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lunes, 5 de septiembre de 2016

Taxi Driver, de Martin Scorsese





Taxi Driver
(EEUU, 1976)
de Martin Scorsese

Jesús Guerra

No sé cuál fue la causa milagrosa, pero en Argentina, Chile, España y México, Taxi Driver se estrenó (y se ha presentado en sucesivos relanzamientos, debidos a sus aniversarios 20, 30 y, ahora, 40) con el título original. No es poca cosa, pudo haberse llamado «El chofer de taxi» o simplemente «El taxista», y creo que no sería lo mismo. Por fortuna, también, esta cinta ha sido reestrenada, por tiempo limitado, para celebrar su aniversario número 40. La verdad no sé cuándo se estrenó originalmente esta cinta en nuestro país (es de 1976 y en aquellos años se tardaban muchos meses en estrenarse aquí), y no recuerdo haberla visto en cine. Recuerdo, eso sí, haberla visto en video a mediados o fines de los años 80. Así que verla ahora, en pantalla grande, es un verdadero regalo.




¿Recuerdan de qué trata los que la vieron en su momento y no la volvieron a ver? ¿Saben de qué trata los jóvenes que nunca la han visto pero conocen su fama? Travis Bickle (Robert De Niro) es un exsoldado, veterano de Vietnam, de 26 años (Robert De Niro tenía 32 años cuando filmó la película, pero se ve muy joven), solitario y con insomnio. Escribe obsesivamente en su diario. No tiene con quién hablar. Como no puede dormir, decide solicitar empleo como taxista en turno de noche. Es, evidentemente, un hombre con problemas. Un día ve en la calle a una mujer (Cybill Shepherd) que le parece angelical y se obsesiona con ella. Ella trabaja en la campaña política de un candidato a la presidencia (el candidato es Charles Palantine y es interpretado por Leonard Harris), y Travis estaciona su taxi afuera de las oficinas y la observa. Ella se da cuenta, e incluso uno de sus compañeros de trabajo, Tom (Albert Brooks, con una mata de pelo extraordinaria) sale a correrlo con el pretexto de que está bloqueando la entrada.




Pero Travis cambia de táctica: un día, ataviado con un saco rojo, entra a la oficina y se dirige al escritorio de su mujer perfecta, finge que quiere ser voluntario y termina invitándola a tomar un café. A la mujer, que se llama Betsy, le da curiosidad ese hombre raro y acepta. Cuando se vuelven a ver tienen un extraño diálogo en la cafetería, pero él la invita a ir al cine una de esas noches. Y ella acepta de nuevo. Esa segunda cita es desastrosa pues Travis, que carece del mínimo sentido de las relaciones sociales, la lleva a un cine porno, pues es a los únicos cines a los que va. Betsy, por supuesto, se ofende y se sale del cine. Travis la sigue. Se disculpa. Ella toma un taxi. Los siguientes días, Travis la llama a la oficina pero Betsy se niega. Hay una llamada en particular que llama la atención. Travis está en un teléfono público en un edificio. Sólo lo vemos a él y sólo escuchamos su parte de la conversación, pero es evidente la humillación del rechazo. La cámara se aleja de él, y nos muestra el pasillo de salida y, al fondo, la calle. La toma es famosa. En una entrevista a Scorsese del influyente crítico de cine Roger Ebert (1942-2013), el realizador explicó que esa toma, ese movimiento de cámara es en realidad una huida para no presenciar ese momento doloroso para Travis.




Intercalado con esto están las noches de Travis, en su taxi, recorriendo Nueva York, pero en realidad recorriendo las partes menos recomendables de la ciudad. Aunque los detesta se siente atraído por los drogadictos, las prostitutas, los enfermos mentales, los borrachos, los criminales. El gran cineasta Paul Schrader, autor del guión de esta película (lo escribió cuando él tenía, al igual que el personaje, 26 años de edad), ha dicho que cuando comenzó a escribir el guión (como una terapia, pues él estaba en crisis en esos momentos, y también muy solitario) creyó que estaba escribiendo sobre la soledad, hasta que descubrió que estaba escribiendo sobre la patología de la soledad, es decir, sobre lo que los solitarios hacen que les impide romper el círculo vicioso de su soledad a pesar de lo mucho que ésta les duele. (Y esa contradicción se manifiesta de múltiples maneras en el comportamiento de Travis a lo largo del film.)




