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jueves, 15 de marzo de 2018

La Habana para un infante difunto, de Guillermo Cabrera Infante





La Habana para un infante difunto
de Guillermo Cabrera Infante

Jesús Guerra

La Habana para un infante difunto es uno de los libros más importantes de uno de mis autores preferidos, el cubano nacionalizado británico Guillermo Cabrera Infante (nacido en Cuba en 1929 y fallecido en Londres en 2005). Perteneció, o se le asoció al famoso Boom literario latinoamericano, pero él siempre lo negó, decía que no era más que una etiqueta mercadotécnica creada por los editores para vender más libros y que los autores de ese supuesto movimiento tenían poco que ver entre sí en términos temáticos y estilísticos. Y su obra es una muestra de ello.

Esta obra se publicó con la etiqueta de novela, aunque evidentemente es una parte de sus memorias. Así que podemos considerarla una novela autobiográfica, y como no podemos estar nunca al cien por ciento seguros de qué tanto de lo narrado son recuerdos de acontecimientos reales y qué tanto es invención, mejoramiento, embellecimiento o dramatización, es decir ficción, podemos leerlas como queramos. Pero si tenemos información sobre su vida tenderemos, creo yo, a leer esta obra como un libro de memorias, y así es como la he leído yo.

Quienes han leído a Cabrera Infante conocen y reconocen su estilo literario, el cuel está repleto de juegos de palabras (a veces incluso mezclando idiomas), y figuras retóricas como el retruécano, la paronomasia y el hipérbaton, es decir alteraciones sintácticas para que sus juegos de palabras funcionen mejor, y todo esto citando constantemente títulos de obras literarias, musicales y cinematográficas, mostrando no sólo su enorme cultura sino su espléndido sentido del humor. Estas características de la escritura de Cabrera Infante, si bien la hacen muy divertida, puede resultar, también, cansada luego de muchas páginas, pero la solución no es dejar de leer el libro sino, simplemente, dejarlo descansar un rato. Puede uno leer alguna otra cosa y al cabo de uno o varios días, retomar el libro, que volverá a ser fresco y divertido.




Esto lo menciono sobre todo porque La Habana para un infante difunto tiene alrededor de 600 páginas. No traten de leerla como una novela de misterio: dejen reposar el libro de vez en cuando y dense un respiro ustedes. Verán, sin embargo, que se trata de una obra fascinante, casi hipnótica.

Su estilo es evidente desde el título: La Habana para un infante difunto es un juego de palabras intertextual, como dicen los académicos, que hace referencia a la pieza del músico francés Maurice Ravel Pavana para una infanta difunta.  La traducción al francés apareció con este mismo título, obviamente traducido, pues el juego de palabras funciona también en esa lengua. Pero la traducción al inglés apareció con el título Infante's Inferno, pues se parece al título que de la parte de «Infierno» de la Divina Comedia, de Dante, se vende en los países de lengua inglesa, en donde se puede comprar esa obra en sus tres partes independientes, y el «Infierno» de Dante (el Infierno de Infante) es la más leída de las tres, por ser la primera. Y si menciono este detalle de las traducciones, sobre todo la del inglés, se debe a que es bien sabido que Cabrera Infante trabajaba muy de cerca con su traductora al inglés, o más bien colaboraba con la reescritura del libro en inglés.

La Habana para un infante difunto comienza con los primeros recuerdos del personaje-narrador a su llegada a la capital de Cuba, alrededor de los 11 o 12 años. Cabrera Infante nació en un pueblo llamado Gibara, así que la ciudad y sus luces lo deslumbraron, el Malecón, los tranvías, los autos, los cafés y, por supuesto, sus cines. Al parecer en esa época, y hasta fines de los años 50, la relación entre el número de habitantes de La Habana y su número de salas cinematográficas hacían de la capital cubana la ciudad de Latinoamérica con más cines. ¡Y era la época dorada del cine!




Sin embargo, los padres del narrador eran pobres, así que la familia (compuesta por el padre, la madre, el narrador y su hermano menor) vivieron varios años en un solar. Un solar, en Cuba, era o es, quizá, un edificio con cuartos, no departamentos pequeños sino cuartos, en donde pueden vivir una o varias personas por cuarto, y tanto la cocina como los baños son comunes. Y todavía, a veces, al cuarto de la familia del narrador llegaban familiares o amigos del pueblo y se quedaban con ellos un tiempo. El narrador creció, entonces, en el centro de la ciudad, que aprendió a recorrer, a pie y en autobús, de un lado a otro.

