Mostrando las entradas con la etiqueta Libros del siglo 20. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Libros del siglo 20. Mostrar todas las entradas

sábado, 1 de febrero de 2020

Todos los muertos tienen la misma piel, de Boris Vian






Todos los muertos tienen la misma piel
de Boris Vian

Jesús Guerra

Quienes no hayan leído a Boris Vian no saben lo que se han perdido: es toda una experiencia. Este año es muy bueno para empezar a leerlo, o para leer los libros suyos que tenemos pendientes, o para releer nuestros favoritos pues en 2020 se celebra el centenario de su nacimiento. En Francia, y también en otros países de lengua francesa, como Bélgica y Suiza, se ha preparado una enorme cantidad de eventos para esta celebración: exposiciones, conferencias, publicación de libros, presentaciones de teatro, conciertos de jazz, exposiciones, etcétera. Supongo que con la crisis del coronavirus los eventos de marzo y abril habrán sido pospuestos para fechas posteriores. Revisé el catálogo de eventos de febrero y marzo y la cantidad (y supongo que también la calidad) es extraordinaria.
 
Edición original, con Sullivan
como autor y Vian como
traductor
Como bien saben los lectores de Boris Vian (nacido el 10 de marzo de 1920, en París, y fallecido en la misma ciudad el 23 de junio de 1959, a los 39 años), este artista fue polifacético: escribió novelas, poemas, obras de teatro, guiones de cine y letras de canciones, tradujo novelas policiacas, y también fue trompetista y cantante de jazz, periodista y crítico musical, compuso óperas y dirigió compañías disqueras.

Ya comentaré más de este artista genial en entradas próximas, pero por el momento quiero recomendarles una de sus novelas de la serie de Vernon Sullivan. Antes explico este asunto pues Vernon Sullivan no es un personaje sino el supuesto autor del libro, es decir un heterónimo de Boris Vian.

En 1946, Vian escribió, según se dice, en 15 días, una novela policiaca, ubicada en los Estados Unidos, cuyo tema central es el racismo. La novela se llama Escupiré sobre vuestra tumba (en francés J'irai cracher sur vos tombes). La novela es violenta, salvaje y escabrosa, por decir lo menos. Claro que para nuestros días una obra así es equivalente, más o menos, a una película de Quentin Tarantino, pero hace casi 75 años fue un escándalo, que es lo que Vian quería, y para evitarse problemas, la publicó con el nombre de Vernon Sullivan como autor y el suyo apareció como el traductor, pues según esto Sullivan era un escritor norteamericano, negro, que no había podido publicar la novela en su país debido al tema. Por el escándalo la novela se convirtió en un bestseller en Francia al año siguiente.
 
Edición en inglés
Con el mismo truco, Vian escribió y publicó en 1947 Todos los muertos tienen la misma piel (Les morts ont tous la même peau), y en 1948 otras dos novelas firmadas como Vernon Sullivan: Que se mueran los feos (Et on tuera tous les affreux) y Con las mujeres no hay manera (Elles se rendent pas compte). Pero ese año las autoridades francesas prohibieron la venta de la primera novela, y luego también de la segunda, y no quedaron conformes: llevaron a juicio al editor y al traductor por «ultraje a las buenas costumbres». Ahí ya no hubo manera de seguir con la impostura y Boris Vian tuvo que reconocer que él era el verdadero autor de las obras y que Vernon Sulivan no existía. Tanto él como el editor tuvieron que pagar una multa. Y, además, los críticos literarios se ofendieron por el engaño. (Se dice que el nombre de Vernon Sullivan lo formó a partir de los apellidos de dos jazzistas: del baterista Paul Vernon y del pianista Joseph Michael Sullivan, de nombre artístico Joe Sullivan.)

Edición francesa en Le Livre
de Poche
Leídas a casi 75 años de distancia, las dos primeras novelas nos siguen sorprendiendo, aunque, sabiendo lo que sabemos, y teniendo en cuenta que se han convertido en algo similar a novelas de culto, adquieren un aire paródico. En cambio, las otras dos, sobre todo la cuarta, Con las mujeres no hay manera, eran ya plenamente paródicas desde el principio. (Esta última hubiera podido ser adaptada al cine por el Almodóvar de los años 80, antes de que se volviera pretensioso y melodramático.)

En Todos los muertos tienen la misma piel, la segunda novela de Vernon Sullivan, el primer narrador es el protagonista (porque hay un segundo narrador, el tradicional, omnisciente). Dan es un hombre a todas luces blanco, que trabaja en un bar de Nueva York sacando borrachos problemáticos, el cual está casado con Sheila, obviamente blanca, y tienen un hijo (sí, blanco). Dan está conforme con su trabajo y con su vida matrimonial. Pero un día lo va a buscar a su casa un negro (un afroamericano dicta la corrección política) llamado Richard, que es su hermano, o su medio hermano, al que tenía años de no ver. Pero Richard es un pillo y Dan sabe que le traerá problemas. Además, le recuerda el hecho, que es un trauma para Dan, de que realmente es mulato.
 
