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martes, 20 de agosto de 2019

Perorata o La epopeya de los vencidos, de Luis Felipe Lomelí





Perorata
o
La epopeya de los vencidos
de Luis Felipe Lomelí

Marlén Curiel-Ferman

Un golpe seco y todo se salió de este universo. Suspendidos, los seres que sobrevivieron el horror de la guerra del narco no tuvieron otra alternativa más que la de sobrevolar (más que sobrevivir) en la fisura resultante tras la ruptura del equilibrio entre el tiempo, la vida como ciclo natural y el espacio. Se resignaron a experimentar sueños vívidos y realidades oníricas. Fueron testigos. Fueron soldados. Fueron mártires. Luego, fueron fotografías.
Luis Felipe Lomelí (Jalisco, 1975), parte de esta noción para hacer su más reciente obra, Perorata (Abismos Casa Editorial, México, 2019), la cual recopila una serie de cuentos acreedores al Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2017 en la categoría de narrativa, además de otros que fueron previamente publicados en diversas revistas y antologías literarias. Todos reúnen un factor común: la guerra del narco. Pero no son como aquellos otros cuentos, previos al horror, donde se contaba con lujo de detalle y morbo las peripecias de los antihéroes que poblaron el nuevo mito del narcotraficante y su ascenso como referente de las masas. No. Lomelí decide recoger los registros de voces suplicantes, los murmullos de sus preces; los sube a un escenario compartido y los dota de una fuerte carga dramática que los convierte en los protagonistas de su propia aria y, al mismo tiempo, en elementos móviles que permean la rigurosidad de la foto a la que fueron relegados, al grado de convertirla en escenas de películas, a ratos minimalistas, a ratos surrealistas, a ratos hiperrealistas. La virtud del sentimiento humano se sobrepone a la estadística y la cosificación de los victimados: cantan sus pasos imantados y dolidos sobre la duela del pasmo y el horror, pero al mismo tiempo luchan desde su derrota con lo único que les queda: el amor y la ternura.
Perorata es, pues, la epopeya de los vencidos.
Los niveles con los que está tejido el entramado de cada una de las historias son tan múltiples y ricos que su lectura, tanto en la pieza como en la totalidad de la obra, da pie a una serie de apreciaciones, desde la antropológica hasta la lingüística, pasando por la histórica y la referencial.
Podría decirse, en principio, que la obra está construida a manera de un homenaje que el propio autor le da a su origen, Jalisco, en parte porque es ahí donde comienza una parte de la guerra del narco, pero más bien porque es ahí donde inicia su propia cosmogonía: Lomelí da pincelazos de memorias de infancia y juventud a través de los objetos, animales, lugares, comidas y regionalismos con los cuales va construyendo el núcleo/ombligo de esta obra, pero también la torre desde la cual emite su declaración de principios y su discurso a favor de la justicia social. Cuentos como «Arandas» y «Gabriel se puso malo otra vez» lo corroboran e incluso le abren las puertas a lo que el autor intenta, con bastante acierto, dar al lector/espectador con respecto a cómo quiere que sean vistos sus protagonistas (en su gran mayoría masculinos), en una jerarquización bien delimitada, a saber, soldado, padre, hombre, niño y mártir. Todos sus personajes sufren, pero por las razones equivocadas: fueron obligados a permanecer en el escenario de la muerte, a atestiguar por la eternidad los alcances del reino del narco y la indolencia que mostró, en su momento, el Estado; sus personajes padecen su nueva realidad, pero no por ellos mismos, sino por aquellos a quienes se supone deberían haber cuidado: en todos los cuentos aparecen otros personajes, casi siempre niños o esposas, que dependen de la virtud viril para no perecer, y si lo llegan a hacer, para no ser olvidados. Se da entonces el juego de la permanencia, aunque algunos protagonistas deban comer sin apetito o tomar vitaminas «para no agotarse»; a pesar de que su físico no dé para mucho, sea por edad o por complexión.
Es desde este centro del dolor u ombligo geográfico-referencial de donde parten otras historias hacia otros puntos geográficos y orgánicos: el norte o la cabeza con cuentos como «Luces», «Jefe de Jefes» y «La nueva era»; el centro o el pecho y los brazos, con «Parte de familia», «Las nubes» y «El informante», y el sur o los pies, con «Somos gente de mar». Todos ellos forman parte de un cuerpo acribillado, doliente, que camina con sus pasos del más allá entre el verdor, el hedor de las grandes ciudades, el mar y la sequía. Todos ellos funcionan como puentes para otras historias que se dan en los intersticios del cuerpo, a saber, las coyunturas de las extremidades, ya inmóviles («El espantapájaros», «Verde era el color que era»), y la reflexión y la evocación como arma de supervivencia («Epístola del asesino», «San Francisco»).
Lomelí apuesta en Perorata por la tesis de la alteración de los ciclos naturales, vistos no solamente como aquel derecho inherente a vivir el ciclo de la vida que se perdió tras la invasión, sino también como aquello que afecta directamente al propio contexto o universo. Saca entonces su otro oficio, el de científico, y narra, a lo largo de estos cuentos, los patrones anómalos de la luz, las plantas, los insectos y los animales (específicamente los pájaros), no tanto por ser ejecutados incorrectamente, sino por la aberrante realidad en donde éstos se efectúan. Desde la incertidumbre de la hora y el lugar como pie de foto («El espantapájaros») hasta los círculos irregulares de las aves sobre la gente («Gabriel se puso malo otra vez»), estos ciclos dan cuenta de la nueva realidad, una anómala, salida de los cánones estructurados de la naturaleza (o si se prefiere, fuera de los patrones de la matrix), donde ahora están destinados sus sobrevivientes a desplazarse. Otra de las apuestas en este tenor es el de la estructura de la obra y su analogía con las partes de una planta: inicia por la disrupción de la armonía de la raíz (ancianos protagonistas de «Arandas»), pasa por la entropía del tallo (la fuerza trabajadora del resto de las historias) y termina en la flor anómala (mujeres-valla del cuento «Los milagros encarnados»), que no por ser distinta deja de ser bella y esperanzadora. La organicidad de las historias es, probablemente, uno de los aspectos que le dan mayor soporte a la obra y es, con toda certeza, la causante de la insoportable belleza que trepa por encima del sentimiento de la ira y la tristeza que todas las historias dejan al final.