Nos cuenta también de sus amigos, algunos de los cuales son personalidades de la cultura y de la política cubana del siglo XX. De las escuelas, de los eventos culturales a los que asistía (y a los que muchas veces su madre lo acompañaba) y nos habla de las mujeres que le gustaban. En un inicio, cuando él era aún un adolescente, este «museo de mujeres» —como él mismo definió esta obra suya alguna vez—, es más bien una galería de jovencitas que le gustaban y sus infantiles fantasías. Es decir, nos narra sus primeras relaciones con el sexo opuesto, que en ese caso era sobre todo la curiosidad sobre las mujeres del solar en el que vivía junto con su familia, y sus primeras visiones del cuerpo femenino al desnudo, sus primeros actos como voyeur, que habrían de ejercer una influencia enorme en sus gustos y en su amor por el cine. En algún momento el libro pasa a ser una especie de catálogo de rechazos o de imposibilidades, como una historia de Don Juan al revés...

El propósito fundamental del libro, según lo manifiesta el narrador, es hablar de sus relaciones con las mujeres. Su educación sentimental. Sin embargo, el autor no puede evitar, puesto que en la vida y en la memoria todo está conectado, contarnos otras cosas, y sobresalen tres temas evidentes: su familia y su vida familiar, la ciudad de La Habana y el cine.




El cine es inevitable debido a la pasión sentía Cabrera Infante por él, y en alguna parte de este libro llega el momento en que el personaje central y narrador, es decir el autor mismo del libro si leemos esta obra como una parte de sus memorias, es ya crítico de cine de la revista Carteles. De hecho, Cabrera Infante llegó a ser el crítico de cine más leído de La Habana en su momento, y quizá uno de los más originales que han existido en nuestra lengua. Sin embargo, no nos cuenta cómo llegó a trabajar en Carteles ni por qué, y es que el hilo narrativo no es su propia vida, sino las mujeres de su vida.

Durante la primera etapa de sus intentos de relaciones con las mujeres la constante era la torpeza de su parte, el fracaso y el rechazo. El anti-Don Juan. Pero con la experiencia y la edad llegaron las primeras novias y sus primeras relaciones serias. Hay un apartado muy interesante en que establece una relación entre sus ídas al cine y sus intentos por abordar chicas en esos lugares. Después las cosas se tornan más serias, lo que no quiere decir que las narre sin humor. El humor es una constante. Pero sus relaciones amorosas no son necesaria ni particularmente originales (a no ser, por supuesto, de que sucedían en La Habana de los años 50). Lo verdaderamente importante es la manera en que el autor escribe acerca de ellas. Su estilo. Así, escenas que no tienen un verdadero valor anecdótico, se vuelven páginas estupendas gracias al talento, a la inteligencia, al sentido del humor y al impresionante manejo del lenguaje de Cabrera Infante.

Si les interesa saber sobre cómo era y cómo se vivía en La Habana de los años 50, La Habana anterior a la revolución, esa ciudad que se ha ido convirtiendo en mítica con el paso de los años, este libro es una lectura obligada. Para Cabrera Infante era el centro del universo. Era su fascinación. Fue joven en esa ciudad. Ahí estaba su familia, estaban sus amistades, estaban sus amores, estaba su trabajo. En una de las páginas finales del libro, una mujer, actriz de televisión, con la que tenía una intensa relación amorosa pero que estaba sólo de vacaciones en La Habana pues años antes se había ido a vivir a Venezuela, en donde tenía su casa y su vida, lo invitó a que se fuera con ella a Caracas. El narrador prefirió perder a esa mujer a perder su ciudad. Él le contestó que no pensaba dejar de vivir en La Habana, nunca. Nunca...




Por supuesto, el personaje, el narrador, el autor, no podía saber en ese momento qué cerca estaba de tener que irse de su ciudad y de su país, y que eso sería para siempre, debido a los problemas que tendría después con el gobierno revolucionario. Pero eso ya no está narrado en ese libro, sino en Mapa dibujado por un espía. En este libro que ahora les comento, tampoco aparece su segunda esposa, la actriz cubana Miriam Gómez, con quien se exilió en Londres y fue, a parir de que se casaron, a inicios de los años 60, su compañera de toda la vida.