Edición francesa en 10/18
Cuando días después llega un hombre al bar y le dice a Dan que va de parte de Richard, su hermano, y le pide dinero en su nombre, Dan sabe que Richard no lo va a dejar en paz, que le puede destruir su vida de blanco, y decide que tendrá que matar a su hermano. A partir de ahí, las cosas se le van complicando a Dan y éste va dejando un rastro de cadáveres.

Ya lo sabemos, el mejor homenaje a un autor es leer su obra, así que en el centenario del nacimiento de Boris Vian, mi recomendación es que lean este libro o cualquiera que consigan de este particularísimo autor.

. . . . . . . . . . . . . . .

Todos los muertos tienen la misma piel. Boris Vian. Edhasa. 169 págs. 

. . . . .





jueves, 15 de marzo de 2018

La Habana para un infante difunto, de Guillermo Cabrera Infante





La Habana para un infante difunto
de Guillermo Cabrera Infante

Jesús Guerra

La Habana para un infante difunto es uno de los libros más importantes de uno de mis autores preferidos, el cubano nacionalizado británico Guillermo Cabrera Infante (nacido en Cuba en 1929 y fallecido en Londres en 2005). Perteneció, o se le asoció al famoso Boom literario latinoamericano, pero él siempre lo negó, decía que no era más que una etiqueta mercadotécnica creada por los editores para vender más libros y que los autores de ese supuesto movimiento tenían poco que ver entre sí en términos temáticos y estilísticos. Y su obra es una muestra de ello.

Esta obra se publicó con la etiqueta de novela, aunque evidentemente es una parte de sus memorias. Así que podemos considerarla una novela autobiográfica, y como no podemos estar nunca al cien por ciento seguros de qué tanto de lo narrado son recuerdos de acontecimientos reales y qué tanto es invención, mejoramiento, embellecimiento o dramatización, es decir ficción, podemos leerlas como queramos. Pero si tenemos información sobre su vida tenderemos, creo yo, a leer esta obra como un libro de memorias, y así es como la he leído yo.

Quienes han leído a Cabrera Infante conocen y reconocen su estilo literario, el cuel está repleto de juegos de palabras (a veces incluso mezclando idiomas), y figuras retóricas como el retruécano, la paronomasia y el hipérbaton, es decir alteraciones sintácticas para que sus juegos de palabras funcionen mejor, y todo esto citando constantemente títulos de obras literarias, musicales y cinematográficas, mostrando no sólo su enorme cultura sino su espléndido sentido del humor. Estas características de la escritura de Cabrera Infante, si bien la hacen muy divertida, puede resultar, también, cansada luego de muchas páginas, pero la solución no es dejar de leer el libro sino, simplemente, dejarlo descansar un rato. Puede uno leer alguna otra cosa y al cabo de uno o varios días, retomar el libro, que volverá a ser fresco y divertido.




Esto lo menciono sobre todo porque La Habana para un infante difunto tiene alrededor de 600 páginas. No traten de leerla como una novela de misterio: dejen reposar el libro de vez en cuando y dense un respiro ustedes. Verán, sin embargo, que se trata de una obra fascinante, casi hipnótica.

Su estilo es evidente desde el título: La Habana para un infante difunto es un juego de palabras intertextual, como dicen los académicos, que hace referencia a la pieza del músico francés Maurice Ravel Pavana para una infanta difunta.  La traducción al francés apareció con este mismo título, obviamente traducido, pues el juego de palabras funciona también en esa lengua. Pero la traducción al inglés apareció con el título Infante's Inferno, pues se parece al título que de la parte de «Infierno» de la Divina Comedia, de Dante, se vende en los países de lengua inglesa, en donde se puede comprar esa obra en sus tres partes independientes, y el «Infierno» de Dante (el Infierno de Infante) es la más leída de las tres, por ser la primera. Y si menciono este detalle de las traducciones, sobre todo la del inglés, se debe a que es bien sabido que Cabrera Infante trabajaba muy de cerca con su traductora al inglés, o más bien colaboraba con la reescritura del libro en inglés.

La Habana para un infante difunto comienza con los primeros recuerdos del personaje-narrador a su llegada a la capital de Cuba, alrededor de los 11 o 12 años. Cabrera Infante nació en un pueblo llamado Gibara, así que la ciudad y sus luces lo deslumbraron, el Malecón, los tranvías, los autos, los cafés y, por supuesto, sus cines. Al parecer en esa época, y hasta fines de los años 50, la relación entre el número de habitantes de La Habana y su número de salas cinematográficas hacían de la capital cubana la ciudad de Latinoamérica con más cines. ¡Y era la época dorada del cine!




Sin embargo, los padres del narrador eran pobres, así que la familia (compuesta por el padre, la madre, el narrador y su hermano menor) vivieron varios años en un solar. Un solar, en Cuba, era o es, quizá, un edificio con cuartos, no departamentos pequeños sino cuartos, en donde pueden vivir una o varias personas por cuarto, y tanto la cocina como los baños son comunes. Y todavía, a veces, al cuarto de la familia del narrador llegaban familiares o amigos del pueblo y se quedaban con ellos un tiempo. El narrador creció, entonces, en el centro de la ciudad, que aprendió a recorrer, a pie y en autobús, de un lado a otro.