Otro de los aspectos en los que hay que poner atención es en la parte mística que rodea toda la obra. Lomelí empuña la espada de la religión católica como eje desde el cual se sostienen, por idiosincrasia, sus personajes, pero lejos de hacerlo en tono de sorna o burla, lo ejecuta con la solemnidad de un monje que pasa de puntillas sobre el escenario donde ocurren las historias más conmovedoras del libro… y aprovecha para darle la cosmogonía necesaria, cómo no, a los universos que ha creado.
Resulta bastante notorio e interesante el plano cartesiano que libera a través de las tramas, utilizando, en el cuadrante de lo negativo, lo que no se sostiene o lo que no ayudó a sostener al protagonista y a su universo, mediante nombres de profetas y santos: Isaías o Yahvé es la salvación como antítesis de lo que le ocurren a Urbano (el guardia que atestigua la fe irreductible del protagonista, fuera de sí pero más centrado que nunca en su propósito), y a los colonos de una zona residencial en la historia «La nueva era» (una de las historias más perturbadoras de la serie); Ezequiel o Dios es mi fortaleza como extensión de la atribulación de Tata Tomás, no atendida por la divinidad, en «Las nubes» (el cuento más emotivo por antonomasia); Gabriel o la Fuerza de Dios reducida a la muerte prematura y sin sentido que observa Alfonso desde su papel de ornitólogo y elemento familiar extraño, en «Gabriel se puso malo otra vez»; Chema o Yahvé ha borrado, clasista e impunemente, las líneas de su vida como músico de colombianas en «Luces» (uno de los mejores cuentos de la obra, si no es que el mejor); Sergio o el protector y guardián que no cumplió a cabalidad su misión en el centro comercial playero y se resigna a agradecer su suerte colocando sus manos fotocopiadas en las zonas donde hubo muerte, en «Somos gente de mar» (el cuento que más se acerca al performance y deja la puerta abierta para la interpretación cinematográfica, por su sordidez y minimalismo, muy a la David Lynch).
En contraposición, en el cuadrante de lo positivo, están los nombres de aquellos personajes secundarios o incidentales que, como correctamente atisba Lomelí, son justamente las columnas que sostienen y erigen los despojos de la humanidad, precisamente porque corresponden a la parte espiritual, ética y emotiva: Gabriela o la Fuerza de Dios que ayudará a Tata Tomás a sobrellevar la desaparición de su hija en la historia «Las nubes»; María o la elegida por Dios para sostener al remitente de la carta que se repite en un soliloquio sin salida, como la cárcel misma en donde se encuentra confinado el protagonista en «Epístola del asesino»; Aniela o la mensajera de Dios y Mariana o la llena de Gracia, que impelen al protagonista a prevalecer sobre sus valores éticos antes que sobre su miedo y moral en «¿Cuánto tarda un niño en atravesar una calle corriendo?» (Una de las dos crónicas-cuento que ponen las nuevas reglas del tiempo tras la debacle; el otro es «Arandas».)
Los aciertos lingüísticos y las sonoridades del lenguaje con los que perfila los claroscuros de todos los personajes de sus historias son otro punto digno de mencionar. El registro que Lomelí realiza de las voces es contundente, plástico, totalmente creíble, y lo mejor, desempeña la carga rítmica que toda buena narración debe tener. Aquí sobresalen los cuentos «Luces» y «Las nubes». En el primero, la yuxtaposición de dos lenguajes disímbolos a priori, pero complementarios en su núcleo (argot y prosa poética) constituye la parte medular, el golpe certero que el autor da para erigir un monumento a la injusticia social, pero también un homenaje a la lealtad que se da entre los marginados, contra viento y marea, y, en este caso, contra muerte y olvido. La banda que decide permanecer a pesar del duelo (y encima, apoderarse de una de las ciudades más agrestes del país con el arma de la música colombiana, la de los desposeídos) y el relato que de ella hace uno de sus integrantes son, sin lugar a dudas, quienes se llevan el corazón de cualquier lector que esté al tanto (y de acuerdo) con el problema de la desigualdad social. El segundo tiene su carga material en la confrontación del lenguaje de la inocencia (la voz de una bebita, Gabi, de casi dos años de edad) con la algarabía de los himnos nacionalistas y la prepotencia de la clientela de una farmacia. Contundente, la voz de la niña, que resuena en el ánimo de su abuelo, logra situar al más insensible de los lectores en una frecuencia de amor desprotegido, pero al mismo tiempo inagotable. El resultado: un relato ultraconmovedor que no requiere artificios.
Por último, pero no menos importante, está la performatividad a través de la cual se desarrollan dos escenarios móviles pero necesarísimos, para la sujeción de estas fotografías en movimiento, de estos nuevos universos descontextualizados o interrumpidos por causas de violencia extrema. Los cuentos «Verde era el color que era» y «San Francisco» encarnan este objetivo a la vez que despliegan un panorama que se construye paralelamente a los diálogos, aparentemente sin sentido, que se dan entre un vendedor y una anciana, en la primera historia, y entre un mesero, una vendedora de flores, un bolero, un periodiquero, un pedigüeño, un niño que vende dulces y una mujer inexistente. Personajes periféricos todos ellos, pero que apuntan certeramente en la creación de una textura consistente, penetrable, elástica, que permite al lector/espectador moverse dentro de ella, como lo hacemos ahora con las fotografías en panorámica que tanto gustan en las redes sociales.
La resistencia deja los guantes en el ring y da paso a la descripción de las nuevas formas, casi siempre sostenidas por un halo de psicosis o de posthisteria colectiva: errantes, los personajes hablan sin propósito, pero no sin memoria: están ahí porque son los vencidos, y como todo actante de una historia, es menester exponer su versión en una epopeya que estaría confinada al olvido, de no ser porque su creador tuvo la misericordia de darle un registro que prevaleciera entre las ráfagas. Probablemente sea la magistralidad de tal misericordia la que sitúe a este libro dentro del listado de las obras que habrán de comprender la nueva literatura de una nueva revolución mexicana, la ocurrida hace ya una década (entendida ésta como una circunstancia que movió a la sociedad civil al punto del desplazamiento, y no como el movimiento social que debió, por ciclos naturales históricos, darse).
Esto y muchas cosas más es Perorata, de Luis Felipe Lomelí. Leerla no garantiza un rato de esparcimiento, pero sí reivindica a los caídos, a los débiles, a los abandonados, a los tristes, a los desesperados. A los sobrevivientes que quisieran irse, a los muertos que quedaron vivos.
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Perorata. Luis Felipe Lomelí. Abismos Casa Editorial. México, 2019. 200 págs.
El libro puede adquirirse aquí.