Sí está, en cambio, su primera esposa, pero como esfumada. No nos dice (y esta ausencia es notable) cuándo y cómo la conoció, ni por qué se casó con ella, pues aparentemente nunca se quisieron realmente, o en todo caso, él no la amó de verdad. A partir de un cierto momento en el libro, el narrador ya está casado y su esposa está embarazada, y lo que el narrador nos cuenta son las relaciones que tuvo con otras mujeres en ese tiempo. La Habana, las mujeres y el cine, tres pasiones que a veces se mezclaban en una visión alucinada, por lo menos en el recuerdo, como nos lo demuestra el final de esta obra y como nos lo demuestra, también, en algunos episodios, Tres Tristes Tigres.

De las ediciones de La Habana para un infante difunto de los últimos 20 años, se puede conseguir aún, sobre todo en librerías de viejo, la del Club Internacional del Libro y la Universidad de Alcalá, de 1998; y la reedición de Seix Barral del año 2005. Pero comparando estas dos ediciones encontré que a la edición de 1998 le falta un capítulo que sí está en la del 2005. No he podido conseguir el primer tomo de sus Obras Completas, editadas por Galaxia Gutenberg, compuesto por Tres Tristes Tigres y este libro, llamado Habanidades, para saber qué posibles cambios tiene esta nueva edición, que se supone es la definitiva. Pero la verdad no importa la edición que consigan, lean esta obra, se los recomiendo muchísimo, es hipnótica y fascinante.




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La Habana para un infante difunto. Guillermo Cabrera Infante. Hay varias ediciones, la del Club Internacional del Libro, la de Seix Barral y la de las Obras Completas de este autor que publica Galaxia Gutenberg, en el primer tomo. Dependiendo de la edición es el número de páginas, pero tiene alrededor de 600.

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Les pueden interesar mis comentarios sobre otros libros de este autor:

En este mismo blog


Y en el blog Revista Tu Red:






sábado, 10 de febrero de 2018

Regreso a Ítaca (libro), de Leonardo Padura






Regreso a Ítaca
[libro]
de Leonardo Padura y Laurent Cantet

Jesús Guerra

Quienes han leído mis reseñas, aquí y/o en el blog Lecturas Tu Red saben muy bien que uno de mis autores preferidos es el cubano Leonardo Padura, quien nació en La Habana el 9 de octubre de 1955. Un escritor que destaca como novelista, pero que también es cuentista y guionista de cine, además de periodista. De sus libros he comentado algunas de sus novelas (las ligas están al término de esta entrada) y de las películas basadas en sus guiones comenté aquí mismo Cuatro estaciones en La Habana (miniserie de cuatro capítulos, dirigida por el español Félix Viscarret), y Regreso a Ítaca (dirigida por el francés Laurent Cantet).

Lo que hoy comento es el libro Regreso a Ítaca, escrito por Leonardo Padura, con la colaboración del director de cine francés Laurent Cantet y de la esposa de Padura, Lucía López Coll, el cual fundamentalmente es el guión literario de la película del mismo nombre. Pero no sólo contiene el guión literario (y al decir guión literario me refiero a que está escrito como narración, sin cuestiones técnicas), sino que incluye también una suerte de prólogo escrito por el realizador francés llamado «Rodar en Ítaca» (que comienza con una pregunta más o menos obvia —¿Por qué rodar en Cuba?—, a la cual el realizador da algunas explicaciones sumamente interesantes); el guión literario, que es el texto más extenso del libro; una tercera parte llamada «Todos los caminos conducen a Ítaca», en la que Leonardo Padura narra cómo y por qué se escribió y se filmó esta película; una cuarta parte llamada «Vuelta a Ítaca», que es un primer guión de esta historia, pero para cortometraje, que fue el primer intento de filmación de este argumento, y la quinta parte se llama «La novela de mi vida», que contiene fragmentos de esa novela de Padura que está en la base del argumento de esta película. Para que este libro sea más cinematográfico, en lugar de en Partes el libro está dividido en Secuencias.

No comentaré aquí el argumento del guión pues ya lo hice al reseñar la película (que pueden leer aquí). El resto del material del libro lo que nos cuenta es la historia que está detrás de la película. Resulta que Laurent Cantet, el realizador, leyó la traducción al francés del libro La novela de mi vida, de Padura, y le encantó. Y en esa novela hay algunas escenas que son la idea básica de la película que luego filmaría. Cuando a Cantet lo invitaron a colaborar en una película llamada Siete días en La Habana, compuesta por siete historias cortas, dirigida cada una por un realizador diferente, y en la que Padura escribiría algunos de los guiones, la idea le pareció estupenda, no sólo por rodar en el extranjero sino para poder trabajar con Padura.

