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sábado, 1 de febrero de 2020

Todos los muertos tienen la misma piel, de Boris Vian






Todos los muertos tienen la misma piel
de Boris Vian

Jesús Guerra

Quienes no hayan leído a Boris Vian no saben lo que se han perdido: es toda una experiencia. Este año es muy bueno para empezar a leerlo, o para leer los libros suyos que tenemos pendientes, o para releer nuestros favoritos pues en 2020 se celebra el centenario de su nacimiento. En Francia, y también en otros países de lengua francesa, como Bélgica y Suiza, se ha preparado una enorme cantidad de eventos para esta celebración: exposiciones, conferencias, publicación de libros, presentaciones de teatro, conciertos de jazz, exposiciones, etcétera. Supongo que con la crisis del coronavirus los eventos de marzo y abril habrán sido pospuestos para fechas posteriores. Revisé el catálogo de eventos de febrero y marzo y la cantidad (y supongo que también la calidad) es extraordinaria.
 
Edición original, con Sullivan
como autor y Vian como
traductor
Como bien saben los lectores de Boris Vian (nacido el 10 de marzo de 1920, en París, y fallecido en la misma ciudad el 23 de junio de 1959, a los 39 años), este artista fue polifacético: escribió novelas, poemas, obras de teatro, guiones de cine y letras de canciones, tradujo novelas policiacas, y también fue trompetista y cantante de jazz, periodista y crítico musical, compuso óperas y dirigió compañías disqueras.

Ya comentaré más de este artista genial en entradas próximas, pero por el momento quiero recomendarles una de sus novelas de la serie de Vernon Sullivan. Antes explico este asunto pues Vernon Sullivan no es un personaje sino el supuesto autor del libro, es decir un heterónimo de Boris Vian.

En 1946, Vian escribió, según se dice, en 15 días, una novela policiaca, ubicada en los Estados Unidos, cuyo tema central es el racismo. La novela se llama Escupiré sobre vuestra tumba (en francés J'irai cracher sur vos tombes). La novela es violenta, salvaje y escabrosa, por decir lo menos. Claro que para nuestros días una obra así es equivalente, más o menos, a una película de Quentin Tarantino, pero hace casi 75 años fue un escándalo, que es lo que Vian quería, y para evitarse problemas, la publicó con el nombre de Vernon Sullivan como autor y el suyo apareció como el traductor, pues según esto Sullivan era un escritor norteamericano, negro, que no había podido publicar la novela en su país debido al tema. Por el escándalo la novela se convirtió en un bestseller en Francia al año siguiente.
 
Edición en inglés
Con el mismo truco, Vian escribió y publicó en 1947 Todos los muertos tienen la misma piel (Les morts ont tous la même peau), y en 1948 otras dos novelas firmadas como Vernon Sullivan: Que se mueran los feos (Et on tuera tous les affreux) y Con las mujeres no hay manera (Elles se rendent pas compte). Pero ese año las autoridades francesas prohibieron la venta de la primera novela, y luego también de la segunda, y no quedaron conformes: llevaron a juicio al editor y al traductor por «ultraje a las buenas costumbres». Ahí ya no hubo manera de seguir con la impostura y Boris Vian tuvo que reconocer que él era el verdadero autor de las obras y que Vernon Sulivan no existía. Tanto él como el editor tuvieron que pagar una multa. Y, además, los críticos literarios se ofendieron por el engaño. (Se dice que el nombre de Vernon Sullivan lo formó a partir de los apellidos de dos jazzistas: del baterista Paul Vernon y del pianista Joseph Michael Sullivan, de nombre artístico Joe Sullivan.)

Edición francesa en Le Livre
de Poche
Leídas a casi 75 años de distancia, las dos primeras novelas nos siguen sorprendiendo, aunque, sabiendo lo que sabemos, y teniendo en cuenta que se han convertido en algo similar a novelas de culto, adquieren un aire paródico. En cambio, las otras dos, sobre todo la cuarta, Con las mujeres no hay manera, eran ya plenamente paródicas desde el principio. (Esta última hubiera podido ser adaptada al cine por el Almodóvar de los años 80, antes de que se volviera pretensioso y melodramático.)

En Todos los muertos tienen la misma piel, la segunda novela de Vernon Sullivan, el primer narrador es el protagonista (porque hay un segundo narrador, el tradicional, omnisciente). Dan es un hombre a todas luces blanco, que trabaja en un bar de Nueva York sacando borrachos problemáticos, el cual está casado con Sheila, obviamente blanca, y tienen un hijo (sí, blanco). Dan está conforme con su trabajo y con su vida matrimonial. Pero un día lo va a buscar a su casa un negro (un afroamericano dicta la corrección política) llamado Richard, que es su hermano, o su medio hermano, al que tenía años de no ver. Pero Richard es un pillo y Dan sabe que le traerá problemas. Además, le recuerda el hecho, que es un trauma para Dan, de que realmente es mulato.
 
Edición francesa en 10/18
Cuando días después llega un hombre al bar y le dice a Dan que va de parte de Richard, su hermano, y le pide dinero en su nombre, Dan sabe que Richard no lo va a dejar en paz, que le puede destruir su vida de blanco, y decide que tendrá que matar a su hermano. A partir de ahí, las cosas se le van complicando a Dan y éste va dejando un rastro de cadáveres.

Ya lo sabemos, el mejor homenaje a un autor es leer su obra, así que en el centenario del nacimiento de Boris Vian, mi recomendación es que lean este libro o cualquiera que consigan de este particularísimo autor.

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Todos los muertos tienen la misma piel. Boris Vian. Edhasa. 169 págs. 

