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viernes, 15 de abril de 2016

La tabla de Flandes, de Arturo Pérez-Reverte





La tabla de Flandes
de Arturo Pérez-Reverte

Jesús Guerra

La Tabla de Flandes narra la historia de un misterio contenido en una pintura flamenca fechada en 1471 —realizada por Pieter van Huys—, y descubierto, reflexionado y resuelto cinco siglos más tarde, en Madrid, por una restauradora de obras de arte llamada Julia y sus dos compañeros de aventura: un viejo amigo, anticuario y muy culto, de nombre César, y un ajedrecista de primera línea, apellidado Muñoz, para quien ganar era lo menos importante en una partida.

Cuando la «Tabla de Flandes», como era conocida en el mercado del arte la pintura oficialmente denominada La partida de ajedrez, va a ser rematada por una importante galería española, le es asignada a Julia para su restauración. Julia descubre, luego de un análisis con rayos X, que la obra tiene una inscripción oculta en la parte inferior del cuadro. La inscripción reza «Quis Necavit Equitem». Julia sabe algo de latín y traduce: «¿Quién mató al caballero?»


La obra representa a dos hombres de la nobleza medieval frente a frente, enfrascados en una partida de ajedrez, y al fondo, una dama que lee un libro, sentada junto a unas ventanas por donde entra la luz del día, y un paisaje campestre.

Julia decide pedir información histórica a un historiador de arte, Álvaro, quien fue pareja de Julia en el pasado y con quien mantiene buenas relaciones amistosas. Álvaro comienza a investigar la personalidad de los caballeros a partir de unos nombres que se encuentran en el mismo cuadro, y termina por descubrir que uno de los caballeros es Roger de Arras, el otro es Fernando Altenhofen, duque de Ostenburgo, y la dama es Beatriz de Borgoña. Álvaro promete enviarle a Julia la mayor cantidad de información que le sea posible en unos cuantos días. En efecto, a Julia le llega por correo un sobre con gran cantidad de datos biográficos sobre los personajes pintados y sobre el pintor, Van Huys. Pero luego la policía le avisa a Julia que Álvaro fue encontrado muerto en la bañera de su casa, y su muerte pudo ser accidental. Pero pudo no serlo. La cuestión se complica cuando descubren que Álvaro murió antes de que el sobre con información fuese puesto en el correo.
 
Edición en catalán
Está, además, el misterio del cuadro. Llegan a deducir, por la información que logran reunir, que la frase fue cubierta por el mismo pintor (¿miedo a que su cuadro fuese demasiado obvio?) y que el caballero Roger de Arras estaba muerto para la fecha en que el cuadro fue pintado. Roger era amigo de Fernando y, se tenía casi la certeza histórica, había sido amante de Beatriz, la dama del cuadro, quien era, a su vez, la esposa de Fernando, el otro caballero de la partida de ajedrez.

Roger de Arras había sido asesinado por una flecha, y la suposición más sencilla era que el asesino había recibido la orden del Duque Fernando de Ostenburgo. Julia y César deciden descifrar el misterio que pudiese estar oculto en la partida de ajedrez misma, es decir, en la posición de las piezas del juego representado, y recurren a un oscuro maestro de este juego, de este arte, de esta reducción simbólica de la guerra: el ajedrez. Y el elegido, recomendado por el dueño de un prestigiado club de ajedrecistas de Madrid, es el señor Muñoz.
 
Edición inglesa
Muñoz decide que la frase «¿Quién mató al caballero?» puede significar también: «¿Quién mató al caballo?», y la única manera de saber qué pieza negra (las de Fernando) mató o se comió al caballo blanco (de Roger) es desarrollando la partida hacia atrás.

Muñoz tiene mucho trabajo. No sólo tiene que desarrollar la partida hacia atrás para descubrir a la pieza asesina, sino que tiene que desarrollarla hacia adelante, es decir, jugarla, contra un peligroso contrincante: un asesino real, quien ha establecido un paralelismo entre las piezas de ajedrez que aún están en el tablero y los personajes reales que tienen algo que ver con el cuadro. Así, cuando una víctima es encontrada asesinada, junto al cadáver se encuentra una tarjeta indicando la jugada que el asesino ha decidido realizar. Y he aquí una de las fallas de la novela: no se nos dice cómo comunican Muñoz, Julia y César las jugadas con que Muñoz contraataca o se defiende, tratando en realidad de defenderlos a todos. Hasta llegar a un final sorpresivo, cual corresponde a una buena novela policíaca.
 
Edición francesa
La extensa novela (416 páginas) cumple muy bien con su cometido y lo hace apegada a algunas de las reglas de las novelas de misterio y de crímenes. Complica interesantemente las cosas al plantearse un misterio de cinco siglos de antigüedad que se combina con un misterio presente y con una partida de ajedrez que ha permanecido estática más de 500 años, pero que plantea muchas posibilidades… no sólo ajedrecísticas.