Cantet y Padura hablaron de esa idea del director, basada en la novela del escritor, y Padura le escribió el guión para el corto (guion que, como apunté, viene también en el libro), y Cantet hizo una prueba con actores cubanos. Pero al ver los resultados, decidió que ese argumento funcionaría mejor para un largometraje, y le encargó el guion al mismo Padura, es decir, había que extender el guión del cortometraje, desarrollar más la historia y los personajes. Así, el guión del corto no formó parte, finalmente, de las historias de Siete días en La Habana (en la que varios de los guiones son de Padura y en la Cantet dirigió una de las historias) pero se convirtió en un largometraje por derecho propio.

Vale la pena apuntar que tanto Regreso a Ítaca como Siete días en La Habana pueden ser vistas en YouTube.

Cantet, cineasta francés, gracias a la novela original de Leonardo Padura, y al guión a cuatro manos escrito por él y el escritor cubano, dirigió una película —producida por compañías de Bélgica y Francia— cien por ciento cubana, escrita en cubano, actuada por cubanos y filmada en La Habana. Si el proyecto no hubiera sido financiado por compañías europeas y dirigida por un realizador europeo es muy posible que no se hubiera podido rodar pues el guion, ya lo verán ustedes, es muy crítico al régimen cubano. Para cerrar el círculo, había que exhibir la película en Cuba. Y aunque hubo algunos intentos por sabotear la proyección por parte de instituciones oficiales, finalmente fue exhibida en La Habana como parte de una semana de cine francés.

La verdad, recomiendo muchísimo ver la película, pero también leer este libro que, por cierto, se deja leer rapidísimo pues es estupendo y tiene mucha información de sumo interés, por lo menos para los cinéfilos y para los admiradores de Padura y de Cantet.

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Regreso a Ítaca. Leonardo Padura y Laurent Cantet. Tusquets Editores, colección Andanzas. 1a ed. Tusquets España, abril 2016; 1a ed. Tusquets México, julio 2016. 202 págs.

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Te puede interesar leer mis reseñas de:


 Película Regreso a Ítaca


Mis reseñas de algunos de los libros de Padura (en el blog LecturasTu Red):
















sábado, 25 de marzo de 2017

Mapa dibujado por un espía, de Guillermo Cabrera Infante




Mapa dibujado por un espía
de Guillermo Cabrera Infante

Jesús Guerra

Uno de mis escritores favoritos es Guillermo Cabrera Infante, importantísimo autor de la lengua española, en general, y de la cubana, en particular, quien para estas fechas ya ha adquirido la categoría de clásico (he comentado dos de sus libros en el blog Lecturas Tu Red: la novela La ninfa inconstante, publicada póstumamente, en el año 2008, por Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, y su libro de cuentos Así en la paz como en la guerra, publicado originalmente en La Habana en 1960, y del cual existen ahora ediciones en diversas editoriales).

Una ficha biográfica estándar, corta, sobre Cabrera Infante diría algo así (de hecho, lo dice, al final del comentario de La ninfa inconstante): «Guillermo Cabrera infante nació en Gibara, Cuba, el 22 de abril de 1929 y falleció en Londres el 21 de febrero de 2005. En 1954 comenzó a ejercer como crítico de cine en la revista Carteles con el seudónimo G. Caín. Fue fundador y director de la revista literaria Lunes de Revolución hasta su cierre, en 1961. En 1962 fue nombrado agregado cultural de la embajada cubana en Bélgica. En 1965 renunció a la diplomacia y se exilió en Europa. Desde 1966 vivió en Londres junto a su esposa Miriam Gómez. En 1997 se le otorgó el Premio Cervantes.» Esa ficha es correcta, pero, por supuesto, deja fuera, necesariamente, todo lo interesante. Dejaremos para otro momento el motivo por el que firmaba como G. Caín sus reseñas de cine, y por qué cerró la revista Lunes de Revolución, y por qué lo mandaron como diplomático a la embajada de Cuba en Bélgica. Vamos a hablar de lo que sucedió un poco antes de que Cabrera Infante renunciara, y el motivo por el que lo hizo, a la embajada y se exilió en Europa junto con su mujer, Miriam Gómez, y podemos hacerlo porque él mismo lo escribió en su libro Mapa dibujado por un espía, publicado póstumamente en el año 2013 por Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores.