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martes, 26 de febrero de 2019

Chernóbil, de Iliana Olmedo





Soundtrack para paliar el desencanto:
Chernóbil
de Iliana Olmedo

Marlén Curiel Ferman

¿Qué es la humanidad, cuando se la ubica en el centro de la historia? ¿Una suerte de película musical que depende del desacierto —o el gran atino— de su creador a la hora de escogerle la música? ¿Un conjunto de variables capaz de actuar como una sola cosa, y dentro de esa unicidad, realizar el error más grande del mundo? ¿Una impronta de energía en un lugar y tiempo determinados? Y si le hacemos una biopsia a la humanidad, es decir, si tomamos una muestra de su tejido, ¿qué resulta, dentro de la gran historia? ¿Una unidad sufriendo una catástrofe a escala, al reproducirse en ella los «maxi» fenómenos históricos, con su respectiva tropicalización? ¿Eso que llamamos microhistoria y que, por el mal sino que lleva implícito en el nombre, termina como algo sin importancia y destinado a ser desechado, como son desechadas todas las experiencias individuales de la humanidad, casi igual a como lo hacemos con las pelusas que se aferran al filtro de la secadora para después terminar, inevitablemente, en el cesto de la basura?

Estas preguntas probablemente hayan sido agua común para filósofos, maestros, carpinteros y cocineros durante siglos, y muy probablemente a ellas les hayan llegado respuestas fatídicas y una que otra de un cariz mucho más esperanzador y alentador, para hacerle contrapeso: no en balde nos encontramos con una serie de disquisiciones filosóficas contrapuestas para el estudio de un mismo fenómeno, dentro de una misma época. Sin embargo, para nosotros, los pertenecientes a la Generación del Desencanto, las respuestas no terminan con esta contraparte feliz… ¿O sí?

Señoras y señores, lo que van ustedes a presenciar a partir del momento en que abran esta obra, es un fragmento de las muchas refracciones que la ominosa luz del desencanto ha dejado caer sobre nuestras cabezas. De verdad quisimos que nuestro soundtrack tuviera como fondo canciones lindas, como What a wonderful world de Louis Armstrong, pero el presupuesto generacional no nos alcanzó más que para poner rolitas como Here comes the flood de Peter Gabriel. Ya si nos queremos ver más alegres, pues tenemos otras, como The Logical Song de Supertramp. Pero nada más.

Curioso, porque la mayoría de nosotros, los quejumbrosos hijos de la Perestroika y el hundimiento de la URSS, no tenemos canciones soviéticas para narrar, musicalmente, lo que nos ocurre: que nacimos en el lugar equivocado, en el momento incorrecto, para cosechar la esperanza. A nosotros nos tocó la ficha roja, la que nos mandó a volar los ideales de los contrapesos, el humanismo, la solidaridad (en realidad, somos el fruto de un proyecto maquiavélico que llevó ese nombre, alrededor de 1988-1990, en México) y la fraternidad. O al menos eso pensamos. Porque de otro modo, no podrían existir libros como el que a continuación vamos a conocer: Chernóbil, de Iliana Olmedo.

Resulta aterradora la idea, a priori, de abrir un libro que fungirá como caja de Pandora, después de estos casi treinta años de haber enterrado lo que nuestros padres lustraron con tanto esmero, con tanto aliño, con tanto amor. Ver la palabra ‘Chernóbil’ en la portada del libro, sugiere un viaje hacia la profundidad de los recuerdos cerrados bajo llave, que debieron quedarse así porque no tuvieron resolución cuando en su momento fueron un problema ontológico, sociológico y antropológico. Ver la rueda de la fortuna, tan desafortunada en esa ciudad de herrumbre y residuos nucleares, es, por decirlo así, casi como cavar en el corazón y revivir esa canica negra que nos creció desde muy niños, cuando nos dijeron que el sueño se acababa. Un sueño que, según fuimos descubriendo conforme fuimos ganando títulos universitarios y engullendo lecturas con la tolerancia que deben desarrollar las víctimas de un gran trauma, ya era una pesadilla.

Porque la URSS falló. Y no porque el sistema que la estructuraba estuviera putrefacto. Falló por aquello que lo movía. Nosotros, los humanos.

Así, pues, animarse a adentrarse a las páginas de este libro implica una dosis de valentía y apertura para reencontrarse con aquello que fuimos y lo que quisimos ser. Con aquello que se convirtió en tentativa, en esa odiosa vía alterna dimensional que aquí nunca sucederá. Y es que no se puede traer consigo un tanque de oxígeno, pues no se va a bucear; tampoco un paracaídas, porque no hay terreno que espere para el feliz aterrizaje, al menos físicamente hablando. Se entra con la desnudez emocional de cada uno, la de los 7, 10, 14 años, y nada más. A tientas. Impelido por la fuerza de atracción que impone la obra; hay algo magnético que te dice: «Ven, aquí no hay más daño. Ya todo está perdido. Vayamos por aquello que nos correspondía». Y de pronto uno se encuentra intuyendo que eso es verdad.

Iliana Olmedo inicia su obra con un acto de purificación. En su epígrafe bendice la continuidad de la especie humana a través de una canción tradicional japonesa. Acto seguido, nos presenta el diario de Daniela Arenas, la niña que creció en el centro de una hecatombe. Nuclear, ideológica, familiar. El bildungsroman o novela de aprendizaje que hila con paciencia y ternura nos lleva hacia el análisis de esas capas de cebolla que dejamos a buen resguardo y de las cuales pronto saldrán haces de luz, una interior, que nos hará mirarnos de otra manera. Su estructura, magistralmente cosida a mano, salta de un año a otro, llevándonos a la pista de las verdaderas canciones que componen el soundtrack de nuestra generación: las canciones repletas de silencio. De televisiones y periódicos plagadas de una verborrea que llevaba implícito el delicioso silencio con el que fueron tapiadas nuestras preguntas; de reflexiones mirando hacia el techo durante horas infinitas, las pertenecientes a la infancia y la preadolescencia; de los deseos mundanos y los ideales adolescentes que chocan maravillosamente, como el oleaje producido por la unión de dos mares; de los reveses sufridos en la primera adultez, cuando se es joven y totalmente libre para echar a perder esa juventud; de las respuestas maduras que llegan como un vaso de agua carbonatada, liberando el eructo de la amargura y, al mismo tiempo, liberando el sistema digestivo de aquello que nos impide caminar hacia adelante.