martes, 26 de febrero de 2019

Chernóbil, de Iliana Olmedo





Soundtrack para paliar el desencanto:
Chernóbil
de Iliana Olmedo

Marlén Curiel Ferman

¿Qué es la humanidad, cuando se la ubica en el centro de la historia? ¿Una suerte de película musical que depende del desacierto —o el gran atino— de su creador a la hora de escogerle la música? ¿Un conjunto de variables capaz de actuar como una sola cosa, y dentro de esa unicidad, realizar el error más grande del mundo? ¿Una impronta de energía en un lugar y tiempo determinados? Y si le hacemos una biopsia a la humanidad, es decir, si tomamos una muestra de su tejido, ¿qué resulta, dentro de la gran historia? ¿Una unidad sufriendo una catástrofe a escala, al reproducirse en ella los «maxi» fenómenos históricos, con su respectiva tropicalización? ¿Eso que llamamos microhistoria y que, por el mal sino que lleva implícito en el nombre, termina como algo sin importancia y destinado a ser desechado, como son desechadas todas las experiencias individuales de la humanidad, casi igual a como lo hacemos con las pelusas que se aferran al filtro de la secadora para después terminar, inevitablemente, en el cesto de la basura?

Estas preguntas probablemente hayan sido agua común para filósofos, maestros, carpinteros y cocineros durante siglos, y muy probablemente a ellas les hayan llegado respuestas fatídicas y una que otra de un cariz mucho más esperanzador y alentador, para hacerle contrapeso: no en balde nos encontramos con una serie de disquisiciones filosóficas contrapuestas para el estudio de un mismo fenómeno, dentro de una misma época. Sin embargo, para nosotros, los pertenecientes a la Generación del Desencanto, las respuestas no terminan con esta contraparte feliz… ¿O sí?

Señoras y señores, lo que van ustedes a presenciar a partir del momento en que abran esta obra, es un fragmento de las muchas refracciones que la ominosa luz del desencanto ha dejado caer sobre nuestras cabezas. De verdad quisimos que nuestro soundtrack tuviera como fondo canciones lindas, como What a wonderful world de Louis Armstrong, pero el presupuesto generacional no nos alcanzó más que para poner rolitas como Here comes the flood de Peter Gabriel. Ya si nos queremos ver más alegres, pues tenemos otras, como The Logical Song de Supertramp. Pero nada más.

Curioso, porque la mayoría de nosotros, los quejumbrosos hijos de la Perestroika y el hundimiento de la URSS, no tenemos canciones soviéticas para narrar, musicalmente, lo que nos ocurre: que nacimos en el lugar equivocado, en el momento incorrecto, para cosechar la esperanza. A nosotros nos tocó la ficha roja, la que nos mandó a volar los ideales de los contrapesos, el humanismo, la solidaridad (en realidad, somos el fruto de un proyecto maquiavélico que llevó ese nombre, alrededor de 1988-1990, en México) y la fraternidad. O al menos eso pensamos. Porque de otro modo, no podrían existir libros como el que a continuación vamos a conocer: Chernóbil, de Iliana Olmedo.

Resulta aterradora la idea, a priori, de abrir un libro que fungirá como caja de Pandora, después de estos casi treinta años de haber enterrado lo que nuestros padres lustraron con tanto esmero, con tanto aliño, con tanto amor. Ver la palabra ‘Chernóbil’ en la portada del libro, sugiere un viaje hacia la profundidad de los recuerdos cerrados bajo llave, que debieron quedarse así porque no tuvieron resolución cuando en su momento fueron un problema ontológico, sociológico y antropológico. Ver la rueda de la fortuna, tan desafortunada en esa ciudad de herrumbre y residuos nucleares, es, por decirlo así, casi como cavar en el corazón y revivir esa canica negra que nos creció desde muy niños, cuando nos dijeron que el sueño se acababa. Un sueño que, según fuimos descubriendo conforme fuimos ganando títulos universitarios y engullendo lecturas con la tolerancia que deben desarrollar las víctimas de un gran trauma, ya era una pesadilla.

Porque la URSS falló. Y no porque el sistema que la estructuraba estuviera putrefacto. Falló por aquello que lo movía. Nosotros, los humanos.

Así, pues, animarse a adentrarse a las páginas de este libro implica una dosis de valentía y apertura para reencontrarse con aquello que fuimos y lo que quisimos ser. Con aquello que se convirtió en tentativa, en esa odiosa vía alterna dimensional que aquí nunca sucederá. Y es que no se puede traer consigo un tanque de oxígeno, pues no se va a bucear; tampoco un paracaídas, porque no hay terreno que espere para el feliz aterrizaje, al menos físicamente hablando. Se entra con la desnudez emocional de cada uno, la de los 7, 10, 14 años, y nada más. A tientas. Impelido por la fuerza de atracción que impone la obra; hay algo magnético que te dice: «Ven, aquí no hay más daño. Ya todo está perdido. Vayamos por aquello que nos correspondía». Y de pronto uno se encuentra intuyendo que eso es verdad.

Iliana Olmedo inicia su obra con un acto de purificación. En su epígrafe bendice la continuidad de la especie humana a través de una canción tradicional japonesa. Acto seguido, nos presenta el diario de Daniela Arenas, la niña que creció en el centro de una hecatombe. Nuclear, ideológica, familiar. El bildungsroman o novela de aprendizaje que hila con paciencia y ternura nos lleva hacia el análisis de esas capas de cebolla que dejamos a buen resguardo y de las cuales pronto saldrán haces de luz, una interior, que nos hará mirarnos de otra manera. Su estructura, magistralmente cosida a mano, salta de un año a otro, llevándonos a la pista de las verdaderas canciones que componen el soundtrack de nuestra generación: las canciones repletas de silencio. De televisiones y periódicos plagadas de una verborrea que llevaba implícito el delicioso silencio con el que fueron tapiadas nuestras preguntas; de reflexiones mirando hacia el techo durante horas infinitas, las pertenecientes a la infancia y la preadolescencia; de los deseos mundanos y los ideales adolescentes que chocan maravillosamente, como el oleaje producido por la unión de dos mares; de los reveses sufridos en la primera adultez, cuando se es joven y totalmente libre para echar a perder esa juventud; de las respuestas maduras que llegan como un vaso de agua carbonatada, liberando el eructo de la amargura y, al mismo tiempo, liberando el sistema digestivo de aquello que nos impide caminar hacia adelante.