A pesar de la gran calidad de la novela (que en términos generales me gusta mucho), algunos detalles de la prosa de su autor nos indican que aún no es un autor maduro*, aunque La Tabla de Flandes es ya su tercera novela (las anteriores son: El húsar, de 1986, y El maestro de esgrima, de 1988). Falta de madurez entrecomillada, por supuesto, y más teniendo en cuenta que Pérez-Reverte es periodista de prensa, radio y televisión. Y, sin embargo, algo por ahí nos salta de vez en cuando entre las líneas que componen su texto. Algunos clichés, algunas obviedades.

Edición rusa
En otros momentos, lo que salta es el hecho de que algunas explicaciones ajedrecísticas de Muñoz son bastante obvias —lo que se justifica porque la novela está escrita para todo público y no sólo para quienes saben jugar este juego—, y sin embargo Julia exclama frases que indican que ella piensa que Muñoz es genial. Frases que, a mi manera de ver, no sólo indican la inocencia de Julia sino, tal vez, un deseo del autor de infundir ánimos en el lector.

Los personajes están bien definidos —en ocasiones incluso llega a notarse que Pérez-Reverte sigue las reglas sobre «cómo escribir una novela», y por momentos se muestran las costuras que tendrían que permanecer invisible. En cambio, el autor revela una gran capacidad en el manejo de diálogos, algunos de los cuales son de una gran naturalidad. En fin, la obra es suficientemente interesante como para agradar a todo lector de novelas y no sólo a los incondicionales del policiaco.

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Póster de la película, en español



 
Edición sueca
Actualización:
Arturo Pérez-Reverte (nacido en 1951) publicó antes de La tabla de Flandes (1990), El húsar (1986) y El maestro de esgrima (1988). De 1990 a la fecha ha escrito y publicado una gran cantidad de novelas, libros de relatos, artículos (recopilados en varios volúmenes), además de las obras de la serie Las aventuras del capitán Alatriste, compuesta por lo menos por siete novelas. La información de sus libros se puede encontrar en su sitio de Internet: http://www.perezreverte.com/bibliografia/ .

El autor ha ganado numerosos premios y reconocimientos por sus obras. La tabla de Flandes, en particular, lo hizo merecedor de la elección de la revista Lire, de Francia, como uno de los diez mejores novelistas extranjeros de 1993; ganó el Premio de la Academia Sueca de Novela Policiaca a la mejor traducción extranjera por esta obra en 1994; y la revista The New York Times Book Review seleccionó La tabla de Flandes como una de las cinco mejores novelas extranjeras publicadas en los Estados Unidos en 1994

Edición rumana
Se han hecho algunas adaptaciones cinematográficas y televisivas de diversas obras de Pérez-Reverte. La adaptación de La tabla de Flandes, bajo el título Uncovered, es de 1994, con dirección de Jim McBride, guión de Michael Hirst, Jim McBride y Jack Baran, y las actuaciones de Kate Beckinsale y John Wood, entre otros. La producción fue de Gran Bretaña, España y Francia. Lamentablemente no la vi, aunque según parece es mala.

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* Esta reseña fue escrita (y publicada —más o menos como aparece aquí—en un medio impreso de Coahuila) alrededor de 1991.

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La Tabla de Flandes. Arturo Pérez-Reverte. Alfaguara, 1990. 416 págs.

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Póster de la película, con el título original










martes, 8 de marzo de 2016

Adiós, Madrid, de Paco Ignacio Taibo II





Adiós, Madrid
de Paco Ignacio Taibo II

Jesús Guerra

Era inevitable (afortunadamente). Héctor Belascoarán-Shayne, el detective tuerto y cojo, hijo de vasco e irlandesa y más mexicano que el mole verde, cabalga (es metáfora y lugar común, más bien viaja en avión) de nuevo.* Su trabajo lo lleva ahora, otra vez, fuera de la Ciudad de México, población con la que tiene una relación de amor/odio tendiente más hacia lo primero, sólo comparable a la que Woody Allen tiene con Nueva York. Y Belascoarán fuera del DF no es del todo él en cuanto a fuerza, pero es más él que nunca debido al poder evocador de la nostalgia (recordemos, por ejemplo, Sueños de frontera, en la que tampoco trabaja en la capital del país, sino que se avienta un extenso recorrido por la frontera norte, con la que choca, a la que intenta conocer y, finalmente, a la que inventa, como todo verdadero viajero).

Pero en ésta, la novena novela de la saga de Belascoarán, el detective no sólo está fuera de la capital sino de país mismo, y para colmo se encuentra en el país de su padre, en donde éste se casó con su madre, pianista irlandesa, y de la que guarda una serie de recuerdos prestados.
 