Nos cuenta también de sus amigos, algunos de los cuales son personalidades de la cultura y de la política cubana del siglo XX. De las escuelas, de los eventos culturales a los que asistía (y a los que muchas veces su madre lo acompañaba) y nos habla de las mujeres que le gustaban. En un inicio, cuando él era aún un adolescente, este «museo de mujeres» —como él mismo definió esta obra suya alguna vez—, es más bien una galería de jovencitas que le gustaban y sus infantiles fantasías. Es decir, nos narra sus primeras relaciones con el sexo opuesto, que en ese caso era sobre todo la curiosidad sobre las mujeres del solar en el que vivía junto con su familia, y sus primeras visiones del cuerpo femenino al desnudo, sus primeros actos como voyeur, que habrían de ejercer una influencia enorme en sus gustos y en su amor por el cine. En algún momento el libro pasa a ser una especie de catálogo de rechazos o de imposibilidades, como una historia de Don Juan al revés...

El propósito fundamental del libro, según lo manifiesta el narrador, es hablar de sus relaciones con las mujeres. Su educación sentimental. Sin embargo, el autor no puede evitar, puesto que en la vida y en la memoria todo está conectado, contarnos otras cosas, y sobresalen tres temas evidentes: su familia y su vida familiar, la ciudad de La Habana y el cine.




El cine es inevitable debido a la pasión sentía Cabrera Infante por él, y en alguna parte de este libro llega el momento en que el personaje central y narrador, es decir el autor mismo del libro si leemos esta obra como una parte de sus memorias, es ya crítico de cine de la revista Carteles. De hecho, Cabrera Infante llegó a ser el crítico de cine más leído de La Habana en su momento, y quizá uno de los más originales que han existido en nuestra lengua. Sin embargo, no nos cuenta cómo llegó a trabajar en Carteles ni por qué, y es que el hilo narrativo no es su propia vida, sino las mujeres de su vida.

Durante la primera etapa de sus intentos de relaciones con las mujeres la constante era la torpeza de su parte, el fracaso y el rechazo. El anti-Don Juan. Pero con la experiencia y la edad llegaron las primeras novias y sus primeras relaciones serias. Hay un apartado muy interesante en que establece una relación entre sus ídas al cine y sus intentos por abordar chicas en esos lugares. Después las cosas se tornan más serias, lo que no quiere decir que las narre sin humor. El humor es una constante. Pero sus relaciones amorosas no son necesaria ni particularmente originales (a no ser, por supuesto, de que sucedían en La Habana de los años 50). Lo verdaderamente importante es la manera en que el autor escribe acerca de ellas. Su estilo. Así, escenas que no tienen un verdadero valor anecdótico, se vuelven páginas estupendas gracias al talento, a la inteligencia, al sentido del humor y al impresionante manejo del lenguaje de Cabrera Infante.

Si les interesa saber sobre cómo era y cómo se vivía en La Habana de los años 50, La Habana anterior a la revolución, esa ciudad que se ha ido convirtiendo en mítica con el paso de los años, este libro es una lectura obligada. Para Cabrera Infante era el centro del universo. Era su fascinación. Fue joven en esa ciudad. Ahí estaba su familia, estaban sus amistades, estaban sus amores, estaba su trabajo. En una de las páginas finales del libro, una mujer, actriz de televisión, con la que tenía una intensa relación amorosa pero que estaba sólo de vacaciones en La Habana pues años antes se había ido a vivir a Venezuela, en donde tenía su casa y su vida, lo invitó a que se fuera con ella a Caracas. El narrador prefirió perder a esa mujer a perder su ciudad. Él le contestó que no pensaba dejar de vivir en La Habana, nunca. Nunca...




Por supuesto, el personaje, el narrador, el autor, no podía saber en ese momento qué cerca estaba de tener que irse de su ciudad y de su país, y que eso sería para siempre, debido a los problemas que tendría después con el gobierno revolucionario. Pero eso ya no está narrado en ese libro, sino en Mapa dibujado por un espía. En este libro que ahora les comento, tampoco aparece su segunda esposa, la actriz cubana Miriam Gómez, con quien se exilió en Londres y fue, a parir de que se casaron, a inicios de los años 60, su compañera de toda la vida.

Sí está, en cambio, su primera esposa, pero como esfumada. No nos dice (y esta ausencia es notable) cuándo y cómo la conoció, ni por qué se casó con ella, pues aparentemente nunca se quisieron realmente, o en todo caso, él no la amó de verdad. A partir de un cierto momento en el libro, el narrador ya está casado y su esposa está embarazada, y lo que el narrador nos cuenta son las relaciones que tuvo con otras mujeres en ese tiempo. La Habana, las mujeres y el cine, tres pasiones que a veces se mezclaban en una visión alucinada, por lo menos en el recuerdo, como nos lo demuestra el final de esta obra y como nos lo demuestra, también, en algunos episodios, Tres Tristes Tigres.

De las ediciones de La Habana para un infante difunto de los últimos 20 años, se puede conseguir aún, sobre todo en librerías de viejo, la del Club Internacional del Libro y la Universidad de Alcalá, de 1998; y la reedición de Seix Barral del año 2005. Pero comparando estas dos ediciones encontré que a la edición de 1998 le falta un capítulo que sí está en la del 2005. No he podido conseguir el primer tomo de sus Obras Completas, editadas por Galaxia Gutenberg, compuesto por Tres Tristes Tigres y este libro, llamado Habanidades, para saber qué posibles cambios tiene esta nueva edición, que se supone es la definitiva. Pero la verdad no importa la edición que consigan, lean esta obra, se los recomiendo muchísimo, es hipnótica y fascinante.