La historia, que comprende el período que va desde 1986 hasta 2016, narra la vida de la hija menor de una familia capitalina de clase media alta, dividida, como era natural en aquella época, por los ideales rigurosos de uno (o ambos) de los padres, versados en el socialismo, y la necesidad de flotar dignamente dentro de un sistema económico mexicano, el cual, a pesar de ser en aquella época más socialista que en estos tiempos, orillaba a sus cabezas a optar por un modo de vida más burgués que soviético. Tres tragedias marcan inexorablemente la vida de la protagonista: la desaparición de su padre y la explosión de la planta nuclear de Chernóbil, ambas ocurridas en 1986; y el suicidio de su hermana mayor, Paula, en 2016. Con esas tres tragedias, Daniela va elaborando un camino tejido a mano y tinta, a través de las múltiples entradas que va dejando en los diarios que atestiguan su crecimiento a lo largo de treinta años, y que le muestran, como el proceso antiguo del revelado de la fotografía, las caras originales de la caída: si el lector es respetuoso de las líneas que Daniela va trazando desde pequeña y las sigue con sigilo y atención, podrá entender y descubrir que la raíz de la oscuridad no atiende a la desmitificación y caída de un sistema (en este caso la URSS, su fallida planta nuclear en Chernóbil, que corre de manera análoga a la caída de la familia), sino a la podredumbre que pulula desde tiempo atrás, incluso antes de haber sido instaurado dicho sistema.

Tal y como le pasó a Ucrania, que antes de ser parte de la URSS tuvo un pasado medieval rico y latifundista, la familia Arenas Vega arranca con la presencia de un señor feudal, su patriarca Ricardo Vega (que representa al Rus de Kiev, el ahora latifundio malherido que llegó lesionado y viejo como para enfrentar de manera limpia a los soviéticos), quien se opondrá, hasta el final de sus días, a que el progreso científico, los valores de justicia y libertad, representados por Fernando Arenas, el nuevo patriarca (que representa, a su vez, la parte noble, el ideal soviético, la URSS misma), irrumpa con su revolución y quebrante el confort y la voluntad de aquél. De esta manera, nos encontramos con una familia destinada a su propio Holodomor, esto es, a la hambruna, pero en este caso del ser, que arrasa con las vidas de los tres hijos y su agregado cultural: Rafael, el hermano mayor; Paula, la hermana mayor; Daniela, la hermana menor, y Hugo o el Pepino, que fungirá como un elemento cohesionador, aunque tóxico, dentro de esta comuna soviético-mexicana que está destinada a perecer, más por su ascendente latifundista, representada por el abuelo, que por la censura que impera en el México de los años 70 y 80, aunque ella juega un papel importantísimo dentro de su historia.

La desaparición de Fernando Arenas (un físico nuclear nacido del hongo de Hiroshima, ferviente creyente del progreso nacional gracias al empleo de la energía nuclear generada por el propio país) por cuestiones de su activismo (estaba en contra de la CFE y todo lo que tuviera que ver con la organización nacional en el reparto de la energía y la ciencia) pone de relieve la situación preponderante en aquella época: mientras en Europa Oriental se vivían los últimos años de un sistema que prometió florecer en medio de la tundra, en México nos debatíamos entre la libertad para progresar y el miedo a los mecanismos de los que disponía la dictadura perfecta. De alguna manera, Daniela lo intuye y, a pesar de haberlo perdido cuando ella tenía 9 años, sigue su rastro hasta moldearlo dentro de sí como su filosofía, la única que le permitirá salir a flote de ese mundo de prohibiciones y mutilaciones emocionales e ideológicas.

Alrededor de Daniela, que representa, de alguna manera, la ingenuidad de la juventud que se entregó al sistema soviético sin reparar en los errores evidentes que éste venía manejando desde el estalinismo, giran una serie de satélites artificiales que la dañan tanto como creen amarla:

Una madre neurótica, dolida por la ausencia y la traición de su marido, incapaz de hacerse cargo de nutrir a su familia; representante, dentro de esta analogía, de una matria rusa que es abandonada en un rincón y desde ahí da palos de ciego (en este caso, golpes a los niños);

un hermano, Rafa, guitarrista adolescente que crecerá como un clasemediero más, incapaz de decidir si no es ayudado por la mano dura que se esconde detrás del elemento más tóxico e imperceptible de la novela, y que representa la indolencia artístico-intelectual soviética que pudo haber dicho algo para enderezar las cosas, pero prefirió callar en tanto siguiera siendo comprado por las comodidades que el resto de la colectividad rusa no tenía (se puede estudiar también esta figura arquetípica en la obra El maestro y Margarita de Bulgákov);

una hermana, Paula, epítome de la belleza perfecta y, por tanto, objeto de la perversión de su virtud a manos del patriarca feudal, el abuelo materno; y que representa —gracias a la habilidad literaria de Olmedo, quien no instintivamente, sino con todo el peso del estudio de la literatura universal—, a la Rusia Soviética, corrompida y loca, que debe morir. En este punto, habría que remarcar que Iliana Olmedo logra colocar a este personaje y su arquetipo a la par de lo que Tolstói hizo con su Ana Karénina: si se vuelve a leer esta obra, se descubrirá que su protagonista, Ana, constituye el mensaje oculto de su autor: había que matar a la Rusia disoluta, alienada, perdida, encarnada en ella, la mujer bellísima que subyugaba y se dejaba subyugar para maldición de su progenie. Del mismo modo en que esto ocurre, pero al otro extremo, encontramos a Paula Soviet, harta de las falsedades que al interior de su casa-país suceden, presa de las artimañas de un mundo adulto que no conoce la virtud, a excepción del padre, quien no logra salvarla a pesar de su conciencia clara sobre las cosas que pasan;