Edición francesa

A Héctor lo llama un amigo llamado Justo Vasco (nombre interesante por las resonancias que puede tener en nosotros y/o en el propio detective con relación a su propio padre, ¿verdad?) que es Subdirector Técnico del Museo Nacional de Antropología y lo contrata para que vaya a Madrid a dar un recado. El mensaje tiene que ser dado en persona (porque así es más impresionante, sobre todo si el mensajero es un detective, es mexicano y es tuerto) a una mujer identificada sólo como La Viuda Negra, una especie de exprofesional, ya que Belascoarán la identifica como «examante, exjoven, exalgo». Es una mujer que fue la amante de un expresidente, la cual se supone salió del país envuelta en el escándalo y en mucho dinero. Se supone también que entre las cosas que su examante le regaló se encontraba un objeto de arte prehispánico, una cosa denominada «el Pectoral de Moctezuma», de oro, que la susodicha, según fuentes bien informadas, intenta venderle a un comprador privado español Entre las posibles secuelas del escándalo —ya que Justo Vasco se encuentra a punto de hablar ante la prensa internacional— está el hecho de que el pectoral de Moctezuma, exhibido en el Museo de Antropología, es falso.

Belascoarán duda enormemente para decidir emprender el viaje. Le gusta la idea de ir a Madrid (con los gastos pagados, además), pero no quiere, casi diría que no puede, dejar el DF Para colmo, acaba de comenzar con unas clases de merengue (de baile, claro está) que lo traen medio loco, ya que parecen tener un efecto benéfico sobre su habitual melancolía.




Lo que le permite decidirse por el viaje es el hecho de que Madrid está próxima (más que el DF, claro) de Lisboa, ciudad en la que, parece ser, se encuentra «la muchacha de la cola de caballo». Pero esa es sólo una de sus fantasías, al igual que el resto de la lista que apunta en un papel porque ya comienza a desconfiar de su memoria; al llegar a Madrid quiere: «Ir a visitar la sierra, un lugar llamado San Rafael, donde pelearon las Brigadas Internacionales, y allí, en particular, un viejo almacén de granos donde dio un concierto su madre; comer tortilla de patata con almejas en una taberna llamada La Ancha y pasar a la cuesta de Moyano a conseguir todas las novelas viejas de Phillip K. Dick y Phillip José Farmer; ir a escuchar un concierto de Joaquín Sabina y otro de Joan Manuel Serrat; ir a ver un partido del Real Madrid para gritar en contra de los merengues ahora que habían corrido a Hugo Sánchez» (pp. 26 y 27). Entre las cosas que descubre está el hecho de que «nada era como antes».

Adiós, Madrid es quizá una de las menos policiacas de las novelas policiacas de Belascoarán, y de las novelas policiacas, a secas. Lo cual, por supuesto, no es un defecto (como tampoco lo sería el decir de una obra, que está centrada casi exclusivamente en lo policiaco), es sólo una característica. Hay poca violencia, y los únicos golpeados son unos tipos que no tienen nada que ver con el caso investigado, son unos pobres punketos que tienen la mala fortuna de asaltar a Belascoarán mientras éste, irritado, comprueba que Madrid es otra cosa diferente a la que se imaginaba.




Es una novela en la que no hay mucho que descubrir —en el papel de policía—, ya que en teoría se le contrató únicamente para dar un recado de viva voz, aunque luego las cosas se compliquen —cual deben— y termina ayudando a Justo Vasco, aún sin entender del todo, hasta el final, por dónde va la cosa del dichoso pectoral de Moctezuma.

Adiós, Madrid es una novela en la que Belascoarán investiga más bien el lugar —ahora con un ambiente completamente diferente— en el que se desarrolló la juventud de sus padres y en el que investiga, por tanto, una parte de su propio pasado.

Como es una costumbre, el humor es un elemento clave en la novela, al igual que los personajes bonachones que se cruzan en el camino de Héctor, como el conserje nocturno del hotel en el que se está hospedando el protagonista, o el director del Museo América, de Madrid, llamado Silverio Cañada, amante del tequila. Y del bueno, porque si Belascoarán es un erudito en cuestiones relativas a cigarrillos fuertes, Silverio Cañada lo es en tequilas.

Cuando Belascoarán se presenta por primera vez ante el señor Cañada, amigo de Justo Vasco, el director del museo dice: «¿Tequila? Porque recibí un fax del Museo de Antropología de México diciendo que el intercambio de información estaba alcohólicamente condicionado.