La historia, que comprende el período que va desde 1986 hasta 2016, narra la vida de la hija menor de una familia capitalina de clase media alta, dividida, como era natural en aquella época, por los ideales rigurosos de uno (o ambos) de los padres, versados en el socialismo, y la necesidad de flotar dignamente dentro de un sistema económico mexicano, el cual, a pesar de ser en aquella época más socialista que en estos tiempos, orillaba a sus cabezas a optar por un modo de vida más burgués que soviético. Tres tragedias marcan inexorablemente la vida de la protagonista: la desaparición de su padre y la explosión de la planta nuclear de Chernóbil, ambas ocurridas en 1986; y el suicidio de su hermana mayor, Paula, en 2016. Con esas tres tragedias, Daniela va elaborando un camino tejido a mano y tinta, a través de las múltiples entradas que va dejando en los diarios que atestiguan su crecimiento a lo largo de treinta años, y que le muestran, como el proceso antiguo del revelado de la fotografía, las caras originales de la caída: si el lector es respetuoso de las líneas que Daniela va trazando desde pequeña y las sigue con sigilo y atención, podrá entender y descubrir que la raíz de la oscuridad no atiende a la desmitificación y caída de un sistema (en este caso la URSS, su fallida planta nuclear en Chernóbil, que corre de manera análoga a la caída de la familia), sino a la podredumbre que pulula desde tiempo atrás, incluso antes de haber sido instaurado dicho sistema.

Tal y como le pasó a Ucrania, que antes de ser parte de la URSS tuvo un pasado medieval rico y latifundista, la familia Arenas Vega arranca con la presencia de un señor feudal, su patriarca Ricardo Vega (que representa al Rus de Kiev, el ahora latifundio malherido que llegó lesionado y viejo como para enfrentar de manera limpia a los soviéticos), quien se opondrá, hasta el final de sus días, a que el progreso científico, los valores de justicia y libertad, representados por Fernando Arenas, el nuevo patriarca (que representa, a su vez, la parte noble, el ideal soviético, la URSS misma), irrumpa con su revolución y quebrante el confort y la voluntad de aquél. De esta manera, nos encontramos con una familia destinada a su propio Holodomor, esto es, a la hambruna, pero en este caso del ser, que arrasa con las vidas de los tres hijos y su agregado cultural: Rafael, el hermano mayor; Paula, la hermana mayor; Daniela, la hermana menor, y Hugo o el Pepino, que fungirá como un elemento cohesionador, aunque tóxico, dentro de esta comuna soviético-mexicana que está destinada a perecer, más por su ascendente latifundista, representada por el abuelo, que por la censura que impera en el México de los años 70 y 80, aunque ella juega un papel importantísimo dentro de su historia.

La desaparición de Fernando Arenas (un físico nuclear nacido del hongo de Hiroshima, ferviente creyente del progreso nacional gracias al empleo de la energía nuclear generada por el propio país) por cuestiones de su activismo (estaba en contra de la CFE y todo lo que tuviera que ver con la organización nacional en el reparto de la energía y la ciencia) pone de relieve la situación preponderante en aquella época: mientras en Europa Oriental se vivían los últimos años de un sistema que prometió florecer en medio de la tundra, en México nos debatíamos entre la libertad para progresar y el miedo a los mecanismos de los que disponía la dictadura perfecta. De alguna manera, Daniela lo intuye y, a pesar de haberlo perdido cuando ella tenía 9 años, sigue su rastro hasta moldearlo dentro de sí como su filosofía, la única que le permitirá salir a flote de ese mundo de prohibiciones y mutilaciones emocionales e ideológicas.

Alrededor de Daniela, que representa, de alguna manera, la ingenuidad de la juventud que se entregó al sistema soviético sin reparar en los errores evidentes que éste venía manejando desde el estalinismo, giran una serie de satélites artificiales que la dañan tanto como creen amarla:

Una madre neurótica, dolida por la ausencia y la traición de su marido, incapaz de hacerse cargo de nutrir a su familia; representante, dentro de esta analogía, de una matria rusa que es abandonada en un rincón y desde ahí da palos de ciego (en este caso, golpes a los niños);

un hermano, Rafa, guitarrista adolescente que crecerá como un clasemediero más, incapaz de decidir si no es ayudado por la mano dura que se esconde detrás del elemento más tóxico e imperceptible de la novela, y que representa la indolencia artístico-intelectual soviética que pudo haber dicho algo para enderezar las cosas, pero prefirió callar en tanto siguiera siendo comprado por las comodidades que el resto de la colectividad rusa no tenía (se puede estudiar también esta figura arquetípica en la obra El maestro y Margarita de Bulgákov);

una hermana, Paula, epítome de la belleza perfecta y, por tanto, objeto de la perversión de su virtud a manos del patriarca feudal, el abuelo materno; y que representa —gracias a la habilidad literaria de Olmedo, quien no instintivamente, sino con todo el peso del estudio de la literatura universal—, a la Rusia Soviética, corrompida y loca, que debe morir. En este punto, habría que remarcar que Iliana Olmedo logra colocar a este personaje y su arquetipo a la par de lo que Tolstói hizo con su Ana Karénina: si se vuelve a leer esta obra, se descubrirá que su protagonista, Ana, constituye el mensaje oculto de su autor: había que matar a la Rusia disoluta, alienada, perdida, encarnada en ella, la mujer bellísima que subyugaba y se dejaba subyugar para maldición de su progenie. Del mismo modo en que esto ocurre, pero al otro extremo, encontramos a Paula Soviet, harta de las falsedades que al interior de su casa-país suceden, presa de las artimañas de un mundo adulto que no conoce la virtud, a excepción del padre, quien no logra salvarla a pesar de su conciencia clara sobre las cosas que pasan;