Una de esas noches una prostituta muy joven (después sabrá Travis, y nosotros, que se llama Iris y tiene 12 años de edad, encarnada por Jodie Foster, quien en el momento de la filmación tenía 12 años), le hace la parada y se sube a su auto, pero la alcanza su padrote (el espléndido Harvey Keitel) y la convence de que no se vaya, y le da una propina de 20 dólares a Travis por llevarse a su clienta. Otra noche se sube a su taxi Charles Palantine, el candidato presidencial en cuya campaña trabaja Betsy. Y como buen taxista, Travis habla con él y le da su punto de vista de la situación de los Estados Unidos, básicamente, que es necesario limpiar todo el mugrero que hay, o sea todas esas gentes que lo repelen y le fascinan. Otra noche, un pasajero hace que Travis mire hacia una ventana de un edificio y le dice que observe la silueta de la mujer que está ahí. Le dice que es su mujer y que ese es el departamento de un negro. Y que piensa matarla. Y el hombre le habla de armas y cómo su esposa quedará destruida. Ese pasajero es interpretado por el propio Scorsese. No estaba planeado pero el actor contratado estaba enfermo. Y la verdad es que Scorsese está muy bien en esa escena.




Debido a la pérdida de la posibilidad de establecer una relación con Betsy (aunque esa posibilidad sólo estuviera en su cabeza), al intento de huida de la prostituta adolescente, a la influencia del pasajero celoso y enfermo y al agrietamiento de su propia evolución de solitario, Travis pasa a otra etapa: comienza a fantasear con armas, con comenzar su propio programa de limpieza social, con sacar su furia silenciosa. En una escena magistral, en la que platica con otro taxista de noche, un conocido suyo al que le dicen Mago, interpretado de maravilla por el espléndido Peter Boyle (1935–2006), Travis intenta decirle que algo no está bien, en él o en el mundo, y que él es capaz de hacer algo, pero no puede articularlo, y el Mago, que tampoco termina de entender qué pasa, trata de darle un consejo amistoso, pero tampoco es capaz de articularlo con propiedad. El diálogo y las interpretaciones son una maravilla.




Así, Travis compra varias pistolas, diseña y construye un artefacto para portar una pistola pequeña en el brazo y hacerla descender con rapidez a su mano, y ensaya ante el espejo. Esta es la famosísima escena del monólogo de «Are you talkin' to me?» Es cómica, ridícula y aterradora al mismo tiempo. Y nos acercamos a la recta final, en donde Travis intenta «salvar» a Iris, la prostituta adolescente, un final muy violento que hace cuatro décadas le trajo muchos problemas a Scorsese, pues tuvo que hacer algunos ajustes para no tener que reeditar el final y, al mismo tiempo, evitar que la cinta obtuviera la temida clasificación «X», destructora de cualquier posibilidad comercial de un film (a menos de que fuera pornográfico, por supuesto). Hay que agregar que a esa escena se le hicieron cortes en diversos países en el momento de su estreno original y para su exhibición en televisión.




La música de la cinta fue compuesta ni más ni menos que por Bernard Herrmann (1911–1975), compositor de la música de muchas películas incluidas Psycho y Vértigo (de Hitchcock). Murió poco después de terminar de dirigir la grabación de la música para Taxi Driver, y por eso la cinta está dedicada a él.




Algunos de mis actores y cineastas preferidos actuaron, escribieron o dirigieron esta cinta: Scorsese, Schrader, Keitel, Boyle y De Niro. Ver Taxi Driver, en cine, 40 años después de su estreno, es toda una experiencia (porque es mítica, porque es espléndida, porque está filmada y editada con gran estilo. Además, esta oportunidad nos permite, también, reflexionar sobre cómo ha evolucionado el cine en cuatro décadas. La musicalización, el ritmo, la fotografía, la edición, pero también los temas han cambiado. Taxi Driver (como El exorcista y Apocalipsis ahora), pertenece a un tipo de cine que en nuestro tiempo simplemente no se puede hacer, porque a las grandes compañías productoras ya no les interesa. Taxi Driver, vista a 40 años de distancia, nos parece, sin lugar a dudas, una película de autor.