«Héctor sacó dos botellas de Cuervo compradas en el Corte Inglés, porque la mexicanidad se había vuelto internacional…

«—Cuervo Añejo. Na’, ni en broma. Si éste lo compra uno en el Corte Inglés. Si fuera un Hornitos Reposado, un Siete Leguas, un Orendáin Blanco o un Viuda de Romero Extra Añejo, entonces esto podría llamarse una conversación».

En cuanto a lo que se supone es el eje central de esta novela sólo diré que al final Belascoarán —y, por ende, el lector— termina por entender cómo estaba el asunto.
Efectivamente, como el propio Paco Ignacio Taibo II lo reconoce en la nota introductoria, la novela es excesivamente corta y tal vez le hizo falta una segunda trama que complicara las cosas. Paco Ignacio confiesa que incluso dudó en entregársela a su editor pero que finalmente se dijo lo que siempre se dice, que «las novelas tienen la longitud que quieren tener». Y dice también: «Que decidan los que la van a leer si me equivoqué. En esas estaba (decidiendo), discutiendo con amigos y lectores, percibí en ellos la misma extraña sensación que me andaba rondando: que las historias de Belascoarán se estaban agotando, que quizá fuera hora de darle unas nuevas vacaciones».




Yo creo que las historias de Belascoarán no se están agotando, ya que tiene todos los problemas del país —que son muchos— para que su detective se inmiscuya, y además el tono de sus obras es la adecuada para tratar cuestiones tan deprimentes como las broncas de México: tristón y amable, su detective fumador y bebedor de refrescos, amante nostálgico de una mujer viajera, habitante lúcido y soñador del monstruoso D.F., cojo y tuerto, cuarentón y aprendiz de merengue, es, más que un pesimista, un optimista informado. No es un nihilista porque es soñador —o lo era en su juventud— pero sí es un postmoderno desencantado que no sabe dónde abandonar sus ilusiones. Belascoarán está mejor que nunca, ahora que física y moralmente está tan malo, el pobre. Es Paco Ignacio Taibo II quien ha ido simplificando, adelgazando el cuerpo de la obra, sin que ello signifique que ha simplificado la estructura.

La pregunta sería si Adiós, Madrid es una novela corta o un cuento largo. Stephen King dice, por ejemplo, que son cortas sus cuatro novelas editadas juntas bajo el título Cuatro después de la medianoche y sin embargo tienen, respectivamente, 221, 133, 195 y 158 páginas, de letra pequeña y en páginas de formato amplio. Adiós, Madrid, en ese mismo formato, no pasaría de unas 50 páginas…

Pero bueno, si sus novelas belascoaranianas se simplifican, se adelgazan o se agotan, es tema para otro texto. De momento, alegrémonos de que existe el noveno capítulo de la vida de uno de los personajes más entrañables de la literatura mexicana: Héctor Belascoarán-Shayne.

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Serie Belascoarán Shayne:

  • Días de combate (1976)
  • Cosa fácil (1977)
  • No habrá final feliz (1981)
  • Algunas nubes (1985)
  • Regreso a la misma ciudad y bajo la lluvia (1989)
  • Amorosos fantasmas (1989)
  • Sueños de frontera (1990)
  • Desvanecidos difuntos (1991)
  • Adiós, Madrid (1993)


Hay diversas ediciones de las novelas. La editorial Planeta publicó en 2010 las nueve novelas en un solo volumen llamado Todo Belascoarán

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* Esta reseña fue escrita (y publicada en un medio impreso de Coahuila) aproximadamente en 1993, en el año en que fue publicada la novela.

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Adiós Madrid. Paco Ignacio Taibo II. Promexa. México, febrero de 1993. 138 págs. (Esta es la edición reseñada, la que se encuentra ahora es la de la editorial Joaquín Mortiz/Planeta.)


sábado, 20 de febrero de 2016

Siga en sintonía, de Peter Hyams





Siga en sintonía
(Stay Tuned, EEUU, 1992)
de Peter Hyams

Jesús Guerra

Roy Knable (John Ritter)* es un adicto total a la televisión. Su esposa Helen (Pam Dawber) se queja constantemente, pues Roy ya no es, evidentemente, el hombre que ella conoció. Ella es una ejecutiva en una agencia de publicidad y le oculta a su esposo los ascensos que le dan pues, supone, su éxito intimida a Roy. Roy, por su parte, es un mediocre y distraído vendedor de productos relacionados con la plomería. En efecto, cada vez está más encerrado en sí mismo, pero de hecho un tanto ausente de sí mismo, pues lo único que hace es mirar la televisión: deportes, programas de concursos, películas viejas de las cuales se sabe de memoria los diálogos, etcétera.




