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viernes, 15 de abril de 2016

La tabla de Flandes, de Arturo Pérez-Reverte





La tabla de Flandes
de Arturo Pérez-Reverte

Jesús Guerra

La Tabla de Flandes narra la historia de un misterio contenido en una pintura flamenca fechada en 1471 —realizada por Pieter van Huys—, y descubierto, reflexionado y resuelto cinco siglos más tarde, en Madrid, por una restauradora de obras de arte llamada Julia y sus dos compañeros de aventura: un viejo amigo, anticuario y muy culto, de nombre César, y un ajedrecista de primera línea, apellidado Muñoz, para quien ganar era lo menos importante en una partida.

Cuando la «Tabla de Flandes», como era conocida en el mercado del arte la pintura oficialmente denominada La partida de ajedrez, va a ser rematada por una importante galería española, le es asignada a Julia para su restauración. Julia descubre, luego de un análisis con rayos X, que la obra tiene una inscripción oculta en la parte inferior del cuadro. La inscripción reza «Quis Necavit Equitem». Julia sabe algo de latín y traduce: «¿Quién mató al caballero?»


La obra representa a dos hombres de la nobleza medieval frente a frente, enfrascados en una partida de ajedrez, y al fondo, una dama que lee un libro, sentada junto a unas ventanas por donde entra la luz del día, y un paisaje campestre.

Julia decide pedir información histórica a un historiador de arte, Álvaro, quien fue pareja de Julia en el pasado y con quien mantiene buenas relaciones amistosas. Álvaro comienza a investigar la personalidad de los caballeros a partir de unos nombres que se encuentran en el mismo cuadro, y termina por descubrir que uno de los caballeros es Roger de Arras, el otro es Fernando Altenhofen, duque de Ostenburgo, y la dama es Beatriz de Borgoña. Álvaro promete enviarle a Julia la mayor cantidad de información que le sea posible en unos cuantos días. En efecto, a Julia le llega por correo un sobre con gran cantidad de datos biográficos sobre los personajes pintados y sobre el pintor, Van Huys. Pero luego la policía le avisa a Julia que Álvaro fue encontrado muerto en la bañera de su casa, y su muerte pudo ser accidental. Pero pudo no serlo. La cuestión se complica cuando descubren que Álvaro murió antes de que el sobre con información fuese puesto en el correo.
 
Edición en catalán
Está, además, el misterio del cuadro. Llegan a deducir, por la información que logran reunir, que la frase fue cubierta por el mismo pintor (¿miedo a que su cuadro fuese demasiado obvio?) y que el caballero Roger de Arras estaba muerto para la fecha en que el cuadro fue pintado. Roger era amigo de Fernando y, se tenía casi la certeza histórica, había sido amante de Beatriz, la dama del cuadro, quien era, a su vez, la esposa de Fernando, el otro caballero de la partida de ajedrez.

Roger de Arras había sido asesinado por una flecha, y la suposición más sencilla era que el asesino había recibido la orden del Duque Fernando de Ostenburgo. Julia y César deciden descifrar el misterio que pudiese estar oculto en la partida de ajedrez misma, es decir, en la posición de las piezas del juego representado, y recurren a un oscuro maestro de este juego, de este arte, de esta reducción simbólica de la guerra: el ajedrez. Y el elegido, recomendado por el dueño de un prestigiado club de ajedrecistas de Madrid, es el señor Muñoz.
 
Edición inglesa
Muñoz decide que la frase «¿Quién mató al caballero?» puede significar también: «¿Quién mató al caballo?», y la única manera de saber qué pieza negra (las de Fernando) mató o se comió al caballo blanco (de Roger) es desarrollando la partida hacia atrás.

Muñoz tiene mucho trabajo. No sólo tiene que desarrollar la partida hacia atrás para descubrir a la pieza asesina, sino que tiene que desarrollarla hacia adelante, es decir, jugarla, contra un peligroso contrincante: un asesino real, quien ha establecido un paralelismo entre las piezas de ajedrez que aún están en el tablero y los personajes reales que tienen algo que ver con el cuadro. Así, cuando una víctima es encontrada asesinada, junto al cadáver se encuentra una tarjeta indicando la jugada que el asesino ha decidido realizar. Y he aquí una de las fallas de la novela: no se nos dice cómo comunican Muñoz, Julia y César las jugadas con que Muñoz contraataca o se defiende, tratando en realidad de defenderlos a todos. Hasta llegar a un final sorpresivo, cual corresponde a una buena novela policíaca.
 