Vale la pena comentar que Taxi Driver es la película número 80 sobre 250, según las votaciones de los usuarios, en el sitio de información cinematográfica IMDb.




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Taxi Driver
Dirección: Martin Scorsese
Guión: Paul Schrader
Fotografía: Michael Chapman
Edición: Tom Rolf y Melvin Shapiro
Dirección de arte: Charles Rose
Vestuario: Ruth Morley
Música: Bernard Herrmann
Con: Robert De Niro, Peter Boyle, Harvey Kaitel, Cybill Shepherd, Albert Brooks y Jodie Foster, entre otros.
Género: Drama, Crimen
País: EE.UU.
Año: 1976
Duración: 113 minutos



lunes, 1 de agosto de 2016

Drácula, de Francis Ford Coppola




Drácula
(Bram Stoker’s Dracula, EEUU, 1992)
de Francis Ford Coppola

Jesús Guerra

Aun esta nueva versión del viejo mito del vampiro por antonomasia, good old Drácula, que se supone es la más cercana a la novela original, es sólo eso, cercana, ya que tiene un prólogo inexistente en la obra de Bran Stoker y un final, también, añadido. Sin embargo, es la más cercana en espíritu a la obra de 1897.




Y es que los vampiros del cine han sido, desde siempre, adaptaciones del mito a la época en que se filmaba la película, sin importar que ésta se desarrollase, teóricamente, en el pasado. Sólo así podemos entender al Drácula de Bela Lugosi, guapo y con el pelo envaselinado que nos ha legado una versión diferente, es decir, puramente cinematográfica, de este muerto-vivo, tornándolo en un galán. De esta variación particular ha provenido la mayor parte de las cintas de vampiros que se han filmado (a esta variación pertenece, también, nuestro muy mexicano vampiro: Germán Robles). Pocas películas habían seguido la descripción original de Stoker, misma que incluye dedos largos y medio deformes, nariz aguileña y pelo en las palmas de las manos.




En contraposición al vampiro made in Hollywood, los alemanes, pueblo mucho más sombrío, más tendiente a lo gótico (y la novela de Drácula fue una obra tardía del gótico, una imitación de lo gótico), más frío, más húmedo, más oscuro, más reflexivo también y heredero del expresionismo, etcétera, nos han dado películas espiritualmente mucho más cercanas a la novela de Stoker que todo lo que había producido el cine norteamericano —hasta antes de Coppola—, los dos Nosferatu (el de F.W. Murnau, de 1922, y el de Werner Herzog, de 1979), las cuales ya habían dicho todo lo que la cinta de Coppola nos dice ahora, otra vez:




a) que el vampiro es, físicamente, un ser bastante feo, aunque tenga capacidad de «maquillarse»;
b) que la persecución de Mina es un acto de amor y no sólo de deseo, y
c) que el vampiro es un ser condenado, triste, sombrío, que lleva al extremo la problemática del ser humano (sobre todo de las clases en el poder y de épocas decadentistas): la lucha entre el hastío espiritual/intelectual que tiende a la muerte (recordemos aquella frase del poeta portugués Fernando Pessoa: «Si el corazón pensara, se pararía») y el instinto de supervivencia que tiende a la vida por sobre todas las cosas. Civilización versus naturaleza. Cultura contra instintos.




En efecto, el vampiro de Francis Ford Coppola, interpretado brillantemente por Gary Oldman, es un ser verdaderamente vampírico, en su sentido literario, muy cercano al vampiro de las cintas Nosferatu y al único vampiro feo de la cinematografía norteamericana, el de la cinta La hora del vampiro (Salem’s Lot: The Movie, 1979), inspirada en la novela de Stephen King.




Pero no son sólo los vampiros de las cintas de Coppola y de Herzog los que se parecen. Es bastante obvio que Coppola imitó, homenajeó o se inspiró, como quiera verse, el film de Werner Herzog para algunas escenas. También la utilización expresionista de las sombras —que en el caso de Coppola es, además, paródica— y otros detalles simbólicos, los cuales son mezclados deliciosamente por parte del director de El Padrino (1972) y de Apocalipsis Ahora (1979), con maquillajes y trucos distintivos del cine comercial de terror de los Estados Unidos (los alemanes, en cambio, tienden más a lo simbólico).