un amigo-amante-seductor, el actante que incita a Daniela a emprender el viaje del héroe únicamente para luego unírsele, como lapa, el resto de la tropa traumada, y crecer como el liquen, aferrada a su espalda, succionando su vitalidad y su cordura: Hugo o el Pepino, uno de los elementos más tóxicos dentro de esta dinámica familiar, precisamente por la invisibilidad de su mano dura y abrasiva, que primero circunda con amor al ser en vías de exterminio para luego soltarle el fuego de su poder. Es el estalinista por excelencia que continúa el Holodomor iniciado por el abuelo y sostenido por la madre; el pan mohoso y comunal, el sosiego aletargador y la esperanza ácima y ambigua; y la destrucción y la dictadura a la vez, y

una amiga-amante-madre, Raquel, el personaje que revierte el proceso negativo de este viaje del héroe al que Daniela es expulsada sin siquiera ella desearlo, el amor que despega y vuelve a pegar los fragmentos de los que ella se compone, y que representaría el arquetipo de alguna diosa pagana, una ondina, tal vez, que con su agua apaga el fuego de las Babá Yagás que circundan el terrorífico mundo de la pequeña, quien por cierto nunca deja de serlo hasta que decide romper la tradición materna de la sumisión y el exterminio, e iniciar su propia tribu al convertirse en madre y cerrar para siempre la puerta de aquello que no funcionó jamás.

El conjunto de estos personajes da como resultado la reproducción de una célula viviente, traída desde Ucrania, que viene a padecer la decadencia, producto de la explosión de la enorme energía que los unía, explosión que su protagonista intenta expresar a través de la fotografía de su entorno, en una especie de viaje de afuera hacia adentro.

A este respecto, el viaje que su autora la obliga a hacer, es, a primera vista, un viaje cruel en donde los fragmentos están tan bien unidos que son imposibles de analizar, en un intento de reconocimiento y recomposición de las cosas. Sin embargo, Olmedo consigue darle un remache con hilo de oro: cuando pareciera que todo está perdido, la protagonista se encuentra frente a la vida. La que emerge de ella, de su arte fotográfico (la parte de la novela en donde visita Chernóbil, a veinte años de la explosión, es uno de los pasajes que se constituyen, desde ya, en uno de los más hermosos de la literatura mexicana: combina con delicadeza la belleza de la distorsión y la monstruosidad, del vacío, el abandono y el sueño dorado, ahora oxidado, con la fuerza del enfrentamiento de aquella parte abrasada, erosionada, de la protagonista, contra la vida extraña que surge desde la tierra ucraniana, alimentada por partículas nuevas, dañinas, mutables y mutantes), de su capacidad de ser madre a pesar de los miedos que la circundan, a pesar de los rencores que quisieron carcomerla. A pesar de la oscuridad en la que su corazón caminó, dando tumbos.

La constante mención de los hongos nucleares dibujados en las esquinas de las libretas de Daniela, de los brazos que la interpelan en esos diálogos sin fin, de las aves que admira y retrata de vez en cuando, de las bolas de masa que la atragantan, y de esas otras que escupen ella y su hermana, cuando juegan; así como los zapatos que coleccionan ella y Hugo, en su intento por hacer LA instalación por excelencia, constituyen la ornamentación arquetípica con la que Iliana Olmedo construye su castillo narrativo: significan la presencia de la fuga de algo llamado matria y la lucha humana, colectiva, que se sabe dentro de un espacio a punto de explotar y que por tanto debe salir al exterior, así sea caminando en círculos, marchando hacia la libertad para luego quedarse, temporalmente, atorada en el cuello de botella que implicó para ella la URSS en sus últimos días; o aleteando con sus brazos porque no son aves. Aunque deberían, aunque merecieran serlo.

Chernóbil, de Iliana Olmedo, tiene el valor adicional, como ya se ha comentado, de traer las canciones que nos faltaron a los de esta generación desencantada, que, a falta de canciones soviéticas, canta las de este otro lado del mundo. Prueba de ello son las líricas reveladoras de la canción fundacional de El Cuarto Dormitorio, agrupación de Rafa y Hugo: «El otro día iba caminando por la calle / entonces, decidí / que me iba a otro país / a escapar de todo lo que hago aquí / y escapar y encontrar / una puerta, una salida / al lugar donde yo / de verdad quisiera estar». Gracias a esta canción, quienes sentimos que fuimos despojados de algo, sea fantasía o no, podemos comprarnos un boleto sin retorno —pues es un viaje desde la melancolía de las vías de la mente y el corazón—, hacia aquel país que nos fue vedado: El Encanto.

Léanla, óiganla, interiorícenla. Esta novela es, por mucho, el documento restaurador de las cosas que hemos perdido.

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Chernóbil. Iliana Olmedo. Siglo XXI Editores-Universidad Nacional Autónoma de México-Colegio de Sinaloa (15º Premio Internacional de Narrativa 2017; 1ª. Ed. 2018). 178 págs.



viernes, 18 de enero de 2019

Recuerdos de un callejón sin salida, de Banana Yoshimoto





Recuerdos de un callejón sin salida
de Banana Yoshimoto

Marlén Curiel-Ferman


Soaring high in the sky,
He may be small but only in size.
Astroboy, Astroboy,
He is brave and gentle and wise!

Cuando escuchaba esa canción a mis siete años, en el invierno de 1990, algo mayor a mí y que era yo misma sintió (o supo) que mi relación con Japón iba a ser una mezcla de melancolía y épica, aliñada, quizá, por algún sentimiento de una alegría no registrable en occidente. Se me hacía tremendamente triste aquella canción, en parte porque se oía vieja y distante, y en parte, quizá, porque me recordaba que ya se acercaba la noche y yo aún no terminaba mi tarea. En fin, que la canción con la que abrían los créditos de la caricatura Astroboy (Osamu Tezuka, 1980-1981), se me quedó marcada durante mucho tiempo, como esas veces en las que en el fondo sientes que una punta del hilo que representa ese recuerdo algún día se conectará, por azares del destino, con su contraparte, y se hará un todo, y es ese todo el que te grita, desde la lejanía del tiempo (sin importar que no estés de humor o que sea inoportuno en aquellos momentos de tedio, cuando la cotidianidad se presta para la reflexión cuasi filosófica), que la otra punta vendrá. Y todo será circular y reparador. 