Edición francesa
La extensa novela (416 páginas) cumple muy bien con su cometido y lo hace apegada a algunas de las reglas de las novelas de misterio y de crímenes. Complica interesantemente las cosas al plantearse un misterio de cinco siglos de antigüedad que se combina con un misterio presente y con una partida de ajedrez que ha permanecido estática más de 500 años, pero que plantea muchas posibilidades… no sólo ajedrecísticas.

A pesar de la gran calidad de la novela (que en términos generales me gusta mucho), algunos detalles de la prosa de su autor nos indican que aún no es un autor maduro*, aunque La Tabla de Flandes es ya su tercera novela (las anteriores son: El húsar, de 1986, y El maestro de esgrima, de 1988). Falta de madurez entrecomillada, por supuesto, y más teniendo en cuenta que Pérez-Reverte es periodista de prensa, radio y televisión. Y, sin embargo, algo por ahí nos salta de vez en cuando entre las líneas que componen su texto. Algunos clichés, algunas obviedades.

Edición rusa
En otros momentos, lo que salta es el hecho de que algunas explicaciones ajedrecísticas de Muñoz son bastante obvias —lo que se justifica porque la novela está escrita para todo público y no sólo para quienes saben jugar este juego—, y sin embargo Julia exclama frases que indican que ella piensa que Muñoz es genial. Frases que, a mi manera de ver, no sólo indican la inocencia de Julia sino, tal vez, un deseo del autor de infundir ánimos en el lector.

Los personajes están bien definidos —en ocasiones incluso llega a notarse que Pérez-Reverte sigue las reglas sobre «cómo escribir una novela», y por momentos se muestran las costuras que tendrían que permanecer invisible. En cambio, el autor revela una gran capacidad en el manejo de diálogos, algunos de los cuales son de una gran naturalidad. En fin, la obra es suficientemente interesante como para agradar a todo lector de novelas y no sólo a los incondicionales del policiaco.

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Póster de la película, en español



 
Edición sueca
Actualización:
Arturo Pérez-Reverte (nacido en 1951) publicó antes de La tabla de Flandes (1990), El húsar (1986) y El maestro de esgrima (1988). De 1990 a la fecha ha escrito y publicado una gran cantidad de novelas, libros de relatos, artículos (recopilados en varios volúmenes), además de las obras de la serie Las aventuras del capitán Alatriste, compuesta por lo menos por siete novelas. La información de sus libros se puede encontrar en su sitio de Internet: http://www.perezreverte.com/bibliografia/ .

El autor ha ganado numerosos premios y reconocimientos por sus obras. La tabla de Flandes, en particular, lo hizo merecedor de la elección de la revista Lire, de Francia, como uno de los diez mejores novelistas extranjeros de 1993; ganó el Premio de la Academia Sueca de Novela Policiaca a la mejor traducción extranjera por esta obra en 1994; y la revista The New York Times Book Review seleccionó La tabla de Flandes como una de las cinco mejores novelas extranjeras publicadas en los Estados Unidos en 1994

Edición rumana
Se han hecho algunas adaptaciones cinematográficas y televisivas de diversas obras de Pérez-Reverte. La adaptación de La tabla de Flandes, bajo el título Uncovered, es de 1994, con dirección de Jim McBride, guión de Michael Hirst, Jim McBride y Jack Baran, y las actuaciones de Kate Beckinsale y John Wood, entre otros. La producción fue de Gran Bretaña, España y Francia. Lamentablemente no la vi, aunque según parece es mala.

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* Esta reseña fue escrita (y publicada —más o menos como aparece aquí—en un medio impreso de Coahuila) alrededor de 1991.

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La Tabla de Flandes. Arturo Pérez-Reverte. Alfaguara, 1990. 416 págs.

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Póster de la película, con el título original










lunes, 1 de febrero de 2016

Las otras vidas, de Antonio Muñoz Molina






Las otras vidas
de Antonio Muñoz Molina

Jesús Guerra

Las otras vidas, del escritor español Antonio Muñoz Molina*, es un pequeño volumen de 130 páginas que reúne cuatro relatos bellísimamente editados por la editorial Mondadori en su colección Rectángulo.