. . . . . . . . . . . . . . .

La Habana para un infante difunto. Guillermo Cabrera Infante. Hay varias ediciones, la del Club Internacional del Libro, la de Seix Barral y la de las Obras Completas de este autor que publica Galaxia Gutenberg, en el primer tomo. Dependiendo de la edición es el número de páginas, pero tiene alrededor de 600.

. . . . . . . . . . . . . . .

Les pueden interesar mis comentarios sobre otros libros de este autor:

En este mismo blog


Y en el blog Revista Tu Red:






miércoles, 21 de diciembre de 2016

Siete manifiestos DADA, de Tristan Tzara




Siete manifiestos DADA
de Tristan Tzara

Jesús Guerra

Aunque el año 2017 está a punto de llegar, vale la pena recordar que 2016 es (aún) el centenario del inico del movimiento artístico, o «antiartístico», si se prefiere, llamado DADA, el cual fue fundado en 1916, en el famoso Cabaret Voltaire, de la ciudad suiza de Zúrich. Su fundador oficial es Hugo Ball, un escritor y poeta alemán nacido en 1886, pero murió pronto, en 1927, a los 41 años de edad. Uno de los primeros integrantes del movimiento DADA fue el poeta rumano, después nacionalizado francés, Tristan Tzara, cuyo verdadero nombre era Samuel Rosenstock, nacido en 1896, y fue él quien se volvió el personaje más emblemático del movimiento.


Para entender el movimiento DADA hay que tener en cuenta, sobre todo, que en 1916 la Primera Guerra Mundial llevaba dos años de destrucción y de matanzas como nunca se habían visto antes. La guerra terminó dos años después, pero en 1916 no podían saberlo, así que la guerra parecía interminable y apocalíptica. Zurich era una ciudad llena de gente de todas partes, entre ella, artistas e intelectuales europeos desilusionados de Europa. ¿Cómo era posible que la tan encumbrada razón de la cultura occidental hubiera conducido al sufrimiento, la destrucción y la muerte que significó la Primera Guerra Mundial? La reacción de los artistas fue el nihilismo, y el nihilismo del momento fue DADA, o dadaísmo.

 Cito a continuación los puntos principales de este movimiento, según el sitio web sobre arte The Art Story:

* DADA fue el primer movimiento de arte conceptual en el que el objetivo principal no fue la creación de objetos artísticos placenteros sino hacer obras que sorprendieran y espantaran a las sensibilidades burguesas y que plantearan preguntas difíciles acerca de la sociedad, del papel del artista y del propósito del arte.

* Los miembros del movimiento dadaísta estaban tan enfocados en oponerse a todo, que se oponían incluso a su propio movimiento, por lo menos teóricamente, pues uno de sus eslóganes era: «Dada es antidadá».

* Artistas como Hans Arp —que fue dadaísta y posteriormente surrealista—, centraron su atención en la incorporación del azar en la creación artística. Esto iba en contra de todas las normas de la creación artística tradicional, en la que la obra estaba meticulosamente planeada y fabricada. La introducción del azar en la producción artística fue una manera de los dadaístas de contraponerse a las normas artísticas y de cuestionar el papel del artista en el proceso artístico.

* Los artistas dadaístas son conocidos por la invención y la utilización de los llamados ready-made, que son objetos cotidianos a los que el artista les hace un mínimo cambio y los presentan como obras de arte. La intención era la mencionada anteriormente: el cuestionamiento del papel del artista, de la creatividad artística y del arte mismo y su función en la sociedad. Como ejemplo de los ready-made podemos mencionar quizás el más conocido de todos, el orinal que Marcel Duchamp presentó como una escultura llamada «La fuente», en 1917. Simplemente le dio la vuelta, es decir el respaldo del objeto quedó como base, y lo firmó con un nombre falso. Esta escultura es evidentemente una broma. Pero si a nosotros, a 100 años de distancia, nos da risa, aunque no deja de sorprendernos, en su momento ofendió a todo mundo. El hecho de poner un orinal en un contexto artístico (una galería o un museo) tiene varios significados. Lo curioso es que esta «escultura» se encuentra hoy en el Museo de Arte de Filadelfia.


Podemos decir, entonces, que el éxito del arte dadaísta significó la muerte del movimiento, un movimiento que pretendía burlarse del arte, espantar a los burgueses, y cuestionar a la sociedad.

Sin embargo, DADA produjo pocas obras. La mayor parte de su legado está en sus manifiestos, en sus poemarios, en sus revistas, y en las representaciones y shows en el Cabaret Voltaire. El verdadero arte dadaísta era un arte de cabaret, el espectáculo burlón. Quizá la mayor aportación del movimiento fue, entonces, su actitud.

Oficialmente el movimiento dada existió de 1916 a 1924... Pero fue la base para el surrealismo, liderado en Francia por André Breton.

Para comenzar a comprender el dadaísmo, y para celebrarlo a 100 años de su fundación, les recomiendo la lectura de un libro muy breve, pero imprescindible para los interesados en el arte y en la historia del arte. Se trata de Siete manifiestos DADA, de Tristan Tzara.