Encontré al fin la otra punta de ese hilo hace dos semanas en un libro. Uno que tiene la dedicatoria a uno de los maestros del manga japonés, Fujiko F. Fujio. La puerta al mundo interior de una niña que ahora es grande se me abría con la misma intimidad con la que tu mejor amiga te enseña los pasajes más tiernos de su existencia.

«Leerla en este libro es igual a cuando te peinan el pelo con suavidad o como comerse un dulce tras un día sin mucha originalidad ni nada particular. Se siente bonito, pues.» Eso pensaba mientras me adentraba en las primeras páginas de Recuerdos de un callejón sin salida, de la escritora Banana Yoshimoto (Tokio, 24 de julio de 1964), uno de los cuentarios más bonitos que he leído en los últimos cinco años... Miento, en mi vida como lectora.

El libro inicia con el cuento «La casa de los fantasmas», y fue ahí donde elaboré la sentencia anterior, justo cuando iba leyendo el desfile de sabores, ingredientes y paisajes otoñales que la protagonista, Secchan, describía con una tranquilidad a prueba de velocidades urbanas. Secchan tenía una voz diáfana, precisa, de una monotonía dulce que la despojaba de toda pretensión. Me dejé llevar, en verdad caí en la trampa de la traviesa Banana: ella me estaba peinando el pelo con dulzura para luego llevarme sin chistar a la fuerza de su río convulso. Y no me di cuenta. Lo más extraordinario era que, ya estando ahí, decidí quedarme a presenciar el tumulto de emociones internas que una mujer japonesa llevaba consigo y la supo transmitir a sus escenarios y a sus personajes.

Porque la voz de Yoshimoto en este libro es poderosa, muy a la oriental, claro está. Así como los dulces que tanto enumera en casi todos sus cuentos, sus palabras salen de su pluma provistas de un caparazón dulce, como de alfajor. Pero nada más morderlos, el dulce penetra más allá de lo mental. La fuerza de su prosa radica en su capacidad de mover el alma de su lector. Como el río convulso que, tímida (o sagaz), describe para enunciar lo que ha cincelado en su obra, porque «El pavor que infunde el río es el pavor y la inmensidad que suscita el fluir del tiempo» (p. 125).

Pero no se asusten, porque este libro no tiene la más mínima intención de atemorizarlos o hacerlos sufrir. Todo lo contrario. En cada una de sus páginas, la labor de Banana Yoshimoto se resume a lo siguiente: escribir tristezas de una diafanidad exquisita para hacer alquimia con ellas y trocarlas en un escudo contra la marea que implica ser mujer, ya sea en oriente u occidente. Ahora que está tan de moda la resiliencia, puedo decir con toda sinceridad que no he visto otro libro más honesto y, además, perfectamente escrito, que éste en cuestión de resiliencias. Gracias, Coelho, Osho et. al., yo me quedo en la Estación Banana y reafirmo mi teoría de que son las grandes obras literarias las que limpian el escombro que a veces guardamos en el corazón.

Los cinco cuentos que conforman este tejido de resiliencia y fonemas perfectamente embonados (no importa que estemos leyendo una traducción directa, la esencia poderosa de su autora es tal, que la traducción de Gabriel Álvarez Martínez, más que un puente, funge como vaso conductor de la vibración bananesca —y lo digo con mucho cariño antes que con burla, en verdad— y nos resuena en el oído, en la dermis y en el corazón) nos narran sucesos cotidianos cuyas autoras deciden tomarlos con una fuerza inconmensurable y un amor infinitos. A la vida, al destino, a ellas mismas.

En «La casa de los fantasmas», una chica de clase media alta, Secchan, nos cuenta cómo, a pesar de tener los cimientos perfectos para la vida armoniosa y tranquila que tanto persiguen los japoneses, es mejor a veces ceder un poco al tiempo para que la chispa del milagro ocurra. Secchan, hija de los dueños de un restaurante que vende comida occidental (con elementos clásicos de la cultura japonesa, claro está), comienza una relación amistosa con Iwakura, quien es el hijo único de un matrimonio bien avenido gracias a su éxito indudable como fabricantes y vendedores de los dulces más deliciosos de su ciudad. A diferencia de Secchan, que sueña con quedarse al mando del restaurante de sus padres cuando éstos envejezcan o falten, Iwakura desea formar su personalidad más allá de los lindes de su bondad natural, que él atribuye a su condición de hijo privilegiado. El amor en estos dos personajes llega de puntitas, como sin siquiera proponérselo y como sabiendo que se desarrolla en medio de un piso habitado anteriormente por una pareja de ancianos que ahora se aparece bajo la forma de lo fantasmal, y arremete contra ellos con una fuerza erótica implacable que, sin embargo, habrá de conocer el valor de la espera. En este cuento, como en los otros, priman las descripciones magníficas, casi de ensueño, que Yoshimoto hace del paisaje del otoño tardío y del invierno. Es un cuento simple, con final simple, pero cargado de poesía llana y sin mucho garigoleo; podríamos aseverar, tal vez, que éste es el cuento más poético de los cinco, un homenaje discreto pero poderoso a la tradición lírica japonesa.




«La luz que hay dentro de las personas», cuento donde emerge la sentencia tímida pero arrolladora de la autora al autodefinirse, sin querer tal vez, como un río, es uno de los dos cuentos más cortos. A pesar de que no existe una conexión bien lograda entre el tema con el que arranca (el río, el confluir de las personas, París) con lo que sucede después, es un texto que merece la pena ser degustado. El río al que se refiere su protagonista, una mujer solitaria que vive de observar, implacable e imparcialmente, el mundo de las personas para después verterlo en las historias que escribe, rápidamente pasa a ser un pretexto para hablar de la luz que siempre aparece en los textos consagrados, sea para aluzar al protagonista, sea para acabarlo de hundir. Y justamente es esa reflexión lo que le permite «recordar» (cuando en realidad es un mero pretexto para hablar de lo que verdaderamente le importa a su interior) a su único amigo de la infancia, Makoto. Con extraordinaria sencillez y espiritualidad, Yoshimoto despliega un personaje cálido, tierno, elevado, cándido. Makoto es un niño diferente desde las circunstancias de su nacimiento y conserva ese halo de distinción con su proceder y su pensar. Es el cuento más triste de todos, me parece a mí, pero que al mismo tiempo te permite conservar la pureza que muchos buscan en el budismo. Eso es, es un texto puro, como una burbuja de jabón perfumada de una música muy apacible. De modo que el final, aunque desgarrador, no logra sobreponerse al encuentro con la gracia perfecta de las enseñanzas de Makoto.