Es interesante —igualmente— el que Coppola haya decidido llevar a cabo una película pensada desde el fin de siglo pasado. Él declaró recientemente que habría querido filmarla como lo hubiesen hecho los realizadores de 1897 (fecha de publicación de la novela y año en el que transcurre la acción de la cinta). Por eso, la mayor parte de los trucos de esta cinta son más bien antiguos, en un afán de recuperar, incluso la (hasta cierto punto) «inocencia» de esa época. El film de Coppola, de esta manera, es un homenaje no sólo a Bram Stoker, a W.F. Murnau y a Herzog, sino también a los hermanos Lumière, al primer cineasta fantástico, el francés Georges Méliès, y al nacimiento del cine. El homenaje al cine, como tal, es evidente en la secuencia (inexistente en la novela) en la que Mina y el Conde van al cinematógrafo, ese espectáculo popular de moda en Londres.


El mal, según esta cinta —y según el multimencionado Nosferatu—, no es una instancia que exista por sí misma, sino que es una reacción desesperada de una pasión extrema y frustrada. Drácula se había convertido en el señor de las tinieblas como una protesta ante la injusticia divina. El vampiro, visto así, es un ser desesperado en busca de amor. Y «el amor», nos dice la frase promocional, al igual que el vampiro, «nunca muere».

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* Las reseñas de la sección Cine de Hoy (2001-2010), y muchas de Cine de Ayer (1971-2000), salvo aclaración, fueron escritas en las fechas del estreno en México de esas obras, en salas de cine o en video, y son publicadas aquí (más o menos) como fueron publicadas en su momento en medios impresos de Coahuila.

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Actualización:
En mi opinión esta versión de Drácula, que más que «Drácula de Bram Stoker» es «Drácula de Francis Ford Coppola», es la última película importante que realizó, hasta ahora, este cineasta irregular pero genial. Y aunque a muchos críticos no les terminó de gustar esta cinta, a mí me parece una obra de una belleza extraordinaria. Antes de este film, Coppola dirigió: The Sky Calls (como Thomas Colchart, 1959), The Bellboy and the Playgirls (1962), Tonight for Sure (1962), The Terror (1963, sin crédito en pantalla), Dementia 13 (1963), You’re a Big Boy Now (1966), Finian’s Rainbow (1968), The Rain People (1969), The Godfather (1972), The Conversation (1974), The Godfather: part II (1974), The Godfather: A Novel for Television (miniserie de cuatro episodios, 1977), Apocalypse Now (1979), One from the Heart (1981), The Outsiders (1983), Rumble Fish (1983), The Cotton Club (1984), Peggy Sue Got Married (1986), Gardens of Stone (1987), Tucker: the Man and his Dream (1988), New York Stories (un segmento, 1989), The Godfather: part III (1990).

Después de Drácula, realizó: Making «Bram Stoker’s Dracula» (documental para televisión, 1992), Jack (1996), The Rainmaker (1997), Youth without Youth (2007), Tetro (2009) y Twixt (2011).



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Drácula (Bram Stoker’s Dracula)
Dirección: Francis Ford Coppola
Guión: James V. Hart, basado en la novela de Bram Stoker
Fotografía: Michael Ballhaus
Edición: Anne Goursaud, Glen Scantlebury, Nicholas C. Smith
Dirección de producción: Thomas Sanders
Vestuario: Eiko Ishioka
Música: Wojciech Kilar
Con: Gary Oldman, Winona Ryder, Anthony Hopkins, Keanu Reeves, Richard E. Grant, Cary Elwes, Billy Campbell, Sady Frost, Tom Waits, entre otros
Género: Fantasía, Horror, Romance
País: EE.UU.
Año: 1992
Duración: 128 minutos



martes, 5 de abril de 2016

La asesina, de John Badham





La asesina
(Point of No Return, EEUU, 1993)
de John Badham

Jesús Guerra

Point of No Return se convirtió para el mercado externo a los Estados Unidos en The Assassin y, por consecuencia, en español, en La asesina, título bastante desafortunado y falto de imaginación.