Tienen dos hijos, Diane (Heather McComb), una adolescente insoportable interesada sólo en sus amigas, y un niño, Darryl (David Tom), que es una especie de genio en potencia de la electrónica. Un buen día, los hijos de los Knable se ponen de acuerdo para pasar una noche fuera de casa y darles una oportunidad a sus padres para que, estando solos, puedan reencontrar el romance. A Roy la idea no le parece muy buena, pues hay un importante juego. Helen se sale de la casa enfurecida. De repente, tocan a la puerta, y ahí está un individuo que se presenta como Spike (Jeffrey Jones), que le vende a Roy una gigantesca TV, con gran sonido y mejor imagen, una antena parabólica “especial” que le dará acceso a 666 canales “diferentes”. Como es obvio, Spike trabaja para el diablo y la antena parabólica tiene la función de succionar a Roy y a Helen al mundo de la televisión. Ahí tienen 24 horas para salvarse. Si logran escapar a todos los peligros de los programas, quedan redimidos y son regresados a su casa. Si mueren en la TV, sus almas pasan a ser posesión del diablo.




Si bien el contexto argumental es bastante burdo, con tonterías como la del niño genio tratando de hacer un aparato para rescatar a sus padres y cosas por el estilo, la idea central es muy buena: un viaje por el interior de los canales de televisión. Los personajes pasan de un programa a otro, así como de un canal a otro a través de algo así como ventanas o bien, gracias a unos controles remotos que ellos mismos pueden utilizar. Así, la persecución emprendida por el propio Spike a los Knable cuando se da cuenta de que sobreviven a los peligros de los programas se desarrolla de un canal a otro, en donde hay una gran variedad de programas, épocas representadas, tonos y tipos de acción (hay una espléndida escena en dibujos animados en la cual los Knable son convertidos en ratones de caricatura).




Están, además, los comerciales, los cuales se burlan de la televisión real, y los anuncios incluyen no sólo productos, sino también otros programas o películas transformados aquí a una versión supuestamente diabólica (y, de ser así, debemos reconocer que el diablo y su equipo de TV tienen un buen sentido del humor). Entre los programas están, por ejemplo, Autopsias de los ricos y famosos; entre las películas anunciadas, Tres hombres y el bebé de Rosemary, y entre los productos sobresalientes, El silenciador de los inocentes, un bozal para niños y mascotas idéntico al usado por Hannibal Lecter.




Es interesante que a estas alturas del partido una película siga percibiendo a la televisión como algo diabólico. Una película que terminará por ser exhibida precisamente en la televisión… ¿Cuál es el mensaje de este filme? No vea mucha televisión. Viva su vida. Claro que como la gente no le hace caso a los mensajes de los libros, las obras de teatro, los programas de televisión y las películas, esta cinta es inofensiva… como todas las demás.

A pesar, insisto, de las torpezas de guión y de dirección en las partes que esta historia se desarrolla en la realidad, el resto es muy divertido.




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* Las reseñas de la sección Cine de Hoy (2001-2010), y muchas de Cine de Ayer (1971-2000), salvo aclaración, fueron escritas en las fechas del estreno en México de esas obras, en salas de cine o en video, y son publicadas aquí (más o menos) como fueron publicadas en su momento en medios impresos de Coahuila.

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Actualización:
El actor John Ritter, nacido en 1948, conocido sobre todo por su trabajo en varias series de TV, murió sorpresivamente en 2003, a los 54 años de edad.

El realizador, Peter Hyams (nacido en 1943), dirigió, antes de la cinta que comentamos, Rolling Man (1972, TV), Goodnight, My Love (1972, TV), Busting (1974), Our Time (1974), Peeper (1976), Capricorn One (1978), Hanover Street (1979), Outland (1981), The Star Chamber (1983), 2010 (1984, continuación de 2001, una odisea del espacio, 1968, de Stanley Kubrick), Running Scared (1986), The Presidio (1988) y Narrow Margin (1990). Después de Stay Tuned (1992), realizó: Timecop (1994), Sudden Death (1995), The Relic (1997), End of Days (1999), The Musketeer (2001), A Sound of Thunder (2005), Beyond a Reasonable Doubt (2009) y Enemies Closer (2013).

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Siga en sintonía (Stay tuned).
Dirección: Peter Hyams.
Guión: Tom S. Parker y Jim Jennewein.
Fotografía: Peter Hyams.
Edición: Peter E. Berger.
Diseño de producción: Philip Harrison.
Música: Bruce Broughton.
Con: John Ritter, Pam Dawber, Jeffrey Jones, David Tom.
Género: Comedia / Fantasía.
País: EEUU.
Año: 1992.
Duración: 98 minutos.