Pero antes me remonto a la historia del libro mismo. Cuando Cabrera Infante murió, en el año 2005, en Londres, en donde vivió casi cuarenta años, su viuda quedó en posesión de tres libros inéditos de su marido. Dos de ellos estaban prácticamente terminados, según sus editores, la novela La ninfa inconstante; el libro de memorias Cuerpos divinos (publicado en 2010), que es la continuación directa de su libro de memorias noveladas La Habana para un infante difunto, publicado tres décadas antes, en 1979, y el libro de memorias Mapa dibujado por un espía, al cual, si bien estaba terminado en cuanto al contenido, le faltaba por lo menos una pasada del autor para afinar el estilo y quizá eliminar algunos pasajes poco importantes. Sin embargo, como el autor ya no podía realizar esa tarea, los editores decidieron publicarlo como estaba, con la debida autorización de Miriam Gómez, y debo decir que incluso así, el libro es fascinante.

Es un libro de memorias centrado en lo sucedido en cuatro meses de su vida. Cabrera Infante fue enviado a la embajada de Cuba en Bélgica en 1962, y allá estuvo tres años. En 1965 recibió una llamada en la que le avisaron que su madre estaba muy enferma. Cabrera Infante dejó a su esposa en la embajada y tomó un avión a Cuba con una escala en otra ciudad europea. Para cuando llegó a La Habana su madre ya había muerto. Asistió al sepelio. Descansó en la casa de sus padres. Vio a amigos. Vio a personas de relaciones Exteriores. Todo era normal. Unos días después le entregaron sus pasajes, para él y sus dos hijas (de un matrimonio anterior, a las que se llevaría a Europa con él) y el día fijado se fue al aeropuerto acompañado de varios amigos que lo iban a despedir. Faltando 15 minutos para abordar su avión, recibió una llamada en el aeropuerto. Era de su jefe inmediato en La Habana y éste le dijo que no abordara el avión pues el ministro de Relaciones Exteriores necesitaba hablar con él al día siguiente. Se regresó a la casa de sus padres y a la mañana siguiente fue a Relaciones Exteriores. Pero el ministro no lo pudo recibir ese día. Y lo mismo pasó los siguientes días. Hasta que Cabrera Infante se dio cuenta que algo extraño ocurría. ¿Había caído en desgracia? ¿Por qué? Oficialmente nadie le decía nada. No había explicaciones. Es decir: una típica situación kafkiana.

También se dio cuenta, en sus recorridos por la ciudad, de lo que estaba pasando en el país. Tenía apenas tres años de estar fuera de Cuba, en especial de La Habana, de donde salió casi al inicio de la revolución, y ya la ciudad era otra: empobrecida, racionada, con muchas carencias y muy controlada. Hasta las gentes a la que veía caminar por la ciudad le parecían zombis de película.

Y en pláticas con sus amigos artistas, escritores e intelectuales, le fueron contando sucedidos, y le hablaron de la caza de brujas contra «traidores» a la revolución, homosexuales, escritores y artistas. El régimen se había endurecido con rapidez, la gente tenía miedo, La Habana ya no era la que Cabrera Infante vivió y amó, y literalmente se había oscurecido, y él estaba atrapado en un laberinto burocrático que le impedía salir del país. Tuvo que recurrir a sus amistades que trabajaban en el Gobierno, y a sus editores en España, y finalmente, luego de cuatro meses que en parte se leen como una novela de suspenso, logró salir, con sus hijas, hacia Europa, a los 36 años de edad, con plena conciencia de que no regresaría a su país mientras Castro permaneciera en el poder.

El libro está lleno de detalles sorprendentes sobre La Habana de la época y sobre el ambiente político, pero en relación a la vida del autor, llama la atención la minuciosidad del registro de sus intentos de ligue, de sus encuentros sexuales y de su enamoramiento de una joven. Todo esto forma parte de la literatura de GCI, por supuesto, y es particularmente importante en algunos de sus libros, pero en este caso se trata de sus memorias de los cuatro meses que pasó en La Habana mientras su esposa estaba en Bélgica.

Miriam Gómez dice, en una entrevista publicada en el suplemento español El Cultural, en noviembre de 2013: «Guillermo me dijo que era la base para un futuro libro, que aquello había sido una catarsis. Me pidió un sobre, lo guardó en él y escribió un título: Ítaca vuelta a visitar. Yo lo metí en un cajón. Nunca volvimos a mencionarlo». Como Miriam Gómez no podía dejar que aparecieran las Obras Completas de Cabrera Infante (que está publicando Galaxia Gutenberg) sin este libro, le entregó el manuscrito al editor, Antoni Munné, para que lo leyera primero. Cuando Munné terminó de leer la obra y vio a Miriam Gómez, le dijo: «Miriam, te va a destrozar. No he podido dejar de leerlo. Es algo tan duro, tan increíble». Marta Caballero, la autora de la entrevista apunta: «A su mujer le costó digerir el romance que Cabrera tuvo en la isla. Sin embargo, pronto volvió a su memoria la devoción que él tenía hacia el género femenino, una característica inevitable que ella asumió cuando vivían juntos: "Para él las mujeres eran la salvación, desde que era pequeño [...].»