un amigo-amante-seductor, el actante que incita a Daniela a emprender el viaje del héroe únicamente para luego unírsele, como lapa, el resto de la tropa traumada, y crecer como el liquen, aferrada a su espalda, succionando su vitalidad y su cordura: Hugo o el Pepino, uno de los elementos más tóxicos dentro de esta dinámica familiar, precisamente por la invisibilidad de su mano dura y abrasiva, que primero circunda con amor al ser en vías de exterminio para luego soltarle el fuego de su poder. Es el estalinista por excelencia que continúa el Holodomor iniciado por el abuelo y sostenido por la madre; el pan mohoso y comunal, el sosiego aletargador y la esperanza ácima y ambigua; y la destrucción y la dictadura a la vez, y

una amiga-amante-madre, Raquel, el personaje que revierte el proceso negativo de este viaje del héroe al que Daniela es expulsada sin siquiera ella desearlo, el amor que despega y vuelve a pegar los fragmentos de los que ella se compone, y que representaría el arquetipo de alguna diosa pagana, una ondina, tal vez, que con su agua apaga el fuego de las Babá Yagás que circundan el terrorífico mundo de la pequeña, quien por cierto nunca deja de serlo hasta que decide romper la tradición materna de la sumisión y el exterminio, e iniciar su propia tribu al convertirse en madre y cerrar para siempre la puerta de aquello que no funcionó jamás.

El conjunto de estos personajes da como resultado la reproducción de una célula viviente, traída desde Ucrania, que viene a padecer la decadencia, producto de la explosión de la enorme energía que los unía, explosión que su protagonista intenta expresar a través de la fotografía de su entorno, en una especie de viaje de afuera hacia adentro.

A este respecto, el viaje que su autora la obliga a hacer, es, a primera vista, un viaje cruel en donde los fragmentos están tan bien unidos que son imposibles de analizar, en un intento de reconocimiento y recomposición de las cosas. Sin embargo, Olmedo consigue darle un remache con hilo de oro: cuando pareciera que todo está perdido, la protagonista se encuentra frente a la vida. La que emerge de ella, de su arte fotográfico (la parte de la novela en donde visita Chernóbil, a veinte años de la explosión, es uno de los pasajes que se constituyen, desde ya, en uno de los más hermosos de la literatura mexicana: combina con delicadeza la belleza de la distorsión y la monstruosidad, del vacío, el abandono y el sueño dorado, ahora oxidado, con la fuerza del enfrentamiento de aquella parte abrasada, erosionada, de la protagonista, contra la vida extraña que surge desde la tierra ucraniana, alimentada por partículas nuevas, dañinas, mutables y mutantes), de su capacidad de ser madre a pesar de los miedos que la circundan, a pesar de los rencores que quisieron carcomerla. A pesar de la oscuridad en la que su corazón caminó, dando tumbos.

La constante mención de los hongos nucleares dibujados en las esquinas de las libretas de Daniela, de los brazos que la interpelan en esos diálogos sin fin, de las aves que admira y retrata de vez en cuando, de las bolas de masa que la atragantan, y de esas otras que escupen ella y su hermana, cuando juegan; así como los zapatos que coleccionan ella y Hugo, en su intento por hacer LA instalación por excelencia, constituyen la ornamentación arquetípica con la que Iliana Olmedo construye su castillo narrativo: significan la presencia de la fuga de algo llamado matria y la lucha humana, colectiva, que se sabe dentro de un espacio a punto de explotar y que por tanto debe salir al exterior, así sea caminando en círculos, marchando hacia la libertad para luego quedarse, temporalmente, atorada en el cuello de botella que implicó para ella la URSS en sus últimos días; o aleteando con sus brazos porque no son aves. Aunque deberían, aunque merecieran serlo.

Chernóbil, de Iliana Olmedo, tiene el valor adicional, como ya se ha comentado, de traer las canciones que nos faltaron a los de esta generación desencantada, que, a falta de canciones soviéticas, canta las de este otro lado del mundo. Prueba de ello son las líricas reveladoras de la canción fundacional de El Cuarto Dormitorio, agrupación de Rafa y Hugo: «El otro día iba caminando por la calle / entonces, decidí / que me iba a otro país / a escapar de todo lo que hago aquí / y escapar y encontrar / una puerta, una salida / al lugar donde yo / de verdad quisiera estar». Gracias a esta canción, quienes sentimos que fuimos despojados de algo, sea fantasía o no, podemos comprarnos un boleto sin retorno —pues es un viaje desde la melancolía de las vías de la mente y el corazón—, hacia aquel país que nos fue vedado: El Encanto.

Léanla, óiganla, interiorícenla. Esta novela es, por mucho, el documento restaurador de las cosas que hemos perdido.

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Chernóbil. Iliana Olmedo. Siglo XXI Editores-Universidad Nacional Autónoma de México-Colegio de Sinaloa (15º Premio Internacional de Narrativa 2017; 1ª. Ed. 2018). 178 págs.



viernes, 18 de enero de 2019

Recuerdos de un callejón sin salida, de Banana Yoshimoto





Recuerdos de un callejón sin salida
de Banana Yoshimoto

Marlén Curiel-Ferman


Soaring high in the sky,
He may be small but only in size.
Astroboy, Astroboy,
He is brave and gentle and wise!

Cuando escuchaba esa canción a mis siete años, en el invierno de 1990, algo mayor a mí y que era yo misma sintió (o supo) que mi relación con Japón iba a ser una mezcla de melancolía y épica, aliñada, quizá, por algún sentimiento de una alegría no registrable en occidente. Se me hacía tremendamente triste aquella canción, en parte porque se oía vieja y distante, y en parte, quizá, porque me recordaba que ya se acercaba la noche y yo aún no terminaba mi tarea. En fin, que la canción con la que abrían los créditos de la caricatura Astroboy (Osamu Tezuka, 1980-1981), se me quedó marcada durante mucho tiempo, como esas veces en las que en el fondo sientes que una punta del hilo que representa ese recuerdo algún día se conectará, por azares del destino, con su contraparte, y se hará un todo, y es ese todo el que te grita, desde la lejanía del tiempo (sin importar que no estés de humor o que sea inoportuno en aquellos momentos de tedio, cuando la cotidianidad se presta para la reflexión cuasi filosófica), que la otra punta vendrá. Y todo será circular y reparador. 