La Asesina —lo dijo Peter Travers, el crítico cinematográfico de la revista norteamericana Rolling Stone— «es un remake perfectamente inútil». ¿Para qué rehacer una película francesa (Nikita [1990], de Luc Besson) que, así como está, funciona a la perfección? Quizá porque, contra lo que pudiera creerse, los norteamericanos son muy cerrados al cine extranjero. Nueva York es, lógicamente, la excepción, y un poco Los Ángeles, pero el resto del país no va a ver más que filmes producidos en los Estados Unidos o de otros países, pero en inglés. Es la única explicación para los continuos remakes de los últimos años. Una película extranjera gusta, sí, pero pocos la verán. Entonces, los estadounidenses compran los derechos, la vuelven a filmar, y se quedan con las ganancias. Esa es la explicación económica, que es —hasta donde yo puedo ver— la única que hay. Desde el punto de vista estrictamente cinematográfico es una inutilidad.

La historia, por supuesto, es la misma de la cinta original de Luc Besson. Incluso en la primera parte de la película hay algunos diálogos que son idénticos. En la segunda parte se dan una serie de cambios que tienen que ver más con el lugar en donde fue filmada la película (Los Ángeles y Nueva Orleans) que con la situación política norteamericana.




Y si Los Ángeles no es París, Bridget Fonda tampoco es —y dista mucho de serlo— Anne Parillaud. La transformación de Nikita en una agente es una verdadera metamorfosis. La desgarbada drogadicta, que pasa a ser una elegantísima y peligrosa mujer/agente, es mucho más eficaz en la versión francesa. La cinta norteamericana nos da la impresión de ser una versión “fresa” de la misma situación. Por fea que maquillen a Bridget Fonda, siempre presenta su mejor aspecto.

La versión norteamericana, es decir La Asesina, es justamente eso: una versión norteamericana, una visión agringada de Nikita. Las escenas de acción están aquí más rellenas de balas y de fuego, y no son, por eso, más efectivas, ya que la versión original de Luc Besson contaba más con el elemento del suspenso.




La Asesina es quizá más rápida y sin embargo aburre en algunos momentos porque la tensión no parece ser el fuerte del director John Badham. Es también una película que denota muchas pequeñas cosas que la versión francesa mantenía ambiguamente implícitas. Quizá los norteamericanos tienen miedo de que el espectador no sea capaz de comprender, y entonces explican, quitándole al público el placer de “descubrir” esos detalles.

El papel de Bob, interpretado por Gabriel Byrne, es aparentemente más cotidiano que el del Bob de Nikita (Tcheky Karyo), quien con su supuesta dureza y neutralidad resultaba, finalmente, más emotivo. En la versión francesa, el papel del novio de Nikita es de una importancia fundamental, no sólo en el argumento, sino emocional y humorísticamente. Jean-Hugues Anglade es un actor de primera línea, de una naturalidad y una simpatía impresionantes. En La Asesina, el novio es un tipo absolutamente insoportable que en lugar de equilibrar, desequilibra la cinta. La simpatía necesaria para sus secuencias simplemente se encuentra ausente. Además, en la versión original, este hombre es un empleado de supermercado. Un tipo, en apariencia, sin pretensiones. Un detalle que nos habla de una situación específica de la Francia de nuestros días. En la versión norteamericana es también un empleado, pero en este caso de una compañía que renta departamentos. Barre, cobra la renta… pero eso es lo que hace para vivir, ya que en realidad es un fotógrafo. Esa doble situación nos habla, también, de la realidad norteamericana, sobre todo en una ciudad como Los Ángeles, pero… ¿no nos habla también de los guionistas y de los productores de la cinta? ¿Por qué no utilizar para la historia a un muchacho que no tiene aspiraciones ni pretensiones? ¿Quizá porque el desencanto es poco norteamericano?




Por último, Víctor, el Limpiador, un pequeño personaje de gran importancia en el argumento, está interpretado espléndidamente en ambas versiones (Harvey Keitel, en La Asesina; Jean Reno en Nikita). Sin embargo, es mucho más impresionante la muerte de el Limpiador en la versión francesa. Una muerte más absurda, en el silencio de la noche, detenido en un semáforo en rojo en una calle solitaria, en lugar de esa escena plenamente hollywoodense de La Asesina, aplastado por un automóvil.

Tal parece que los norteamericanos, educados en Disneylandia, necesitan de fuegos artificiales y sonidos ensordecedores para darse cuenta de que se la están pasando bien. Sin embargo, hay que reconocer el profesionalismo con que los norteamericanos ejecutaron su copia. Se necesita valor, ya que —al igual que sucede en esta reseña— es imposible ver su película sin remitirse automáticamente a la original.