«Las otras vidas» es el relato que abre el tomito. Un grupo de personas, relacionadas con la regencia de salas de concierto en Sudamérica y Europa, quienes han sucumbido a los encantos de los pianos de cola Fujisutmi & Sons, se encuentran reunidos en un viaje full credit (a cargo de la compañía japonesa) por el norte de África, en los «mejores hoteles». Todos desprecian al joven afinador y técnico de sonido por ser completamente diferente a ellos. Es huraño, sucio, viste como clochard y se pasó el viaje fumando, bebiendo y sin atender las rutas turísticas que todos los demás viajeros seguían religiosamente. Su nombre: Armando Cadafells.

Las soleadas mañanas se empleaban en actividades turísticas; las tardes y las noches, en reponer las energías, conversar, contar anécdotas. Todos admiraban a Milton Oliveira, pues sabían que era uno de los mejores pianistas del mundo. Sin embargo, todos ellos habían tenido experiencias desagradables con él, «un artista», decían, como si la palabra lo explicara todo. Y es que Oliveira se comportaba como «una diva». Era caprichoso y se negaba a tocar si alguna pequeñez lo molestaba.

El narrador de este relato es un mediocre hombrecito, consciente de su falta de valor (en ambos sentidos). Una noche, sin embargo, se emborracha con Cadafells y la novia de éste («una joven sucia y melenuda que poseía una peculiar habilidad para exhibir unas bragas azules»), y ese incidente «secreto» permite que el afinador y la chica tengan un cierto acercamiento con este hombre (quien en verdad se muere de la vergüenza por el incidente). Una noche, el narrador se enoja con su esposa (o mejor dicho, ella con él); entonces, Cadafells toca su puerta. Lo invita a platicar. El narrador no se puede zafar, por más que eso es lo que quiere, y, casi sin darse cuenta, de pronto ya está en un taxi rumbo a alguno de los barecitos de la ciudad en la que se encuentra el barco, dialogando acerca del azar con el afinador. Cadafells lo lleva a un antrucho en el cual el narrador se lleva la sorpresa de su vida. Quien toca el piano es Milton Oliveira.

El relato, espléndidamente narrado aunque centrado en el azar —tema tan caro a Julio Cortázar—, nos habla también de la nostalgia, de la costumbre de vivir en matrimonio, de las tristezas de la mediocridad autoconsciente, de la incomprensión del ser humano (los prejuicios, por ejemplo), y también, de pasadita, de la «magia» (por supuesto entre comillas) de las pequeñas aventuras no buscadas (pero tampoco rehuidas) y mucho, de manera contextual, del mundo como un lugar hecho, formado por reglas incuestionables…
«—¿Cree usted en el azar? —me dijo sin previo aviso Cadafells.
—Claro que sí —le contesté—. Actúa siempre en contra mía.»

«El cuarto del fantasma» es un simpático relato de aire provinciano en el que un narrador interno —como en los clásicos cuentos de terror— cuenta una anécdota extraña, en tanto que el narrador del relato que el lector lee nos habla no sólo de sus pensamientos sino también de los incidentes de una tertulia. Es una especie de ejercicio de estilo muy bien logrado.

El tercer relato de este volumen lleva por nombre «La colina de los sacrificios». Está narrado sin nombres, con una especie de necesidad de anonimato, de lejanía —a pesar de la cercanía testimonial que nos proporcionan las certeras descripciones, a medio camino entre lo literario y lo cinematográfico— que acentúa la sensación de observar la desgracia ajena.

Las comparaciones y metáforas son frías y húmedas; las escenas se desarrollan bajo la lluvia otoñal en una casa abandonada durante 15 años, mohosa y polvorienta; en la sala de interrogatorios de la policía, durante la madrugada; en un terreno baldío bajo la lluvia; en una gasolinera solitaria…

Si las descripciones son terribles es por realistas, porque nos descubren la soledad, la polvosa existencia sin expectativas de los personajes (y de un montón de gente representada por ellos). Es el argumento el encargado de mostrarnos algo de fantasía y eso gracias al azar, no porque no sea realista. Es otro ejercicio de estilo, enfocado ahora hacia el thriller psicológico, un relato que nos recuerda las historias de Patricia Highsmith.