El manifiesto número siete lleva por título «Dada manifiesto sobre el amor débil y el amor amargo», el cual está dividido en 16 partes. La parte octava lleva un subtítulo: «Para hacer un poema dadaísta», el cual transcribo a continuación:

Tome un periódico.
Tome unas tijeras.
Escoja en el periódico un artículo de la longitud que cuenta darle a su poema.
Recorte el artículo.
Recorte en seguida con cuidado cada una de las palabras que forman el artículo y métalas en una bolsa.
Agítela suavemente.
Ahora saque cada recorte uno tras otro.
Copie concienzudamente
en el orden en que hayan salido de la bolsa.
El poema se parecerá a usted.
Y es usted un escritor infinitamente original y de una sensibilidad hechizante, aunque incomprendida del vulgo.


En el segundo manifiesto DADA, de 1918, hay una frase clave, realzada tipográficamente (pues los dadaístas jugaban mucho con la tipografía), que es la siguiente: «Dada no significa nada». Y eso es importante, en cuanto a la coherencia del movimiento, porque Francis Picabia —diseñador, ilustrador, pintor y escritor francés, que formó parte del movimiento dadaísta y luego del surrealista— escribió lo siguiente: «Dada huele a nada, es nada, nada, nada».

El quinto manifiesto lleva por título el propio nombre del autor: «Tristan Tzara». Y comienza así:

¡Mírenme bien!
Soy idiota, soy un farsante, soy un bromista.
¡Mírenme bien!
Soy feo, mi cara carece de expresión, soy pequeño.
¡Soy como todos ustedes!"

. . . . . . . . . . . . . . .

Siete manifiestos DADA. Tristan Tzara. Huberto Haltter. Tusquets Editores, colección Fábula. 66 págs.




domingo, 9 de octubre de 2016

Pasión por las letras, de Michael Grandage




Pasión por las letras
(Genius, EEUU, Inglaterra, 2016)
de Michael Grandage

Jesús Guerra

¡Por fin, una película para adultos!, es decir «para audiencias maduras». Son poquísimas las películas para adultos que se hacen en nuestro tiempo, por lo menos en Hollywood; Europa sigue produciendo, por fortuna, un cine que no depende del cómic. Esa sola característica de Pasión por las letras, ya de entrada, es motivo de regocijo.

Uno pensaría, sin embargo, que esta cinta, basada en el libro Max Perkins: Editor of Genius, del estadounidense A. Scott Berg, acerca de un mítico editor literario estadounidense de la primera mitad del siglo XX, el cual editó a algunos de los también míticos escritores estadounidenses de su tiempo (F. Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway y Thomas Wolfe, entre otros) sería una película orgullosamente americana, pero aunque la cinta está producida en parte por Estados Unidos, y tiene actores estadounidenses (como Laura Linney, quien interpreta a la esposa del editor), es mucho más una cinta inglesa, a pesar de sus personajes y de su ubicación geográfica. El director, Michael Grandage, es inglés (viene del teatro; de hecho, ésta es su primera película, y vaya manera de hacer una primera película), y todos los actores principales son ingleses (Colin Firth encarna al editor Max Perkins; Jude Law interpreta a Thomas Wolfe; Guy Pearce es F. Scott Fitzgerald; Dominic West es Hemingway), con excepción de Nicole Kidman, quien, aunque nació en Hawai, es hija de padres australianos. La película, para colmo, se filmó en Londres, tanto los interiores como los exteriores.




El hecho que este film sea inglés es, también, motivo de regocijo para los espectadores, pues los ingleses son muy buenos para filmar películas sobre escritores. Pero esta obra tiene una particularidad: el personaje central es el editor. Hay muchas películas con personajes editores, pero en Genius se ve al editor haciendo su trabajo. Y eso es raro pues incluso en el mundo editorial el editor tiende a desaparecer. De hecho, la labor del editor, si es realmente buena, se vuelve invisible. Si hay errores en un libro, tanto de estructura como de redacción, incluso erratas, entonces se nota la ausencia del trabajo del editor (y del corrector), pero si no hay errores y la prosa y la historia fluyen, los lectores elogian el estilo del autor. Nadie se acuerda del editor. Eso es así y los editores lo asumen.




No sé si el libro (aparecido en 1978 y ganador del National Book Award) esté centrado sólo en la relación de trabajo y de amistad entre Max Perkins y Thomas Wolfe, como la película, o si la adaptación tomó sólo un fragmento del libro, pero el guión es muy bueno, y la película estupenda.

Un día, un compañero de trabajo le pide al editor Max Perkins que le eche un ojo a un manuscrito enorme. Le dice que ha sido rechazado por todas las otras editoriales de Nueva York. Que no es bueno pero es único. Y Max promete darle una revisada por encima, con rapidez, para darle una opinión, pero no puede dejar de leer el texto. Lo lee en la oficina, en el tren rumbo a su casa, en el comedor, de regreso. Cuando lo termina cita al autor a su oficina. El escritor, de una personalidad expansiva e incapaz de dejar de hablar (y también, lo veremos después, de escribir), llega convencido de que le rechazarán su obra. Cuando Perkins le dice que sí publicarán su libro pero que requiere mucho trabajo de edición, Wolfe no lo puede creer, y termina por prometer trabajar duro y hacer todos los cortes que Perkins le pida.