Por su parte, Antoni Munné, el editor de la obra, en la parte final del prólogo, la describe así: «Premonición de la disidencia, testimonio demoledor del desengaño y la decepción, Mapa dibujado por un espía se configura como la cartografía íntima de una despedida».

Guillermo Cabrera Infante murió en Londres, en 2005, a dos meses de cumplir los 76 años de edad, sin haber regresado a Cuba. Vivió más en Londres que en La Habana y, sin embargo, toda su narrativa, autobiográfica y de ficción, transcurre en la capital cubana. Salió de su país en 1965 para no volver; hombre libre, viajó por el mundo, recibió premios, vivió en Europa, publicó libros en muchos países del planeta, colaboró en medios impresos de América Latina, Europa y los Estados Unidos, escribió guiones para Hollywood y, sin embargo, permaneció literariamente encerrado (quizá encerrado en libertad), en La Habana de los años 50.

Mapa dibujado por un espía es un libro muy recomendable para cualquier lector, pero para los lectores de Cabrera Infante es una obra imprescindible.

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Mapa dibujado por un espía. Guillermo Cabrera Infante. Edición al cuidado de Antoni Munné. Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona, 2013. 400 págs.



miércoles, 6 de julio de 2016

Trilogía sucia de La Habana, de Pedro Juan Gutiérrez






Trilogía sucia de La Habana
de Pedro Juan Gutiérrez

Jesús Guerra

Pedro Juan Gutiérrez es un escritor cubano que se ha vuelto imprescindible, por lo menos algunos de sus libros lo son. Un escritor francamente interesante que goza de un estatus envidiable de autor de culto, y no sólo en su país, no sólo en América Latina, sino también en Europa y no sé en cuántas otras regiones del planeta.

Pedro Juan Gutiérrez nació en la ciudad de Matanzas, Cuba, en el año de 1950. Luego de un servicio militar de cuatro años (de 1966 a 1970), tuvo una variedad de trabajos, fue «obrero agrícola y de la construcción, soldado (zapador especialista en demoliciones), profesor de dibujo técnico, dirigente sindical, constructor, locutor, periodista y actor de radio, entre otros oficios. En 1978 obtuvo el título de Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana, mediante un curso especial para trabajadores. Recibía clases únicamente los miércoles y el resto de la semana estudiaba solo». (Los entrecomillados provienen del sitio de internet del autor: http://pedrojuangutierrez.com/)

«“Lo único que quiero en la vida es ser escritor”, se dijo muchas veces a sí mismo, hasta que la frase se le grabó en la mente. “Quiero escribir de un modo tan natural que no parezca literatura”. Quizás por eso jamás se acercó a grupos de escritores ni estudió literatura. No quería contaminarse con ideas ajenas. “Tengo que tener muchas mujeres, viajar todo lo que pueda y conocer todo tipo de gente”. El periodismo lo ayudó mucho en esto último». Como periodista trabajó en radio, televisión, una agencia noticiosa y en la revista Bohemia.




En la década de los 80 realizó diversas investigaciones en su país, así como en Brasil, en la frontera entre Estados Unidos y México y en el sur de España, y los reportajes resultantes le hicieron ganar algunos premios nacionales. Visitó también la Unión Soviética y Alemania Oriental, y en 1987 publicó un libro sobre astronáutica, Vivir en el espacio. «En esa década comenzó a escribir Melancolía de los leones, libro que le llevó unos trece años de elaboración y que de algún modo es un pequeño homenaje a Franz Kafka y Julio Cortázar, sus dos escritores de culto».

Dice en su sitio que «se dedicó con paciencia, disciplina y rigor a aprender a escribir. Fue una búsqueda a ciegas. No conocía el camino. No sabía exactamente qué buscaba ni hacia dónde iba», que escribía poemas y cuentos, los retrabajaba de manera obsesiva y luego los guardaba, y que aún conserva en su casa «miles de poemas, cientos de cuentos y dos novelas, todos inéditos. A veces relee algunas páginas, se ríe de sí mismo y comprende que aprender a escribir de un modo medianamente aceptable le llevó más de treinta años».