«La felicidad de Tomo-Chan», es, sin duda alguna, el texto más occidentalizado de los cinco. Es el único cuento hablado en tercera persona y es una maravilla que ilustra lo que en literatura se llama la batalla del personaje con su autor, poniendo muy en claro que será Banana la victoriosa en este duelo sin espada, pues a Tomo-Chan no le deja opción alguna de levantarse y cambiar el curso del destino o mover un ápice los hilos que su creadora ha diseñado expresamente para ella. La protagonista, una mujer sencilla y bastante ordinaria que ha vivido situaciones de regular tristeza y extraordinaria atrocidad, está enamorada de Misawa desde hace dos años y nunca se lo ha dicho. Quizá porque él no la hacía en su mundo, ni siquiera cuando coincidían en el comedor del edificio donde ambos trabajaban, quizá porque él tenía novia y a Tomo-Chan no le gustaría quitarle a otra lo que es suyo, quizá porque fue violada cuando era adolescente, o quizá porque es tan simple que llora con la canción Puff, The Magic Dragon. O quizá por todo lo anterior. El caso es que ahora ha sido invitada por Misawa a comer. Las expectativas son hermosas y grandes. Las sorpresas de su autora, también. Éste es el cuento donde Yoshimoto saca el filo de su espada (o sus garras afiladas, al final de cuentas, para occidente ella es una Leo) y araña a su lector con una frialdad que dan ganas de proteger a Tomo-Chan. No obstante, la capacidad de Yoshimoto de darle la vuelta de tuerca en el punto menos esperado (y no estamos hablando de la construcción narrativa, sino del aspecto emocional) y convertir el texto en una bandera al empoderamiento (que, por cierto, aún no era tan multicitado en la época en que fue escrito, el año 2003) que arropa a cualquier mujer por igual, seas o no la más hermosa, la más virtuosa o la más suertuda.

En su cuento «Recuerdos de un callejón sin salida», Yoshimoto se atreve a hablar, por fin, del tema más material, moldeable, dúctil, concreto y duro para una mujer: la desilusión amorosa. Es la historia de Mimi-Chan, una mujer de lindes marinos, de una ingenuidad magnífica gracias a la protección familiar recibida, que acaba de romper con la ilusión de la casa feliz que muchas mujeres se crean con el amor de juventud. Takanashi, su prometido, no ha dado señales de vida durante todo el verano, desde que se mudó a otra ciudad a trabajar en la matriz de la empresa donde labora. Luego, el quebranto, la realidad a secas, el tosco borrón de la ilusión creada. Una nueva ciudad que la abrazará temporalmente hasta que ella logre sanar su herida. El bar a punto de cerrar, propiedad de su tío materno. Una vida ajena a la que vivía antes de la ruptura. El encuentro con Nishiyama, el otrora niño encerrado por su padre, un literato extravagante y absorto en su mundo de ideas que lo tuvo a raya en su cuarto tras la muerte de su esposa, casi muerto de hambre, y que ahora se ha convertido en un pájaro libre que le regalará algo más que compañía y pláticas bajo los árboles que ceden a la melodía del otoño a una Mimi-Chan que ha sido forzada a adentrarse nuevamente en una oruga de emergencia.

Sin embargo, la obra maestra llega con el cuento «¡Mamáaa!» Es el más desgarrador y el más resiliente de todos. Cuenta la historia de Matzuoka, una mujer reservada al punto de la extrema contención que se dedica con vehemencia al trabajo editorial. La vida sin matices, pero fuerte, en su sentido de solidez, se ve turbada cuando un día, Yamazoe, un antiguo compañero de trabajo que fue despedido por lo que él considera fueron causas injustificadas, envenena uno de los platillos que el comedor de la editorial ofrecía ese día y que, para mala suerte (aparentemente), degusta Matzuoka. Los días siguientes a una recuperación que frente a los ojos de los demás se antojaba casi milagrosa fueron días de languidez física y tumulto emocional: Matzuoka, que tras el envenenamiento quedó mal de su hígado, poco a poco va cayendo en una espiral interior que la lleva a reconocer el veneno de raíz que le está impidiendo sanar. La escena es, verdaderamente, desgarradora. Es el cuento más sublime y más siniestro por cuanto puede llegar a tocar las fibras más sensibles de nuestros venenos ocultos, adormecidos, como la semidormida Matzuoka, que deambulaba por la vida con una languidez y una grisura que le impedía conocer la intensidad de los colores del amor y la tristeza. La cosa podría terminar mal para uno como lector de no ser porque Yoshimoto ya tiene listos los curitas, la pomada y los mimos que llegan como regalo celestial en el momento menos esperado. Es un cuento que sana, que alivia, que exorciza demonios y llama dulcemente a los pequeños (o grandes) dioses de la vida a reintegrarse con uno.

Algo que llama la atención es la constante mención del otoño y los cielos claros a lo largo de este libro. Como si de un vehículo purificador se tratara, la autora los intercala con la gracia de una doctora oriental, una poeta mística y una madre universal. Es el símil del paraíso real que se construye, no se inventa ni se descubre, tras el paso de la experiencia que dan los años, los suficientes para dejar de ser niño (más no ingenuo, nótese el símbolo constante del candor que inunda las páginas de esta obra cada vez que son nombrados Nobita Nobi y Doraemon, los personajes predilectos, al parecer, de la infancia japonesa de la segunda mitad del siglo XX) pero sin llegar a ser un anciano.