sábado, 6 de febrero de 2016

Luna de miel en Las Vegas, de Andrew Bergman





Luna de miel en Las Vegas
(Honeymoon in Vegas, EEUU, 1992)
de Andrew Bergman

Jesús Guerra

Tenemos aquí otro de los patéticos —y sin embargo interesantes— casos de robo o espionaje de ideas que se da entre las compañías de cine de Hollywood. Luna de miel en Las Vegas, aunque tiene elementos originales —si es que esa palabra tiene algo que ver con La Meca del cine norteamericano— y nos recuerda varias películas en diferentes momentos, tiene mayormente su «película hermana» más parecida en Una propuesta indecorosa, de Adrian Lyne, estelarizada por Demi Moore y Robert Redford. [Claro que no sabemos cuál cinta copia a cuál: la de Lyne es de 1993 y está basada en una novela, pero los proyectos debieron estar en desarrollo más o menos al mismo tiempo.]*




En el caso de Luna de miel…, Jack Singer (Nicolas Cage), aunque tiene una novia a la que adora, Betsy Nolan (Sarah Jessica Parker), no puede casarse porque cuando murió la madre de Jack (interpretada por Anne Bancroft), ésta le pidió que le prometiera que no se casaría ya que nunca encontraría una mujer que lo quisiera como ella. Jack intentó protestar, pero su madre murió en ese instante. Sí, el matrimonio es una calamidad, era el mensaje de su progenitora, y para comprobarlo y recordárselo a sí mismo constantemente, Jack se consiguió un empleo ad-hoc: detective privado especializado en cónyuges infieles.




Durante algunos años, Betsy le dio apoyo a Jack hasta que llegó un momento en que lo que le dio fue un ultimátum, porque ella quiere ser una mujer casada y quiere tener hijos. Esto, obviamente, trastorna a Jack, y su única salida es acelerar las cosas: le propone a Betsy que se vayan a Las Vegas al día siguiente y ahí se casarán sin mayores preámbulos. A Betsy le encanta la idea. Al día siguiente están en la ciudad de las apuestas y los matrimonios rápidos. Sólo que al llegar al hotel los ve entrar un jugador profesional millonario de muy mala reputación: Tommy Korman (un James Caan que se ve más mafioso que en El Padrino). Resulta que la que fue la esposa de Tommy, llamada Nonna (interpretada en los flashbacks por la misma Sarah Jessica Parker) murió muy joven, víctima de un cáncer en la piel por las muchas horas que pasaba tomando el sol en su ociosa vida. Cuando Tommy ve a Betsy, piensa que Dios le da otra oportunidad y planea de inmediato una manera de apropiarse de la chica. Se hace pasar por un empleado del hotel que les da la bienvenida a los recién llegados con dos horas de «póker amistoso». Aunque Betsy le dice a Jack que no vaya a jugar, éste se encuentra tan nervioso que le parece una buena manera de pasar el tiempo hasta el inevitable momento en que desobedecerá el último deseo de su madre.




Sólo que Jack no sabe que juega con un profesional en cuyos planes está el de endeudarlo, cosa que logra, llegando a conseguir que Jack le deba a Tommy la nada despreciable suma de ¡65 mil dólares! Luego de que Jack confiesa que jugó por sentirse seguro de ganar, pero que no tiene esa cantidad, Tommy finge pensar en alternativas para su pago hasta que, un momento después, le propone olvidar la deuda si le «presta» a su novia por el fin de semana.




Finalmente, Tommy se lleva a Betsy a Hawái y el fin de semana se extiende hasta el miércoles. La idea de Tommy es seducirla con su dinero y con su falsa pose de hombre dulce para obligarla a casarse con él. Jack, entre tanto, los persigue como loco tan pronto deja de tener contacto con ambos.

Sin bien la premisa es más «creíble» que la de Una propuesta indecorosa —una trampa, un intercambio de mujer por una deuda impagable para un joven sin dinero y una cantidad grande pero manejable— la historia pierde proporción, el guionista y realizador enloquece, la película pierde ritmo y termina con una escena francamente fuera de lugar.

Vaya, hasta el humor es bastante disparejo. Sin embargo, tiene unos cuantos momentos divertidos… Por lo menos simpáticos.




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* Las reseñas de la sección Cine de Hoy (2001-2010), y muchas de Cine de Ayer (1971-2000), salvo aclaración, fueron escritas en las fechas del estreno en México de esas obras, en salas de cine o en video, y son publicadas aquí (más o menos) como fueron publicadas en su momento en medios impresos de Coahuila.

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Actualización:
Antes de Luna de miel en Las Vegas, Andrew Bergman dirigió sólo dos películas: So Fine (1981) y The Freshman (1990), y después sólo tres: It Could Happen to You (1994), Striptease (1996) e Isn’t She Great (2000). Como guionista estuvo más activo, pues antes de la película comentada, se produjeron nueve guiones que escribió o coescribió, como Blazing Saddles (Mel Brooks, 1974) o The In-Laws (Arthur Hiller, 1979), cuyo remake se produjo en 2003. Por supuesto, Luna de miel en Las Vegas fue convertida en una comedia musical en Broadway en 2014.