Pedro Juan Gutiérrez también es artista plástico. Desde la década de los ochenta experimenta con la poesía visual, y ha expuesto obras suyas en más de 20 países. Como pintor trabaja en la línea del «abstraccionismo matérico». «Sus obras se encuentran en colecciones privadas de unos quince países, entre ellos Suecia, Alemania, España, Estados Unidos, México, Argentina y Brasil».


Edición en inglés


A fines de los años 90, envió a una editorial cubana un libro suyo, o una trilogía, pues el volumen estaba compuesto de tres breves libros de relatos. Pero en la editorial se asustaron con el realismo del libro, un realismo que, además, podía ser peligroso en términos políticos, y le dijeron que no lo iban a publicar y se lo regresaron. El libro, por fortuna, terminó en la editorial española Anagrama, la cual lo publicó en 1998 con el título Trilogía sucia de La Habana. En su sitio de internet dice: «El éxito de crítica y público fue instantáneo. El 11 de enero de 1999, sin explicaciones, la revista Bohemia prescindió de los servicios de Pedro Juan Gutiérrez».

«De esa forma concluía una larga etapa de veintiséis años como periodista. Un amigo que lo vio preocupado le dijo: “Alégrate. Lo que pasa conviene. Ahora tienes todo el tiempo para escribir”. Y eso hizo. Entre 1998 y 2003 publicó los cinco libros del Ciclo de Centro Habana, escribió tres libros de poesía y una novela policial. Dos de sus libros han obtenido reconocimientos relevantes: Animal tropical, el premio español Alfonso García-Ramos de Novela 2000, y Carne de perro, el premio italiano Narrativa Sur del Mundo, de 2003. Ahora se dedica sólo a pintar y escribir. Sigue viviendo en Centro Habana y se acerca lentamente a la serenidad. [...]»

Pedro Juan Gutiérrez tiene dos libros de no ficción, libros de poesía y novelas. Las más famosas son las cinco que componen el Ciclo de Centro Habana:

1. Trilogía sucia de La Habana
2. El rey de La Habana
3. Animal tropical
4. El insaciable hombre araña
5. Carne de perro.


Edición en portugués (de Brasil)


Tiene también los siguientes libros:

* El nido de la serpiente: Memorias del hijo del heladero
* Nuestro GG en La Habana (novela policiaca)
* Fabián y el caos
* Melancolía de los leones
* Cuentos de La Habana Vieja
* Diálogos con mi sombra

Tiene otros libros que están sólo publicados en Cuba. Los otros mencionados están casi todos publicados por la editorial española Anagrama, así que son relativamente fáciles de conseguir en México.

La Trilogía sucia de La Habana, como apunté más arriba, fue publicado originalmente en 1998, y ha seguido reimprimiéndose debido a su éxito. El volumen está formado por tres libros de relatos que tienen los siguientes títulos: «Anclado en tierra de nadie», «Nada que hacer» y «Sabor a mí». El primero consta de 22 relatos, el segundo de 18, y el tercero de 20, que dan un total de 60 relatos, algunos de dos páginas, los más largos de alrededor de ocho, que se dejan leer con asombrosa rapidez. La estructura del libro es interesante porque si bien es cierto que se trata de relatos independientes, al mismo tiempo funcionan como partes de una novela fragmentaria. Algunos de los relatos hacen referencia a otros, por lo menos de ciertos detalles, de algunos personajes, de anécdotas que se ramifican.


Edición francesa


El personaje central, que es el narrador de casi todos los relatos, se llama Pedro Juan. Es, obviamente, un alter ego del autor. Es y no es el autor, simultáneamente. PJG ha dicho en entrevistas que fue un acto muy consciente de su parte el tratar de confundir al lector, de borrar los límites entre la realidad y la ficción. De lo que no cabe duda es de que una buena parte del libro es «real». El autor ha dicho también que durante tres años escribió estos relatos casi como si fueran un diario. Le sucedían cosas, se enteraba de otras y las escribía. Aunque claro, las anécdotas en sí mismas fueron alteradas de manera literaria.