«Te golpearé sin cólera» es el título del cuarto y último relato de este volumen. Toma su nombre de un verso de Baudelaire y es también una historia policiaca, aunque, quizá, más cercana a Boris Vian que a Raymond Chandler. Es la búsqueda de un pintor que firma sus cuadros con las iniciales J.V. y que pinta obras que parecen enloquecer y/u obsesionar a quienes las miran. El carácter paródico y de «homenaje» se ve claramente en la escena donde el detective contratado para el caso —y narrador del relato, evidentemente— llega al Hell’s Bar y en él se topa con una fauna verdaderamente de antología: «De vez en cuando me he emborrachado con Bill Faulkner, y siempre sé dónde encontrarlo». Más adelante: «Muy cerca de él, Ray Chandler bebe el gimlet del sueño eterno». Luego: «En Hell’s bebe ginebra cruda Malcom Lowry, y en un rincón del fondo, demolido por el ajenjo, Paul Verlaine hace vagos gestos en el aire […]».

Sobre el lugar nos dice: «Hell’s es uno de los bares menos recomendables de este mundo y del otro. Se llega a él bajando una sucia escalera de cemento, y en la entrada, sobre la cortina de tiempo con caligrafía de retrete: Lasciate ogni speranza, voi che entrate».

En una pequeña introducción al libro, el autor comienza por confesarnos que los cuatro relatos fueros escritos porque se los pidieron: «El relato es un género al que le sienta muy bien el trabajo de encargo»; y nos cuenta la historia editorial de cada uno. El más interesante (porque además lo ilumina) es el origen del cuarto texto («Te golpearé sin cólera»), el cual, nos dice Muñoz Molina, «lo escribí en 1983 para el catálogo de una exposición del pintor Juan Vida. Los cuadros que cito y describo en el relato existen de verdad, y la trama la inventé expresamente para ellos».

La lectura de Las otras vidas deja una deliciosa sensación de placer, la sensación que debe dejar, precisamente, la literatura. Son varias las virtudes de estos relatos (buena factura, ingeniosos, dicen más de lo que cuentan), y la brevedad no es la más breve de ellas. Salud.

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* Esta reseña fue escrita (y publicada en un medio impreso de Coahuila) aproximadamente en 1992.

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El autor:
Antonio Muñoz Molina nació en Úbeda, Jaén, el 10 de enero de 1956; es escritor y académico de número de la Real Academia Española. En el año 2013 ganó el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Entre sus obras se encuentran:

Novelas: Beatus Ille (1986, Seix Barral), El invierno en Lisboa (1987, Seix Barral), Beltenebros (1989, Seix Barral), El jinete polaco (1991, Planeta), Los misterios de Madrid (1992, Seix Barral), El dueño del secreto (1994, Seix Barral), Ardor guerrero (1995, Alfaguara), Plenilunio (1997, Alfaguara), Carlota Fainberg (1999, Alfaguara), En ausencia de Blanca (2001, Alfaguara), Sefarad (2001, Alfaguara; 2013, Cátedra), El viento de la Luna (2006, Seix Barral), La noche de los tiempos (2009, Seix Barral), Como la sombra que se va (2014, Seix Barral).

Libros de cuentos y relatos: Las otras vidas (1988, Mondadori), Nada del otro mundo (1993, Espasa Calpe).

Libros de ensayos: Córdoba de los Omeyas (1991, Planeta); La verdad de la ficción (1992, Renacimiento), Pura alegría (1998, Alfaguara), José Guerrero. El artista que vuelve (2001, Diputación Provincial de Granada), El atrevimiento de mirar (2012, Galaxia Gutenberg), Todo lo que era sólido (2013, Seix Barral).

Diarios: Ventanas de Manhattan (2004, Seix Barral) y Días de diario (2007, Seix Barral).

Libros con recopilaciones de artículos: El Robinson urbano (1984, Silene Fábula), Diario del Nautilus (1986, Diputación Provincial de Granada; 1989, Mondadori), Las apariencias (1995, Santillana), La huerta del Edén: escritos y diatribas sobre Andalucía (1996, Ollero y Ramos), Unas gafas de Pla (2000) y La vida por delante (2002).

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Las otras vidas. Antonio Muñoz Molina. Editorial Mondadori. Colección Rectángulo. Madrid, España, 1988. 130 págs.