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Luna de miel en Las Vegas (Honeymoon in Vegas).
Guión y Dirección: Andrew Bergman.
Fotografía: William A. Fraker.
Edición: Barry Malkin.
Diseño de producción: William A. Elliott.
Música: David Newman.
Con: James Caan, Nicolas Cage, Sarah Jessica Parker, Pat Morita, Peter Boyle y Anne Bancroft, entre otros.
Género: Comedia / Romance / Thriller.
País: EEUU.
Año: 1992.
Duración: 96 minutos.





lunes, 1 de febrero de 2016

Las otras vidas, de Antonio Muñoz Molina






Las otras vidas
de Antonio Muñoz Molina

Jesús Guerra

Las otras vidas, del escritor español Antonio Muñoz Molina*, es un pequeño volumen de 130 páginas que reúne cuatro relatos bellísimamente editados por la editorial Mondadori en su colección Rectángulo.

«Las otras vidas» es el relato que abre el tomito. Un grupo de personas, relacionadas con la regencia de salas de concierto en Sudamérica y Europa, quienes han sucumbido a los encantos de los pianos de cola Fujisutmi & Sons, se encuentran reunidos en un viaje full credit (a cargo de la compañía japonesa) por el norte de África, en los «mejores hoteles». Todos desprecian al joven afinador y técnico de sonido por ser completamente diferente a ellos. Es huraño, sucio, viste como clochard y se pasó el viaje fumando, bebiendo y sin atender las rutas turísticas que todos los demás viajeros seguían religiosamente. Su nombre: Armando Cadafells.

Las soleadas mañanas se empleaban en actividades turísticas; las tardes y las noches, en reponer las energías, conversar, contar anécdotas. Todos admiraban a Milton Oliveira, pues sabían que era uno de los mejores pianistas del mundo. Sin embargo, todos ellos habían tenido experiencias desagradables con él, «un artista», decían, como si la palabra lo explicara todo. Y es que Oliveira se comportaba como «una diva». Era caprichoso y se negaba a tocar si alguna pequeñez lo molestaba.

El narrador de este relato es un mediocre hombrecito, consciente de su falta de valor (en ambos sentidos). Una noche, sin embargo, se emborracha con Cadafells y la novia de éste («una joven sucia y melenuda que poseía una peculiar habilidad para exhibir unas bragas azules»), y ese incidente «secreto» permite que el afinador y la chica tengan un cierto acercamiento con este hombre (quien en verdad se muere de la vergüenza por el incidente). Una noche, el narrador se enoja con su esposa (o mejor dicho, ella con él); entonces, Cadafells toca su puerta. Lo invita a platicar. El narrador no se puede zafar, por más que eso es lo que quiere, y, casi sin darse cuenta, de pronto ya está en un taxi rumbo a alguno de los barecitos de la ciudad en la que se encuentra el barco, dialogando acerca del azar con el afinador. Cadafells lo lleva a un antrucho en el cual el narrador se lleva la sorpresa de su vida. Quien toca el piano es Milton Oliveira.

El relato, espléndidamente narrado aunque centrado en el azar —tema tan caro a Julio Cortázar—, nos habla también de la nostalgia, de la costumbre de vivir en matrimonio, de las tristezas de la mediocridad autoconsciente, de la incomprensión del ser humano (los prejuicios, por ejemplo), y también, de pasadita, de la «magia» (por supuesto entre comillas) de las pequeñas aventuras no buscadas (pero tampoco rehuidas) y mucho, de manera contextual, del mundo como un lugar hecho, formado por reglas incuestionables…
«—¿Cree usted en el azar? —me dijo sin previo aviso Cadafells.
—Claro que sí —le contesté—. Actúa siempre en contra mía.»

«El cuarto del fantasma» es un simpático relato de aire provinciano en el que un narrador interno —como en los clásicos cuentos de terror— cuenta una anécdota extraña, en tanto que el narrador del relato que el lector lee nos habla no sólo de sus pensamientos sino también de los incidentes de una tertulia. Es una especie de ejercicio de estilo muy bien logrado.

El tercer relato de este volumen lleva por nombre «La colina de los sacrificios». Está narrado sin nombres, con una especie de necesidad de anonimato, de lejanía —a pesar de la cercanía testimonial que nos proporcionan las certeras descripciones, a medio camino entre lo literario y lo cinematográfico— que acentúa la sensación de observar la desgracia ajena.