Encontré al fin la otra punta de ese hilo hace dos semanas en un libro. Uno que tiene la dedicatoria a uno de los maestros del manga japonés, Fujiko F. Fujio. La puerta al mundo interior de una niña que ahora es grande se me abría con la misma intimidad con la que tu mejor amiga te enseña los pasajes más tiernos de su existencia.

«Leerla en este libro es igual a cuando te peinan el pelo con suavidad o como comerse un dulce tras un día sin mucha originalidad ni nada particular. Se siente bonito, pues.» Eso pensaba mientras me adentraba en las primeras páginas de Recuerdos de un callejón sin salida, de la escritora Banana Yoshimoto (Tokio, 24 de julio de 1964), uno de los cuentarios más bonitos que he leído en los últimos cinco años... Miento, en mi vida como lectora.

El libro inicia con el cuento «La casa de los fantasmas», y fue ahí donde elaboré la sentencia anterior, justo cuando iba leyendo el desfile de sabores, ingredientes y paisajes otoñales que la protagonista, Secchan, describía con una tranquilidad a prueba de velocidades urbanas. Secchan tenía una voz diáfana, precisa, de una monotonía dulce que la despojaba de toda pretensión. Me dejé llevar, en verdad caí en la trampa de la traviesa Banana: ella me estaba peinando el pelo con dulzura para luego llevarme sin chistar a la fuerza de su río convulso. Y no me di cuenta. Lo más extraordinario era que, ya estando ahí, decidí quedarme a presenciar el tumulto de emociones internas que una mujer japonesa llevaba consigo y la supo transmitir a sus escenarios y a sus personajes.

Porque la voz de Yoshimoto en este libro es poderosa, muy a la oriental, claro está. Así como los dulces que tanto enumera en casi todos sus cuentos, sus palabras salen de su pluma provistas de un caparazón dulce, como de alfajor. Pero nada más morderlos, el dulce penetra más allá de lo mental. La fuerza de su prosa radica en su capacidad de mover el alma de su lector. Como el río convulso que, tímida (o sagaz), describe para enunciar lo que ha cincelado en su obra, porque «El pavor que infunde el río es el pavor y la inmensidad que suscita el fluir del tiempo» (p. 125).

Pero no se asusten, porque este libro no tiene la más mínima intención de atemorizarlos o hacerlos sufrir. Todo lo contrario. En cada una de sus páginas, la labor de Banana Yoshimoto se resume a lo siguiente: escribir tristezas de una diafanidad exquisita para hacer alquimia con ellas y trocarlas en un escudo contra la marea que implica ser mujer, ya sea en oriente u occidente. Ahora que está tan de moda la resiliencia, puedo decir con toda sinceridad que no he visto otro libro más honesto y, además, perfectamente escrito, que éste en cuestión de resiliencias. Gracias, Coelho, Osho et. al., yo me quedo en la Estación Banana y reafirmo mi teoría de que son las grandes obras literarias las que limpian el escombro que a veces guardamos en el corazón.

Los cinco cuentos que conforman este tejido de resiliencia y fonemas perfectamente embonados (no importa que estemos leyendo una traducción directa, la esencia poderosa de su autora es tal, que la traducción de Gabriel Álvarez Martínez, más que un puente, funge como vaso conductor de la vibración bananesca —y lo digo con mucho cariño antes que con burla, en verdad— y nos resuena en el oído, en la dermis y en el corazón) nos narran sucesos cotidianos cuyas autoras deciden tomarlos con una fuerza inconmensurable y un amor infinitos. A la vida, al destino, a ellas mismas.

En «La casa de los fantasmas», una chica de clase media alta, Secchan, nos cuenta cómo, a pesar de tener los cimientos perfectos para la vida armoniosa y tranquila que tanto persiguen los japoneses, es mejor a veces ceder un poco al tiempo para que la chispa del milagro ocurra. Secchan, hija de los dueños de un restaurante que vende comida occidental (con elementos clásicos de la cultura japonesa, claro está), comienza una relación amistosa con Iwakura, quien es el hijo único de un matrimonio bien avenido gracias a su éxito indudable como fabricantes y vendedores de los dulces más deliciosos de su ciudad. A diferencia de Secchan, que sueña con quedarse al mando del restaurante de sus padres cuando éstos envejezcan o falten, Iwakura desea formar su personalidad más allá de los lindes de su bondad natural, que él atribuye a su condición de hijo privilegiado. El amor en estos dos personajes llega de puntitas, como sin siquiera proponérselo y como sabiendo que se desarrolla en medio de un piso habitado anteriormente por una pareja de ancianos que ahora se aparece bajo la forma de lo fantasmal, y arremete contra ellos con una fuerza erótica implacable que, sin embargo, habrá de conocer el valor de la espera. En este cuento, como en los otros, priman las descripciones magníficas, casi de ensueño, que Yoshimoto hace del paisaje del otoño tardío y del invierno. Es un cuento simple, con final simple, pero cargado de poesía llana y sin mucho garigoleo; podríamos aseverar, tal vez, que éste es el cuento más poético de los cinco, un homenaje discreto pero poderoso a la tradición lírica japonesa.




«La luz que hay dentro de las personas», cuento donde emerge la sentencia tímida pero arrolladora de la autora al autodefinirse, sin querer tal vez, como un río, es uno de los dos cuentos más cortos. A pesar de que no existe una conexión bien lograda entre el tema con el que arranca (el río, el confluir de las personas, París) con lo que sucede después, es un texto que merece la pena ser degustado. El río al que se refiere su protagonista, una mujer solitaria que vive de observar, implacable e imparcialmente, el mundo de las personas para después verterlo en las historias que escribe, rápidamente pasa a ser un pretexto para hablar de la luz que siempre aparece en los textos consagrados, sea para aluzar al protagonista, sea para acabarlo de hundir. Y justamente es esa reflexión lo que le permite «recordar» (cuando en realidad es un mero pretexto para hablar de lo que verdaderamente le importa a su interior) a su único amigo de la infancia, Makoto. Con extraordinaria sencillez y espiritualidad, Yoshimoto despliega un personaje cálido, tierno, elevado, cándido. Makoto es un niño diferente desde las circunstancias de su nacimiento y conserva ese halo de distinción con su proceder y su pensar. Es el cuento más triste de todos, me parece a mí, pero que al mismo tiempo te permite conservar la pureza que muchos buscan en el budismo. Eso es, es un texto puro, como una burbuja de jabón perfumada de una música muy apacible. De modo que el final, aunque desgarrador, no logra sobreponerse al encuentro con la gracia perfecta de las enseñanzas de Makoto.