Cuando el libro salió a la venta en España, se dijo (y de hecho se sigue diciendo) que Pedro Juan Gutiérrez era una especie de Bukowski caribeño, o de un Henry Miller habanero. Hasta donde entiendo, el autor cubano no había leído a ninguno de los dos escritores, o por lo menos a Bukowsi, cuando escribió su libro, el primero del Ciclo de Centro Habana. Desde entonces se le quedó la fama, aunque Pedro Juan Gutiérrez se la ha pasado aclarando que él no es como Bukowski, aunque admira su obra, ahora que ya la ha leído. El Pedro Juan de la ficción es mujeriego, borracho, grosero. Es también un tipo muy divertido, muy pragmático y muy desencantado de la vida en Cuba, aunque nunca ha pensado en irse a vivir a otra parte. El autor ha dicho que dentro de él hay en realidad muchos Pedritos que habitan fragmentos diferentes de su obra. Algunos son más oscuros que otros. Pero ninguno es él del todo, aunque por supuesto todos son parte de él.


Edición en alemán


La intención de Pedro Juan Gutiérrez ha sido siempre —lo cité más arriba— la de escribir de manera tan natural que lo que escribe no parezca literatura. Por eso, también, por naturalidad, hay tanto sexo en sus relatos, porque las relaciones sexuales forman parte de la vida, y por tanto de los fragmentos de vida que narra, aunque esas escenas, o por lo menos algunas de ellas, no tengan necesariamente una intención erótica. El narrador por lo general no se regodea en el sexo, simplemente no le saca la vuelta. Y es que, en realidad, no le saca la vuelta a nada. Su visión de la vida en La Habana de los años 90, quizás el período más crítico desde el punto de vista económico en Cuba, debido al derrumbe del bloque soviético, es impresionante. Pero tampoco nos lo cuenta de manera patética ni fatalista. Nos cuenta las cosas como son, en este caso como eran en ese momento. Y aunque algunas situaciones y algunos ambientes son aterradores, el libro es de una vitalidad sorprendente y admirable.

Su prosa está hecha con frases cortas. Va directo a lo que tiene que decir. Recrea muy bien los ambientes, pero no como paisaje, sino que todo forma parte de la acción y de la reflexión del personaje central. Sus relatos son contundentes. Y aunque a veces nos deja con los ojos abiertos por aquello que nos relata, su sentido del humor prevalece. No sólo es una manera de narrar, es también una manera de vivir. Él ha dicho que la música, el baile, la fiesta, el sexo y el ron, son parte esencial de los cubanos, y han sido responsables de haberles permitido superar etapas terribles de desesperación, miseria y hambre. Aquí se encuentra todo eso.

Al autor no le gustan las etiquetas. Así como niega ser como Bukowski, tampoco le gusta que a su literatura le pongan el sello de «realismo sucio» (como el del propio Bukowski y otros autores). Él dice que el realismo es realismo y punto. Sin embargo, entiende perfectamente que los marbetes ayudan a promocionar a un autor y a una obra, sobre todo si son, como lo era él a finales del siglo XX, unos completos desconocidos.




El asunto es que la (ahora famosa) Trilogía sucia de La Habana gustó cuando salió en España y en Hispanoamérica, y ha gustado en los países a cuyas lenguas se ha traducido (que son muchos), entre ellos: Alemania, Italia, Francia, Inglaterra, Estados Unidos, Canadá, Portugal, Brasil, Holanda, Bulgaria, Eslovaquia, Israel, Croacia, Polonia, Noruega, Finlandia, Grecia, Rumania, y quizás otros más. Y sigue gustando, la prueba es que yo la recomiendo ahora, 18 años después de que se publicó por primera vez.

La Trilogía sucia de La Habana, como en general toda la obra de Pedro Juan Gutiérrez, admite muchas lecturas y relecturas. Una lectura política, una económica, una sociológica, una antropológica, psicológica, lingüística, erótica, sexual, y otras tal vez. Eso quizá dependa más del lector que del autor. Todo eso está ahí, pero yo los invito más que nada a hacer una lectura literaria, no en el sentido de que se pongan a hacer un sesudo análisis del texto (aunque por supuesto el libro invita a hacerlo), sino simplemente a que lo lean y lo disfruten. Pedro Juan Gutiérrez es un estupendo escritor y su obra, para quienes nos gusta, se convierte en una verdadera adicción. Eso sí, sus libros no son para puritanos.

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Les dejo aquí la liga a una estupenda charla con el autor, en video, a cargo de Raúl Verduzco, en Monterrey, Nuevo León, en el marco de la Cátedra Alfonso Reyes, de noviembre de 2014: https://www.youtube.com/watch?v=OhzMr8vLOjw

Y aquí la liga de su blog: http://pedrojuangutierrez.blogspot.mx/

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Trilogía sucia de La Habana. Pedro Juan Gutiérrez. Editorial Anagrama (está en las colecciones Narrativas Hispánicas y Compactos, y también en edición digital). 368 págs.