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* Las reseñas de la sección Cine de Hoy (2001-2010), y muchas de Cine de Ayer (1971-2000), salvo aclaración, fueron escritas en las fechas del estreno en México de esas obras, en salas de cine o en video, y son publicadas aquí (más o menos) como fueron publicadas en su momento en medios impresos de Coahuila.

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Actualización:
¿Qué pasó con la carrera cinematográfica de Bridget Fonda? Después de Point of No Return (1993) filmó todavía mucho hasta 2002, año en que hizo su última película, la cual fue para la TV, Snow Queen.

Por su parte, el realizador John Badham (nació en Inglaterra en 1939), quien comenzó su carrera en 1971 rodando series y películas para la TV, hizo su primer largometraje para el cine en 1976: The Bingo Long Traveling All-Stars & Motor Kings. Y al año siguiente, su segunda película lo hizo famoso: Saturday Night Fever. Su tercera película fue también muy conocida: Drácula (la versión con Frank Langella). Entre las que filmó después de La asesina están: Another Stakeout (1993), Drop Zone (1994), Nick of Time (1995), Incognito (1997), pero a partir de 1998 regresó a la TV, para la que ha dirigido películas y muchos capítulos de series, algunas muy conocidas como The Shield, Crossing Jordan, Heroes, Criminal Minds, Supernatural y, el colmo: Nikita.

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La Asesina (Point of No Return)
Dirección: John Badham
Guión: Luc Besson (La Femme Nikita), Robert Getchell, Alexandra Seros
Fotografía: Michael W. Watkins
Edición: Frank Morris
Dirección de arte: Sidney Z. Litwack
Con: Bridget Fonda, Gabriel Byrne, Dermot Mulroney, Miguel Ferrer, entre otros
Género: Acción, Crimen, Drama
País: EE.UU.
Año: 1993
Duración: 109 minutos




martes, 15 de marzo de 2016

Hechizo del tiempo, de Harold Ramis




Hechizo del tiempo
(Groundhog Day, EEUU, 1993)
de Harold Ramis

Jesús Guerra

El nombre Hechizo del tiempo no dice gran cosa, a primera vista. Sin embargo, el nombre en castellano es apropiado, aunque tal vez no sea excelente ni memorable. El título en inglés es bastante más prosaico, pero muy característicamente norteamericano, incluso de su literatura (y me refiero al tipo de título, no a este título en particular). Se llama Groundhog Day (‘El día de la marmota’). ¿Memorable? Memorizable, tal vez. En cambio, la película sí que es memorable.




No se trata, por supuesto, de una obra maestra. Conserva su carácter ligero, pero es una buenísima película, gracias a que está bien realizada en todos los niveles, claro, pero básicamente gracias a su argumento, que es verdaderamente sen-sa-cio-nal:
Phil Connors (interpretado brillantemente por Bill Murray, muy a lo Bill Murray) es el locutor de las noticias meteorológicas de un canal de TV. Está convencido de ser un hombre talentoso, y si bien en pantalla es gracioso, en su vida privada es insoportable porque es absolutamente neurótico y simplemente no resiste a la gente. Phil es enviado ese 2 de febrero a un pueblecito de nombre impronunciable (y lo que es peor, inescribible, algo así como “Punswatawaney”), a la celebración conocida como —precisamente— “El Día de la Marmota”, un rito local en el cual todo el pueblo observa a una marmota salir de un árbol y el alcalde “habla con ella en lenguaje de marmota”. Si al salir del árbol el animalito no ve su sombra, entonces habrá seis semanas más de invierno. Para las pulgas de Phil, todo el acontecimiento es una babosada, pero tiene que realizar el reportaje. La productora que lo acompaña ese año, Rita (Andie MacDowell), no sólo es nueva, sino que es inocentona y, para colmo, optimista. El camarógrafo se la pasa diciéndole a Rita, para justificar a Phil, que éste es una diva.




A las seis de la mañana del día de la celebración, Phil se levanta, desayuna, sale al pueblo y se topa con un conocido a quien detesta, lo evade, llega al lugar de la grabación del reportaje, lo realiza de mala gana, comen y se disponen a regresar a Chicago, pero una tormenta de nieve (que Phil había dicho en TV que se desviaría) hace que la policía del poblado cierre las carreteras. Ni modo, un día más en el lugar impronunciable.