«La felicidad de Tomo-Chan», es, sin duda alguna, el texto más occidentalizado de los cinco. Es el único cuento hablado en tercera persona y es una maravilla que ilustra lo que en literatura se llama la batalla del personaje con su autor, poniendo muy en claro que será Banana la victoriosa en este duelo sin espada, pues a Tomo-Chan no le deja opción alguna de levantarse y cambiar el curso del destino o mover un ápice los hilos que su creadora ha diseñado expresamente para ella. La protagonista, una mujer sencilla y bastante ordinaria que ha vivido situaciones de regular tristeza y extraordinaria atrocidad, está enamorada de Misawa desde hace dos años y nunca se lo ha dicho. Quizá porque él no la hacía en su mundo, ni siquiera cuando coincidían en el comedor del edificio donde ambos trabajaban, quizá porque él tenía novia y a Tomo-Chan no le gustaría quitarle a otra lo que es suyo, quizá porque fue violada cuando era adolescente, o quizá porque es tan simple que llora con la canción Puff, The Magic Dragon. O quizá por todo lo anterior. El caso es que ahora ha sido invitada por Misawa a comer. Las expectativas son hermosas y grandes. Las sorpresas de su autora, también. Éste es el cuento donde Yoshimoto saca el filo de su espada (o sus garras afiladas, al final de cuentas, para occidente ella es una Leo) y araña a su lector con una frialdad que dan ganas de proteger a Tomo-Chan. No obstante, la capacidad de Yoshimoto de darle la vuelta de tuerca en el punto menos esperado (y no estamos hablando de la construcción narrativa, sino del aspecto emocional) y convertir el texto en una bandera al empoderamiento (que, por cierto, aún no era tan multicitado en la época en que fue escrito, el año 2003) que arropa a cualquier mujer por igual, seas o no la más hermosa, la más virtuosa o la más suertuda.

En su cuento «Recuerdos de un callejón sin salida», Yoshimoto se atreve a hablar, por fin, del tema más material, moldeable, dúctil, concreto y duro para una mujer: la desilusión amorosa. Es la historia de Mimi-Chan, una mujer de lindes marinos, de una ingenuidad magnífica gracias a la protección familiar recibida, que acaba de romper con la ilusión de la casa feliz que muchas mujeres se crean con el amor de juventud. Takanashi, su prometido, no ha dado señales de vida durante todo el verano, desde que se mudó a otra ciudad a trabajar en la matriz de la empresa donde labora. Luego, el quebranto, la realidad a secas, el tosco borrón de la ilusión creada. Una nueva ciudad que la abrazará temporalmente hasta que ella logre sanar su herida. El bar a punto de cerrar, propiedad de su tío materno. Una vida ajena a la que vivía antes de la ruptura. El encuentro con Nishiyama, el otrora niño encerrado por su padre, un literato extravagante y absorto en su mundo de ideas que lo tuvo a raya en su cuarto tras la muerte de su esposa, casi muerto de hambre, y que ahora se ha convertido en un pájaro libre que le regalará algo más que compañía y pláticas bajo los árboles que ceden a la melodía del otoño a una Mimi-Chan que ha sido forzada a adentrarse nuevamente en una oruga de emergencia.

Sin embargo, la obra maestra llega con el cuento «¡Mamáaa!» Es el más desgarrador y el más resiliente de todos. Cuenta la historia de Matzuoka, una mujer reservada al punto de la extrema contención que se dedica con vehemencia al trabajo editorial. La vida sin matices, pero fuerte, en su sentido de solidez, se ve turbada cuando un día, Yamazoe, un antiguo compañero de trabajo que fue despedido por lo que él considera fueron causas injustificadas, envenena uno de los platillos que el comedor de la editorial ofrecía ese día y que, para mala suerte (aparentemente), degusta Matzuoka. Los días siguientes a una recuperación que frente a los ojos de los demás se antojaba casi milagrosa fueron días de languidez física y tumulto emocional: Matzuoka, que tras el envenenamiento quedó mal de su hígado, poco a poco va cayendo en una espiral interior que la lleva a reconocer el veneno de raíz que le está impidiendo sanar. La escena es, verdaderamente, desgarradora. Es el cuento más sublime y más siniestro por cuanto puede llegar a tocar las fibras más sensibles de nuestros venenos ocultos, adormecidos, como la semidormida Matzuoka, que deambulaba por la vida con una languidez y una grisura que le impedía conocer la intensidad de los colores del amor y la tristeza. La cosa podría terminar mal para uno como lector de no ser porque Yoshimoto ya tiene listos los curitas, la pomada y los mimos que llegan como regalo celestial en el momento menos esperado. Es un cuento que sana, que alivia, que exorciza demonios y llama dulcemente a los pequeños (o grandes) dioses de la vida a reintegrarse con uno.

Algo que llama la atención es la constante mención del otoño y los cielos claros a lo largo de este libro. Como si de un vehículo purificador se tratara, la autora los intercala con la gracia de una doctora oriental, una poeta mística y una madre universal. Es el símil del paraíso real que se construye, no se inventa ni se descubre, tras el paso de la experiencia que dan los años, los suficientes para dejar de ser niño (más no ingenuo, nótese el símbolo constante del candor que inunda las páginas de esta obra cada vez que son nombrados Nobita Nobi y Doraemon, los personajes predilectos, al parecer, de la infancia japonesa de la segunda mitad del siglo XX) pero sin llegar a ser un anciano.

También habría que mencionar la composición perfecta que Yoshimoto hace de sus obras, especialmente en la construcción de escenas en las que aparentemente no pasa nada, salvo la estructuración de la química dual entre un hombre y una mujer. Puesto que son todas mujeres sus protagonistas y sus voces, la inclusión del género masculino no viene como parte de una utilería, sino como elemento de crecimiento espiritual, intelectual, creativo y emocional, sea por la huella dolorosa que éstos dejan en ellas, sea por su posición de guías, de gurús, de amantes o de razones para sobrevivir…

Porque este es un manual para la supervivencia que se da después de que decimos que se ha sobrevivido a todo.