Las comparaciones y metáforas son frías y húmedas; las escenas se desarrollan bajo la lluvia otoñal en una casa abandonada durante 15 años, mohosa y polvorienta; en la sala de interrogatorios de la policía, durante la madrugada; en un terreno baldío bajo la lluvia; en una gasolinera solitaria…

Si las descripciones son terribles es por realistas, porque nos descubren la soledad, la polvosa existencia sin expectativas de los personajes (y de un montón de gente representada por ellos). Es el argumento el encargado de mostrarnos algo de fantasía y eso gracias al azar, no porque no sea realista. Es otro ejercicio de estilo, enfocado ahora hacia el thriller psicológico, un relato que nos recuerda las historias de Patricia Highsmith.

«Te golpearé sin cólera» es el título del cuarto y último relato de este volumen. Toma su nombre de un verso de Baudelaire y es también una historia policiaca, aunque, quizá, más cercana a Boris Vian que a Raymond Chandler. Es la búsqueda de un pintor que firma sus cuadros con las iniciales J.V. y que pinta obras que parecen enloquecer y/u obsesionar a quienes las miran. El carácter paródico y de «homenaje» se ve claramente en la escena donde el detective contratado para el caso —y narrador del relato, evidentemente— llega al Hell’s Bar y en él se topa con una fauna verdaderamente de antología: «De vez en cuando me he emborrachado con Bill Faulkner, y siempre sé dónde encontrarlo». Más adelante: «Muy cerca de él, Ray Chandler bebe el gimlet del sueño eterno». Luego: «En Hell’s bebe ginebra cruda Malcom Lowry, y en un rincón del fondo, demolido por el ajenjo, Paul Verlaine hace vagos gestos en el aire […]».

Sobre el lugar nos dice: «Hell’s es uno de los bares menos recomendables de este mundo y del otro. Se llega a él bajando una sucia escalera de cemento, y en la entrada, sobre la cortina de tiempo con caligrafía de retrete: Lasciate ogni speranza, voi che entrate».

En una pequeña introducción al libro, el autor comienza por confesarnos que los cuatro relatos fueros escritos porque se los pidieron: «El relato es un género al que le sienta muy bien el trabajo de encargo»; y nos cuenta la historia editorial de cada uno. El más interesante (porque además lo ilumina) es el origen del cuarto texto («Te golpearé sin cólera»), el cual, nos dice Muñoz Molina, «lo escribí en 1983 para el catálogo de una exposición del pintor Juan Vida. Los cuadros que cito y describo en el relato existen de verdad, y la trama la inventé expresamente para ellos».

La lectura de Las otras vidas deja una deliciosa sensación de placer, la sensación que debe dejar, precisamente, la literatura. Son varias las virtudes de estos relatos (buena factura, ingeniosos, dicen más de lo que cuentan), y la brevedad no es la más breve de ellas. Salud.

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* Esta reseña fue escrita (y publicada en un medio impreso de Coahuila) aproximadamente en 1992.

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El autor:
Antonio Muñoz Molina nació en Úbeda, Jaén, el 10 de enero de 1956; es escritor y académico de número de la Real Academia Española. En el año 2013 ganó el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Entre sus obras se encuentran:

Novelas: Beatus Ille (1986, Seix Barral), El invierno en Lisboa (1987, Seix Barral), Beltenebros (1989, Seix Barral), El jinete polaco (1991, Planeta), Los misterios de Madrid (1992, Seix Barral), El dueño del secreto (1994, Seix Barral), Ardor guerrero (1995, Alfaguara), Plenilunio (1997, Alfaguara), Carlota Fainberg (1999, Alfaguara), En ausencia de Blanca (2001, Alfaguara), Sefarad (2001, Alfaguara; 2013, Cátedra), El viento de la Luna (2006, Seix Barral), La noche de los tiempos (2009, Seix Barral), Como la sombra que se va (2014, Seix Barral).

Libros de cuentos y relatos: Las otras vidas (1988, Mondadori), Nada del otro mundo (1993, Espasa Calpe).

Libros de ensayos: Córdoba de los Omeyas (1991, Planeta); La verdad de la ficción (1992, Renacimiento), Pura alegría (1998, Alfaguara), José Guerrero. El artista que vuelve (2001, Diputación Provincial de Granada), El atrevimiento de mirar (2012, Galaxia Gutenberg), Todo lo que era sólido (2013, Seix Barral).

Diarios: Ventanas de Manhattan (2004, Seix Barral) y Días de diario (2007, Seix Barral).

Libros con recopilaciones de artículos: El Robinson urbano (1984, Silene Fábula), Diario del Nautilus (1986, Diputación Provincial de Granada; 1989, Mondadori), Las apariencias (1995, Santillana), La huerta del Edén: escritos y diatribas sobre Andalucía (1996, Ollero y Ramos), Unas gafas de Pla (2000) y La vida por delante (2002).

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Las otras vidas. Antonio Muñoz Molina. Editorial Mondadori. Colección Rectángulo. Madrid, España, 1988. 130 págs.