El trabajo de edición es arduo y de muchos meses. Cuando el libro se publica es muy bien recibido por la crítica y se vende bien. Thomas Wolfe se convierte en una estrella literaria. Y luego llega a la oficina de Perkins el segundo libro del autor, gigantesco, monstruoso, desordenado, en cajas. La relación de trabajo pronto se convierte también en amistad. Una amistad que implica otros elementos, como la obvia búsqueda de un padre por parte del escritor, y quizá la búsqueda de un hijo por parte del editor. Y en la que la influencia intelectual de Perkins es tan grande que hace sonar las alarmas de la mujer del escritor. La película nos muestra también, por encima, pero con claridad, las relaciones entre el editor y otros de sus autores, así como la relación entre el editor y su esposa y sus hijas, y también la extraña relación entre Wolfe y su pareja, Aline Bernstein, quien era veinte años mayor que él (en la película la diferencia de edad se nota, pero Nicole Kidman es sólo cinco años mayor que Jude Law) y lo mantenía.




El título del film en inglés, Genius, es (voluntariamente) ambiguo. ¿Se refiere al autor, al editor o a los dos? El título del libro es igualmente ambiguo, porque a pesar de que su traducción al español no deja duda: «editor de genio», en inglés el sentido sería equivalente a dos frases: «editor de genio» y «editor de genios», aunque esté en singular. Pero me parece que la película misma, a medida que transcurre, toma partido por el editor. El título en México, Pasión por las letras, es genérico y descriptivo, como la mayor parte de los títulos de cintas extranjeras, pero pasa. En Brasil y Portugal se fueron por la segunda opción de la traducción del título del libro y se llama «El editor de genios», y en España le fue peor porque se llama El editor de libros.




El guionista, John Logan, tiene una filmografía verdaderamente impresionante: RKO 281 (1999), Any Given Sunday (1999), Gladiator (2000), The Time Machine (2002), Star Trek: Nemesis (2002), Sinbad: Leyend of the Seven Seas (2003), The Last Samurai (2003), The Aviator (2004), Sweeney Todd: The Demon Barber of Fleet Street (2007), Rango (2011), Coriolanus (2011), Hugo (2011), Skyfall (2012), Spectre (2015), y para TV, es el creador y ha escrito varios de los capítulos de la estupenda serie Penny Dreadful. Si esta relación de títulos de filmes escritos por Logan no los hace querer ir a ver esta película de inmediato, no sé qué podría lograrlo.




La película me gusta mucho: está muy bien escrita y dirigida, y estupendamente actuada. Sus intérpretes son algunos de mis actores favoritos y el tema me apasiona. Es inteligente y cálida. Su fotografía, en tonos sepia, es evocativa y nostálgica, y el vestuario y la escenografía, minuciosos y detallistas, capturan las texturas, los colores y los diseños de la época a la perfección, así que, al verla, vemos la Nueva York de los años 30 como fue, o quizá como la nostalgia nos hace pensarla ahora. Pasión por las letras, como si hojeáramos un libro, nos permite, finalmente, entrever más de lo que nos muestra.

. . . . . . . . . . . . . . .

Pasión por las letras (Genius)
Dirección: Michael Grandage
Guión: John Logan
Fotografía: Ben Davis
Edición: Chris Dickens
Diseño de producción: Mark Digby
Vestuario: Jane Petrie
Música: Adam Cork
Con: Colin Firth, Jude Law, Guy Pearce, Dominic West, Nicole Kidman y Laura Linney, entre otros.
País: EEUU
Año: 2016
Duración: 104 minutos






miércoles, 6 de julio de 2016

Trilogía sucia de La Habana, de Pedro Juan Gutiérrez






Trilogía sucia de La Habana
de Pedro Juan Gutiérrez

Jesús Guerra

Pedro Juan Gutiérrez es un escritor cubano que se ha vuelto imprescindible, por lo menos algunos de sus libros lo son. Un escritor francamente interesante que goza de un estatus envidiable de autor de culto, y no sólo en su país, no sólo en América Latina, sino también en Europa y no sé en cuántas otras regiones del planeta.

Pedro Juan Gutiérrez nació en la ciudad de Matanzas, Cuba, en el año de 1950. Luego de un servicio militar de cuatro años (de 1966 a 1970), tuvo una variedad de trabajos, fue «obrero agrícola y de la construcción, soldado (zapador especialista en demoliciones), profesor de dibujo técnico, dirigente sindical, constructor, locutor, periodista y actor de radio, entre otros oficios. En 1978 obtuvo el título de Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana, mediante un curso especial para trabajadores. Recibía clases únicamente los miércoles y el resto de la semana estudiaba solo». (Los entrecomillados provienen del sitio de internet del autor: http://pedrojuangutierrez.com/)

«“Lo único que quiero en la vida es ser escritor”, se dijo muchas veces a sí mismo, hasta que la frase se le grabó en la mente. “Quiero escribir de un modo tan natural que no parezca literatura”. Quizás por eso jamás se acercó a grupos de escritores ni estudió literatura. No quería contaminarse con ideas ajenas. “Tengo que tener muchas mujeres, viajar todo lo que pueda y conocer todo tipo de gente”. El periodismo lo ayudó mucho en esto último». Como periodista trabajó en radio, televisión, una agencia noticiosa y en la revista Bohemia.