Me resultó extraño, honestamente, que en su epílogo, Banana se disculpara por haber escrito cosas tan tristes. La primera vez que leí esto, pensé que yo estaba en una frecuencia, o bien depresiva, o bien algo frívola, al sentir sus cuentos como bálsamos que actuaron en consecuencia con mis fantasmas y preocupaciones del momento. Sin embargo, al releer el párrafo y continuar leyendo los siguientes, comprendí que ella misma entendió el valor de su obra, justamente, el de ser un libro purificador. Pero otra vez el río de Yoshimoto nos ha querido engañar, sin querer ser mala o traviesa, más bien por cuestiones de una profunda humildad.
Recuerdos de un callejón sin salida es, por mucho, una obra maestra. Leerla ha sido uno de los regalos más bonitos que me ha dado la vida.

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Recuerdos de un callejón sin salida. Banana Yoshimoto. Tusquets Editores México, colección Andanzas (1ª Ed. 2012; 1ª reimpresión, mayo de 2016). 212 págs. (También se encuentra en edición de bolsillo en la colección Maxi Tusquets.)



sábado, 10 de febrero de 2018

Regreso a Ítaca (libro), de Leonardo Padura






Regreso a Ítaca
[libro]
de Leonardo Padura y Laurent Cantet

Jesús Guerra

Quienes han leído mis reseñas, aquí y/o en el blog Lecturas Tu Red saben muy bien que uno de mis autores preferidos es el cubano Leonardo Padura, quien nació en La Habana el 9 de octubre de 1955. Un escritor que destaca como novelista, pero que también es cuentista y guionista de cine, además de periodista. De sus libros he comentado algunas de sus novelas (las ligas están al término de esta entrada) y de las películas basadas en sus guiones comenté aquí mismo Cuatro estaciones en La Habana (miniserie de cuatro capítulos, dirigida por el español Félix Viscarret), y Regreso a Ítaca (dirigida por el francés Laurent Cantet).

Lo que hoy comento es el libro Regreso a Ítaca, escrito por Leonardo Padura, con la colaboración del director de cine francés Laurent Cantet y de la esposa de Padura, Lucía López Coll, el cual fundamentalmente es el guión literario de la película del mismo nombre. Pero no sólo contiene el guión literario (y al decir guión literario me refiero a que está escrito como narración, sin cuestiones técnicas), sino que incluye también una suerte de prólogo escrito por el realizador francés llamado «Rodar en Ítaca» (que comienza con una pregunta más o menos obvia —¿Por qué rodar en Cuba?—, a la cual el realizador da algunas explicaciones sumamente interesantes); el guión literario, que es el texto más extenso del libro; una tercera parte llamada «Todos los caminos conducen a Ítaca», en la que Leonardo Padura narra cómo y por qué se escribió y se filmó esta película; una cuarta parte llamada «Vuelta a Ítaca», que es un primer guión de esta historia, pero para cortometraje, que fue el primer intento de filmación de este argumento, y la quinta parte se llama «La novela de mi vida», que contiene fragmentos de esa novela de Padura que está en la base del argumento de esta película. Para que este libro sea más cinematográfico, en lugar de en Partes el libro está dividido en Secuencias.

No comentaré aquí el argumento del guión pues ya lo hice al reseñar la película (que pueden leer aquí). El resto del material del libro lo que nos cuenta es la historia que está detrás de la película. Resulta que Laurent Cantet, el realizador, leyó la traducción al francés del libro La novela de mi vida, de Padura, y le encantó. Y en esa novela hay algunas escenas que son la idea básica de la película que luego filmaría. Cuando a Cantet lo invitaron a colaborar en una película llamada Siete días en La Habana, compuesta por siete historias cortas, dirigida cada una por un realizador diferente, y en la que Padura escribiría algunos de los guiones, la idea le pareció estupenda, no sólo por rodar en el extranjero sino para poder trabajar con Padura.

Cantet y Padura hablaron de esa idea del director, basada en la novela del escritor, y Padura le escribió el guión para el corto (guion que, como apunté, viene también en el libro), y Cantet hizo una prueba con actores cubanos. Pero al ver los resultados, decidió que ese argumento funcionaría mejor para un largometraje, y le encargó el guion al mismo Padura, es decir, había que extender el guión del cortometraje, desarrollar más la historia y los personajes. Así, el guión del corto no formó parte, finalmente, de las historias de Siete días en La Habana (en la que varios de los guiones son de Padura y en la Cantet dirigió una de las historias) pero se convirtió en un largometraje por derecho propio.

Vale la pena apuntar que tanto Regreso a Ítaca como Siete días en La Habana pueden ser vistas en YouTube.

Cantet, cineasta francés, gracias a la novela original de Leonardo Padura, y al guión a cuatro manos escrito por él y el escritor cubano, dirigió una película —producida por compañías de Bélgica y Francia— cien por ciento cubana, escrita en cubano, actuada por cubanos y filmada en La Habana. Si el proyecto no hubiera sido financiado por compañías europeas y dirigida por un realizador europeo es muy posible que no se hubiera podido rodar pues el guion, ya lo verán ustedes, es muy crítico al régimen cubano. Para cerrar el círculo, había que exhibir la película en Cuba. Y aunque hubo algunos intentos por sabotear la proyección por parte de instituciones oficiales, finalmente fue exhibida en La Habana como parte de una semana de cine francés.

La verdad, recomiendo muchísimo ver la película, pero también leer este libro que, por cierto, se deja leer rapidísimo pues es estupendo y tiene mucha información de sumo interés, por lo menos para los cinéfilos y para los admiradores de Padura y de Cantet.

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Regreso a Ítaca. Leonardo Padura y Laurent Cantet. Tusquets Editores, colección Andanzas. 1a ed. Tusquets España, abril 2016; 1a ed. Tusquets México, julio 2016. 202 págs.

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Te puede interesar leer mis reseñas de:


 Película Regreso a Ítaca


Mis reseñas de algunos de los libros de Padura (en el blog LecturasTu Red):