También habría que mencionar la composición perfecta que Yoshimoto hace de sus obras, especialmente en la construcción de escenas en las que aparentemente no pasa nada, salvo la estructuración de la química dual entre un hombre y una mujer. Puesto que son todas mujeres sus protagonistas y sus voces, la inclusión del género masculino no viene como parte de una utilería, sino como elemento de crecimiento espiritual, intelectual, creativo y emocional, sea por la huella dolorosa que éstos dejan en ellas, sea por su posición de guías, de gurús, de amantes o de razones para sobrevivir…

Porque este es un manual para la supervivencia que se da después de que decimos que se ha sobrevivido a todo.

Me resultó extraño, honestamente, que en su epílogo, Banana se disculpara por haber escrito cosas tan tristes. La primera vez que leí esto, pensé que yo estaba en una frecuencia, o bien depresiva, o bien algo frívola, al sentir sus cuentos como bálsamos que actuaron en consecuencia con mis fantasmas y preocupaciones del momento. Sin embargo, al releer el párrafo y continuar leyendo los siguientes, comprendí que ella misma entendió el valor de su obra, justamente, el de ser un libro purificador. Pero otra vez el río de Yoshimoto nos ha querido engañar, sin querer ser mala o traviesa, más bien por cuestiones de una profunda humildad.
Recuerdos de un callejón sin salida es, por mucho, una obra maestra. Leerla ha sido uno de los regalos más bonitos que me ha dado la vida.

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Recuerdos de un callejón sin salida. Banana Yoshimoto. Tusquets Editores México, colección Andanzas (1ª Ed. 2012; 1ª reimpresión, mayo de 2016). 212 págs. (También se encuentra en edición de bolsillo en la colección Maxi Tusquets.)



jueves, 15 de marzo de 2018

La Habana para un infante difunto, de Guillermo Cabrera Infante





La Habana para un infante difunto
de Guillermo Cabrera Infante

Jesús Guerra

La Habana para un infante difunto es uno de los libros más importantes de uno de mis autores preferidos, el cubano nacionalizado británico Guillermo Cabrera Infante (nacido en Cuba en 1929 y fallecido en Londres en 2005). Perteneció, o se le asoció al famoso Boom literario latinoamericano, pero él siempre lo negó, decía que no era más que una etiqueta mercadotécnica creada por los editores para vender más libros y que los autores de ese supuesto movimiento tenían poco que ver entre sí en términos temáticos y estilísticos. Y su obra es una muestra de ello.

Esta obra se publicó con la etiqueta de novela, aunque evidentemente es una parte de sus memorias. Así que podemos considerarla una novela autobiográfica, y como no podemos estar nunca al cien por ciento seguros de qué tanto de lo narrado son recuerdos de acontecimientos reales y qué tanto es invención, mejoramiento, embellecimiento o dramatización, es decir ficción, podemos leerlas como queramos. Pero si tenemos información sobre su vida tenderemos, creo yo, a leer esta obra como un libro de memorias, y así es como la he leído yo.

Quienes han leído a Cabrera Infante conocen y reconocen su estilo literario, el cuel está repleto de juegos de palabras (a veces incluso mezclando idiomas), y figuras retóricas como el retruécano, la paronomasia y el hipérbaton, es decir alteraciones sintácticas para que sus juegos de palabras funcionen mejor, y todo esto citando constantemente títulos de obras literarias, musicales y cinematográficas, mostrando no sólo su enorme cultura sino su espléndido sentido del humor. Estas características de la escritura de Cabrera Infante, si bien la hacen muy divertida, puede resultar, también, cansada luego de muchas páginas, pero la solución no es dejar de leer el libro sino, simplemente, dejarlo descansar un rato. Puede uno leer alguna otra cosa y al cabo de uno o varios días, retomar el libro, que volverá a ser fresco y divertido.




Esto lo menciono sobre todo porque La Habana para un infante difunto tiene alrededor de 600 páginas. No traten de leerla como una novela de misterio: dejen reposar el libro de vez en cuando y dense un respiro ustedes. Verán, sin embargo, que se trata de una obra fascinante, casi hipnótica.

Su estilo es evidente desde el título: La Habana para un infante difunto es un juego de palabras intertextual, como dicen los académicos, que hace referencia a la pieza del músico francés Maurice Ravel Pavana para una infanta difunta.  La traducción al francés apareció con este mismo título, obviamente traducido, pues el juego de palabras funciona también en esa lengua. Pero la traducción al inglés apareció con el título Infante's Inferno, pues se parece al título que de la parte de «Infierno» de la Divina Comedia, de Dante, se vende en los países de lengua inglesa, en donde se puede comprar esa obra en sus tres partes independientes, y el «Infierno» de Dante (el Infierno de Infante) es la más leída de las tres, por ser la primera. Y si menciono este detalle de las traducciones, sobre todo la del inglés, se debe a que es bien sabido que Cabrera Infante trabajaba muy de cerca con su traductora al inglés, o más bien colaboraba con la reescritura del libro en inglés.

La Habana para un infante difunto comienza con los primeros recuerdos del personaje-narrador a su llegada a la capital de Cuba, alrededor de los 11 o 12 años. Cabrera Infante nació en un pueblo llamado Gibara, así que la ciudad y sus luces lo deslumbraron, el Malecón, los tranvías, los autos, los cafés y, por supuesto, sus cines. Al parecer en esa época, y hasta fines de los años 50, la relación entre el número de habitantes de La Habana y su número de salas cinematográficas hacían de la capital cubana la ciudad de Latinoamérica con más cines. ¡Y era la época dorada del cine!




Sin embargo, los padres del narrador eran pobres, así que la familia (compuesta por el padre, la madre, el narrador y su hermano menor) vivieron varios años en un solar. Un solar, en Cuba, era o es, quizá, un edificio con cuartos, no departamentos pequeños sino cuartos, en donde pueden vivir una o varias personas por cuarto, y tanto la cocina como los baños son comunes. Y todavía, a veces, al cuarto de la familia del narrador llegaban familiares o amigos del pueblo y se quedaban con ellos un tiempo. El narrador creció, entonces, en el centro de la ciudad, que aprendió a recorrer, a pie y en autobús, de un lado a otro.