En la década de los 80 realizó diversas investigaciones en su país, así como en Brasil, en la frontera entre Estados Unidos y México y en el sur de España, y los reportajes resultantes le hicieron ganar algunos premios nacionales. Visitó también la Unión Soviética y Alemania Oriental, y en 1987 publicó un libro sobre astronáutica, Vivir en el espacio. «En esa década comenzó a escribir Melancolía de los leones, libro que le llevó unos trece años de elaboración y que de algún modo es un pequeño homenaje a Franz Kafka y Julio Cortázar, sus dos escritores de culto».

Dice en su sitio que «se dedicó con paciencia, disciplina y rigor a aprender a escribir. Fue una búsqueda a ciegas. No conocía el camino. No sabía exactamente qué buscaba ni hacia dónde iba», que escribía poemas y cuentos, los retrabajaba de manera obsesiva y luego los guardaba, y que aún conserva en su casa «miles de poemas, cientos de cuentos y dos novelas, todos inéditos. A veces relee algunas páginas, se ríe de sí mismo y comprende que aprender a escribir de un modo medianamente aceptable le llevó más de treinta años».

Pedro Juan Gutiérrez también es artista plástico. Desde la década de los ochenta experimenta con la poesía visual, y ha expuesto obras suyas en más de 20 países. Como pintor trabaja en la línea del «abstraccionismo matérico». «Sus obras se encuentran en colecciones privadas de unos quince países, entre ellos Suecia, Alemania, España, Estados Unidos, México, Argentina y Brasil».


Edición en inglés


A fines de los años 90, envió a una editorial cubana un libro suyo, o una trilogía, pues el volumen estaba compuesto de tres breves libros de relatos. Pero en la editorial se asustaron con el realismo del libro, un realismo que, además, podía ser peligroso en términos políticos, y le dijeron que no lo iban a publicar y se lo regresaron. El libro, por fortuna, terminó en la editorial española Anagrama, la cual lo publicó en 1998 con el título Trilogía sucia de La Habana. En su sitio de internet dice: «El éxito de crítica y público fue instantáneo. El 11 de enero de 1999, sin explicaciones, la revista Bohemia prescindió de los servicios de Pedro Juan Gutiérrez».

«De esa forma concluía una larga etapa de veintiséis años como periodista. Un amigo que lo vio preocupado le dijo: “Alégrate. Lo que pasa conviene. Ahora tienes todo el tiempo para escribir”. Y eso hizo. Entre 1998 y 2003 publicó los cinco libros del Ciclo de Centro Habana, escribió tres libros de poesía y una novela policial. Dos de sus libros han obtenido reconocimientos relevantes: Animal tropical, el premio español Alfonso García-Ramos de Novela 2000, y Carne de perro, el premio italiano Narrativa Sur del Mundo, de 2003. Ahora se dedica sólo a pintar y escribir. Sigue viviendo en Centro Habana y se acerca lentamente a la serenidad. [...]»

Pedro Juan Gutiérrez tiene dos libros de no ficción, libros de poesía y novelas. Las más famosas son las cinco que componen el Ciclo de Centro Habana:

1. Trilogía sucia de La Habana
2. El rey de La Habana
3. Animal tropical
4. El insaciable hombre araña
5. Carne de perro.


Edición en portugués (de Brasil)


Tiene también los siguientes libros:

* El nido de la serpiente: Memorias del hijo del heladero
* Nuestro GG en La Habana (novela policiaca)
* Fabián y el caos
* Melancolía de los leones
* Cuentos de La Habana Vieja
* Diálogos con mi sombra

Tiene otros libros que están sólo publicados en Cuba. Los otros mencionados están casi todos publicados por la editorial española Anagrama, así que son relativamente fáciles de conseguir en México.

La Trilogía sucia de La Habana, como apunté más arriba, fue publicado originalmente en 1998, y ha seguido reimprimiéndose debido a su éxito. El volumen está formado por tres libros de relatos que tienen los siguientes títulos: «Anclado en tierra de nadie», «Nada que hacer» y «Sabor a mí». El primero consta de 22 relatos, el segundo de 18, y el tercero de 20, que dan un total de 60 relatos, algunos de dos páginas, los más largos de alrededor de ocho, que se dejan leer con asombrosa rapidez. La estructura del libro es interesante porque si bien es cierto que se trata de relatos independientes, al mismo tiempo funcionan como partes de una novela fragmentaria. Algunos de los relatos hacen referencia a otros, por lo menos de ciertos detalles, de algunos personajes, de anécdotas que se ramifican.


Edición francesa


El personaje central, que es el narrador de casi todos los relatos, se llama Pedro Juan. Es, obviamente, un alter ego del autor. Es y no es el autor, simultáneamente. PJG ha dicho en entrevistas que fue un acto muy consciente de su parte el tratar de confundir al lector, de borrar los límites entre la realidad y la ficción. De lo que no cabe duda es de que una buena parte del libro es «real». El autor ha dicho también que durante tres años escribió estos relatos casi como si fueran un diario. Le sucedían cosas, se enteraba de otras y las escribía. Aunque claro, las anécdotas en sí mismas fueron alteradas de manera literaria.

