo la curiosidad sobre las mujeres del solar en el que vivía junto con su familia, y sus primeras visiones del cuerpo femenino al desnudo, sus primeros actos como voyeur, que habrían de ejercer una influencia enorme en sus gustos y en su amor por el cine. En algún momento el libro pasa a ser una especie de catálogo de rechazos o de imposibilidades, como una historia de Don Juan al revés...

El propósito fundamental del libro, según lo manifiesta el narrador, es hablar de sus relaciones con las mujeres. Su educación sentimental. Sin embargo, el autor no puede evitar, puesto que en la vida y en la memoria todo está conectado, contarnos otras cosas, y sobresalen tres temas evidentes: su familia y su vida familiar, la ciudad de La Habana y el cine.




El cine es inevitable debido a la pasión sentía Cabrera Infante por él, y en alguna parte de este libro llega el momento en que el personaje central y narrador, es decir el autor mismo del libro si leemos esta obra como una parte de sus memorias, es ya crítico de cine de la revista Carteles. De hecho, Cabrera Infante llegó a ser el crítico de cine más leído de La Habana en su momento, y quizá uno de los más originales que han existido en nuestra lengua. Sin embargo, no nos cuenta cómo llegó a trabajar en Carteles ni por qué, y es que el hilo narrativo no es su propia vida, sino las mujeres de su vida.

Durante la primera etapa de sus intentos de relaciones con las mujeres la constante era la torpeza de su parte, el fracaso y el rechazo. El anti-Don Juan. Pero con la experiencia y la edad llegaron las primeras novias y sus primeras relaciones serias. Hay un apartado muy interesante en que establece una relación entre sus ídas al cine y sus intentos por abordar chicas en esos lugares. Después las cosas se tornan más serias, lo que no quiere decir que las narre sin humor. El humor es una constante. Pero sus relaciones amorosas no son necesaria ni particularmente originales (a no ser, por supuesto, de que sucedían en La Habana de los años 50). Lo verdaderamente importante es la manera en que el autor escribe acerca de ellas. Su estilo. Así, escenas que no tienen un verdadero valor anecdótico, se vuelven páginas estupendas gracias al talento, a la inteligencia, al sentido del humor y al impresionante manejo del lenguaje de Cabrera Infante.

Si les interesa saber sobre cómo era y cómo se vivía en La Habana de los años 50, La Habana anterior a la revolución, esa ciudad que se ha ido convirtiendo en mítica con el paso de los años, este libro es una lectura obligada. Para Cabrera Infante era el centro del universo. Era su fascinación. Fue joven en esa ciudad. Ahí estaba su familia, estaban sus amistades, estaban sus amores, estaba su trabajo. En una de las páginas finales del libro, una mujer, actriz de televisión, con la que tenía una intensa relación amorosa pero que estaba sólo de vacaciones en La Habana pues años antes se había ido a vivir a Venezuela, en donde tenía su casa y su vida, lo invitó a que se fuera con ella a Caracas. El narrador prefirió perder a esa mujer a perder su ciudad. Él le contestó que no pensaba dejar de vivir en La Habana, nunca. Nunca...




Por supuesto, el personaje, el narrador, el autor, no podía saber en ese momento qué cerca estaba de tener que irse de su ciudad y de su país, y que eso sería para siempre, debido a los problemas que tendría después con el gobierno revolucionario. Pero eso ya no está narrado en ese libro, sino en Mapa dibujado por un espía. En este libro que ahora les comento, tampoco aparece su segunda esposa, la actriz cubana Miriam Gómez, con quien se exilió en Londres y fue, a parir de que se casaron, a inicios de los años 60, su compañera de toda la vida.

Sí está, en cambio, su primera esposa, pero como esfumada. No nos dice (y esta ausencia es notable) cuándo y cómo la conoció, ni por qué se casó con ella, pues aparentemente nunca se quisieron realmente, o en todo caso, él no la amó de verdad. A partir de un cierto momento en el libro, el narrador ya está casado y su esposa está embarazada, y lo que el narrador nos cuenta son las relaciones que tuvo con otras mujeres en ese tiempo. La Habana, las mujeres y el cine, tres pasiones que a veces se mezclaban en una visión alucinada, por lo menos en el recuerdo, como nos lo demuestra el final de esta obra y como nos lo demuestra, también, en algunos episodios, Tres Tristes Tigres.

De las ediciones de La Habana para un infante difunto de los últimos 20 años, se puede conseguir aún, sobre todo en librerías de viejo, la del Club Internacional del Libro y la Universidad de Alcalá, de 1998; y la reedición de Seix Barral del año 2005. Pero comparando estas dos ediciones encontré que a la edición de 1998 le falta un capítulo que sí está en la del 2005. No he podido conseguir el primer tomo de sus Obras Completas, editadas por Galaxia Gutenberg, compuesto por Tres Tristes Tigres y este libro, llamado Habanidades, para saber qué posibles cambios tiene esta nueva edición, que se supone es la definitiva. Pero la verdad no importa la edición que consigan, lean esta obra, se los recomiendo muchísimo, es hipnótica y fascinante.




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La Habana para un infante difunto. Guillermo Cabrera Infante. Hay varias ediciones, la del Club Internacional del Libro, la de Seix Barral y la de las Obras Completas de este autor que publica Galaxia Gutenberg, en el primer tomo. Dependiendo de la edición es el número de páginas, pero tiene alrededor de 600.

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