Nos cuenta también de sus amigos, algunos de los cuales son personalidades de la cultura y de la política cubana del siglo XX. De las escuelas, de los eventos culturales a los que asistía (y a los que muchas veces su madre lo acompañaba) y nos habla de las mujeres que le gustaban. En un inicio, cuando él era aún un adolescente, este «museo de mujeres» —como él mismo definió esta obra suya alguna vez—, es más bien una galería de jovencitas que le gustaban y sus infantiles fantasías. Es decir, nos narra sus primeras relaciones con el sexo opuesto, que en ese caso era sobre todo la curiosidad sobre las mujeres del solar en el que vivía junto con su familia, y sus primeras visiones del cuerpo femenino al desnudo, sus primeros actos como voyeur, que habrían de ejercer una influencia enorme en sus gustos y en su amor por el cine. En algún momento el libro pasa a ser una especie de catálogo de rechazos o de imposibilidades, como una historia de Don Juan al revés...

El propósito fundamental del libro, según lo manifiesta el narrador, es hablar de sus relaciones con las mujeres. Su educación sentimental. Sin embargo, el autor no puede evitar, puesto que en la vida y en la memoria todo está conectado, contarnos otras cosas, y sobresalen tres temas evidentes: su familia y su vida familiar, la ciudad de La Habana y el cine.




El cine es inevitable debido a la pasión sentía Cabrera Infante por él, y en alguna parte de este libro llega el momento en que el personaje central y narrador, es decir el autor mismo del libro si leemos esta obra como una parte de sus memorias, es ya crítico de cine de la revista Carteles. De hecho, Cabrera Infante llegó a ser el crítico de cine más leído de La Habana en su momento, y quizá uno de los más originales que han existido en nuestra lengua. Sin embargo, no nos cuenta cómo llegó a trabajar en Carteles ni por qué, y es que el hilo narrativo no es su propia vida, sino las mujeres de su vida.

Durante la primera etapa de sus intentos de relaciones con las mujeres la constante era la torpeza de su parte, el fracaso y el rechazo. El anti-Don Juan. Pero con la experiencia y la edad llegaron las primeras novias y sus primeras relaciones serias. Hay un apartado muy interesante en que establece una relación entre sus ídas al cine y sus intentos por abordar chicas en esos lugares. Después las cosas se tornan más serias, lo que no quiere decir que las narre sin humor. El humor es una constante. Pero sus relaciones amorosas no son necesaria ni particularmente originales (a no ser, por supuesto, de que sucedían en La Habana de los años 50). Lo verdaderamente importante es la manera en que el autor escribe acerca de ellas. Su estilo. Así, escenas que no tienen un verdadero valor anecdótico, se vuelven páginas estupendas gracias al talento, a la inteligencia, al sentido del humor y al impresionante manejo del lenguaje de Cabrera Infante.

Si les interesa saber sobre cómo era y cómo se vivía en La Habana de los años 50, La Habana anterior a la revolución, esa ciudad que se ha ido convirtiendo en mítica con el paso de los años, este libro es una lectura obligada. Para Cabrera Infante era el centro del universo. Era su fascinación. Fue joven en esa ciudad. Ahí estaba su familia, estaban sus amistades, estaban sus amores, estaba su trabajo. En una de las páginas finales del libro, una mujer, actriz de televisión, con la que tenía una intensa relación amorosa pero que estaba sólo de vacaciones en La Habana pues años antes se había ido a vivir a Venezuela, en donde tenía su casa y su vida, lo invitó a que se fuera con ella a Caracas. El narrador prefirió perder a esa mujer a perder su ciudad. Él le contestó que no pensaba dejar de vivir en La Habana, nunca. Nunca...




Por supuesto, el personaje, el narrador, el autor, no podía saber en ese momento qué cerca estaba de tener que irse de su ciudad y de su país, y que eso sería para siempre, debido a los problemas que tendría después con el gobierno revolucionario. Pero eso ya no está narrado en ese libro, sino en Mapa dibujado por un espía. En este libro que ahora les comento, tampoco aparece su segunda esposa, la actriz cubana Miriam Gómez, con quien se exilió en Londres y fue, a parir de que se casaron, a inicios de los años 60, su compañera de toda la vida.

Sí está, en cambio, su primera esposa, pero como esfumada. No nos dice (y esta ausencia es notable) cuándo y cómo la conoció, ni por qué se casó con ella, pues aparentemente nunca se quisieron realmente, o en todo caso, él no la amó de verdad. A partir de un cierto momento en el libro, el narrador ya está casado y su esposa está embarazada, y lo que el narrador nos cuenta son las relaciones que tuvo con otras mujeres en ese tiempo. La Habana, las mujeres y el cine, tres pasiones que a veces se mezclaban en una visión alucinada, por lo menos en el recuerdo, como nos lo demuestra el final de esta obra y como nos lo demuestra, también, en algunos episodios, Tres Tristes Tigres.

De las ediciones de La Habana para un infante difunto de los últimos 20 años, se puede conseguir aún, sobre todo en librerías de viejo, la del Club Internacional del Libro y la Universidad de Alcalá, de 1998; y la reedición de Seix Barral del año 2005. Pero comparando estas dos ediciones encontré que a la edición de 1998 le falta un capítulo que sí está en la del 2005. No he podido conseguir el primer tomo de sus Obras Completas, editadas por Galaxia Gutenberg, compuesto por Tres Tristes Tigres y este libro, llamado Habanidades, para saber qué posibles cambios tiene esta nueva edición, que se supone es la definitiva. Pero la verdad no importa la edición que consigan, lean esta obra, se los recomiendo muchísimo, es hipnótica y fascinante.




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La Habana para un infante difunto. Guillermo Cabrera Infante. Hay varias ediciones, la del Club Internacional del Libro, la de Seix Barral y la de las Obras Completas de este autor que publica Galaxia Gutenberg, en el primer tomo. Dependiendo de la edición es el número de páginas, pero tiene alrededor de 600.

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