Cuando el libro salió a la venta en España, se dijo (y de hecho se sigue diciendo) que Pedro Juan Gutiérrez era una especie de Bukowski caribeño, o de un Henry Miller habanero. Hasta donde entiendo, el autor cubano no había leído a ninguno de los dos escritores, o por lo menos a Bukowsi, cuando escribió su libro, el primero del Ciclo de Centro Habana. Desde entonces se le quedó la fama, aunque Pedro Juan Gutiérrez se la ha pasado aclarando que él no es como Bukowski, aunque admira su obra, ahora que ya la ha leído. El Pedro Juan de la ficción es mujeriego, borracho, grosero. Es también un tipo muy divertido, muy pragmático y muy desencantado de la vida en Cuba, aunque nunca ha pensado en irse a vivir a otra parte. El autor ha dicho que dentro de él hay en realidad muchos Pedritos que habitan fragmentos diferentes de su obra. Algunos son más oscuros que otros. Pero ninguno es él del todo, aunque por supuesto todos son parte de él.


Edición en alemán


La intención de Pedro Juan Gutiérrez ha sido siempre —lo cité más arriba— la de escribir de manera tan natural que lo que escribe no parezca literatura. Por eso, también, por naturalidad, hay tanto sexo en sus relatos, porque las relaciones sexuales forman parte de la vida, y por tanto de los fragmentos de vida que narra, aunque esas escenas, o por lo menos algunas de ellas, no tengan necesariamente una intención erótica. El narrador por lo general no se regodea en el sexo, simplemente no le saca la vuelta. Y es que, en realidad, no le saca la vuelta a nada. Su visión de la vida en La Habana de los años 90, quizás el período más crítico desde el punto de vista económico en Cuba, debido al derrumbe del bloque soviético, es impresionante. Pero tampoco nos lo cuenta de manera patética ni fatalista. Nos cuenta las cosas como son, en este caso como eran en ese momento. Y aunque algunas situaciones y algunos ambientes son aterradores, el libro es de una vitalidad sorprendente y admirable.

Su prosa está hecha con frases cortas. Va directo a lo que tiene que decir. Recrea muy bien los ambientes, pero no como paisaje, sino que todo forma parte de la acción y de la reflexión del personaje central. Sus relatos son contundentes. Y aunque a veces nos deja con los ojos abiertos por aquello que nos relata, su sentido del humor prevalece. No sólo es una manera de narrar, es también una manera de vivir. Él ha dicho que la música, el baile, la fiesta, el sexo y el ron, son parte esencial de los cubanos, y han sido responsables de haberles permitido superar etapas terribles de desesperación, miseria y hambre. Aquí se encuentra todo eso.

Al autor no le gustan las etiquetas. Así como niega ser como Bukowski, tampoco le gusta que a su literatura le pongan el sello de «realismo sucio» (como el del propio Bukowski y otros autores). Él dice que el realismo es realismo y punto. Sin embargo, entiende perfectamente que los marbetes ayudan a promocionar a un autor y a una obra, sobre todo si son, como lo era él a finales del siglo XX, unos completos desconocidos.




El asunto es que la (ahora famosa) Trilogía sucia de La Habana gustó cuando salió en España y en Hispanoamérica, y ha gustado en los países a cuyas lenguas se ha traducido (que son muchos), entre ellos: Alemania, Italia, Francia, Inglaterra, Estados Unidos, Canadá, Portugal, Brasil, Holanda, Bulgaria, Eslovaquia, Israel, Croacia, Polonia, Noruega, Finlandia, Grecia, Rumania, y quizás otros más. Y sigue gustando, la prueba es que yo la recomiendo ahora, 18 años después de que se publicó por primera vez.

La Trilogía sucia de La Habana, como en general toda la obra de Pedro Juan Gutiérrez, admite muchas lecturas y relecturas. Una lectura política, una económica, una sociológica, una antropológica, psicológica, lingüística, erótica, sexual, y otras tal vez. Eso quizá dependa más del lector que del autor. Todo eso está ahí, pero yo los invito más que nada a hacer una lectura literaria, no en el sentido de que se pongan a hacer un sesudo análisis del texto (aunque por supuesto el libro invita a hacerlo), sino simplemente a que lo lean y lo disfruten. Pedro Juan Gutiérrez es un estupendo escritor y su obra, para quienes nos gusta, se convierte en una verdadera adicción. Eso sí, sus libros no son para puritanos.

. . . . .

Les dejo aquí la liga a una estupenda charla con el autor, en video, a cargo de Raúl Verduzco, en Monterrey, Nuevo León, en el marco de la Cátedra Alfonso Reyes, de noviembre de 2014: https://www.youtube.com/watch?v=OhzMr8vLOjw

Y aquí la liga de su blog: http://pedrojuangutierrez.blogspot.mx/

. . . . . . . . . . . . . . .

Trilogía sucia de La Habana. Pedro Juan Gutiérrez. Editorial Anagrama (está en las colecciones Narrativas Hispánicas y Compactos, y también en edición digital). 368 págs.