Pero en la mañana siguiente comienza el hecho extraordinario, el “hechizo del tiempo”. Phil nota que todo se está repitiendo exactamente igual que el día anterior. Él puede cambiar, hacer otras cosas, decir otras cosas, pero todo lo que él no controla, como el comportamiento de los demás, se repite. Incluso la celebración. Y es que es, otra vez, el 2 de febrero. Y día tras día es el mismo día. Phil pasa por varias fases. Primero se desespera al grado de intentar suicidarse, y de hecho lo hace, varias veces y todas con éxito, pero al día siguiente vuelve a despertar en su cama, a las 6 a.m., con la misma canción y los mismos comentarios de los locutores de la radio pueblerina.




Luego, decide hacer una cosa maravillosa: se pone a construir, lenta y pacientemente (aunque para el espectador es muy rápido) un día perfecto. Primero, de manera egoísta, construye un día perfecto para él. Luego intenta enamorar a Rita, día tras día con el repetirse de las situaciones: descubre los gustos de la mujer hasta llegar al momento de entablar diálogos perfectos. Después, como ya conoce todos los pequeños accidentes que se suscitan en el pueblo, llega al lugar con lo necesario para solucionarlos. Toma lecciones de piano, lecciones sucesivas para él que son siempre “la primera lección” que la maestra le da. Conoce las vidas de una serie de personajes del pueblo. Poco a poco deja atrás su egoísmo y se pone a ayudar a todo el mundo, gracias a que sabe de antemano qué les sucederá. Es decir: se perfecciona.




Esta comedia, inscrita en el género de lo fantástico, es una metáfora de la monotonía de la vida del común de las personas y es una enseñanza de cómo pueden utilizar el conocimiento relativamente seguro de lo que sucederá para mejorar sus vidas y mejorar las de los demás. Es una metáfora, también, de la cárcel que el tiempo es para el ser humano. Es una investigación sobre la espontaneidad y su contrario. Un análisis de la rutina y de las sorpresas. ¿Fue todo un sueño —un largo y minucioso sueño— o fue, como en Dimensión Desconocida, un hundimiento en la famosa Twilight Zone que sirve para hacer reflexionar a quienes traspasan su umbral? Es todo eso. Es, ante todo, una fantasía, una deliciosa fantasía, definitivamente memorable.




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* Las reseñas de la sección Cine de Hoy (2001-2010), y muchas de Cine de Ayer (1971-2000), salvo aclaración, fueron escritas en las fechas del estreno en México de esas obras, en salas de cine o en video, y son publicadas aquí (más o menos) como fueron publicadas en su momento en medios impresos de Coahuila.

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Actualización:
Hechizo del tiempo es hoy, sin duda, una obra clásica de fines del siglo XX.  Después de Groundhog Day, Bill Murray, quien ya para entonces había participado en más de 20 cintas, ha filmado más de 30 películas más, a lo que hay que agregar algunos cortometrajes, series de TV, programas de TV, y además ha sido la voz de diversos personajes animados en películas y en videojuegos.

Por su parte, el actor, guionista, productor y director Harold Ramis, quien realizó 12 largometrajes (Hechizo del tiempo fue el cuarto), dirigió después Stuart Saves His Family (1995), Multiplicity (1996), Analyze This (1999), Bedazzled (2000), Analyze That (2002), The Ice Harvest (2005), Atlanta (para TV, 2007), y Year One (2009), además de varios capítulos de la serie de TV The Office. Harold Ramis, quien nació en 1944, murió en 2014, a los 69 años de edad.




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Hechizo del tiempo (Groundhog Day)
Dirección: Harold Ramis
Guión: Danny Rubin y Harold Ramis
Fotografía: John Bailey
Edición: Pembroke J. Herring
Dirección de arte: Peter Landsdown Smith
Con: Bill Murray, Andie MacDowell, Chris Elliot, Stephen Tobolowsky, Brian Doyle-Murray y Marita Geraghty, entre otros.
Género: Comedia, Drama, Fantasía.
País: EEUU
Año: 1993
Duración: 101 minutos