sábado, 25 de marzo de 2017

Mapa dibujado por un espía, de Guillermo Cabrera Infante




Mapa dibujado por un espía
de Guillermo Cabrera Infante

Jesús Guerra

Uno de mis escritores favoritos es Guillermo Cabrera Infante, importantísimo autor de la lengua española, en general, y de la cubana, en particular, quien para estas fechas ya ha adquirido la categoría de clásico (he comentado dos de sus libros en el blog Lecturas Tu Red: la novela La ninfa inconstante, publicada póstumamente, en el año 2008, por Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, y su libro de cuentos Así en la paz como en la guerra, publicado originalmente en La Habana en 1960, y del cual existen ahora ediciones en diversas editoriales).

Una ficha biográfica estándar, corta, sobre Cabrera Infante diría algo así (de hecho, lo dice, al final del comentario de La ninfa inconstante): «Guillermo Cabrera infante nació en Gibara, Cuba, el 22 de abril de 1929 y falleció en Londres el 21 de febrero de 2005. En 1954 comenzó a ejercer como crítico de cine en la revista Carteles con el seudónimo G. Caín. Fue fundador y director de la revista literaria Lunes de Revolución hasta su cierre, en 1961. En 1962 fue nombrado agregado cultural de la embajada cubana en Bélgica. En 1965 renunció a la diplomacia y se exilió en Europa. Desde 1966 vivió en Londres junto a su esposa Miriam Gómez. En 1997 se le otorgó el Premio Cervantes.» Esa ficha es correcta, pero, por supuesto, deja fuera, necesariamente, todo lo interesante. Dejaremos para otro momento el motivo por el que firmaba como G. Caín sus reseñas de cine, y por qué cerró la revista Lunes de Revolución, y por qué lo mandaron como diplomático a la embajada de Cuba en Bélgica. Vamos a hablar de lo que sucedió un poco antes de que Cabrera Infante renunciara, y el motivo por el que lo hizo, a la embajada y se exilió en Europa junto con su mujer, Miriam Gómez, y podemos hacerlo porque él mismo lo escribió en su libro Mapa dibujado por un espía, publicado póstumamente en el año 2013 por Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores.

Pero antes me remonto a la historia del libro mismo. Cuando Cabrera Infante murió, en el año 2005, en Londres, en donde vivió casi cuarenta años, su viuda quedó en posesión de tres libros inéditos de su marido. Dos de ellos estaban prácticamente terminados, según sus editores, la novela La ninfa inconstante; el libro de memorias Cuerpos divinos (publicado en 2010), que es la continuación directa de su libro de memorias noveladas La Habana para un infante difunto, publicado tres décadas antes, en 1979, y el libro de memorias Mapa dibujado por un espía, al cual, si bien estaba terminado en cuanto al contenido, le faltaba por lo menos una pasada del autor para afinar el estilo y quizá eliminar algunos pasajes poco importantes. Sin embargo, como el autor ya no podía realizar esa tarea, los editores decidieron publicarlo como estaba, con la debida autorización de Miriam Gómez, y debo decir que incluso así, el libro es fascinante.

Es un libro de memorias centrado en lo sucedido en cuatro meses de su vida. Cabrera Infante fue enviado a la embajada de Cuba en Bélgica en 1962, y allá estuvo tres años. En 1965 recibió una llamada en la que le avisaron que su madre estaba muy enferma. Cabrera Infante dejó a su esposa en la embajada y tomó un avión a Cuba con una escala en otra ciudad europea. Para cuando llegó a La Habana su madre ya había muerto. Asistió al sepelio. Descansó en la casa de sus padres. Vio a amigos. Vio a personas de relaciones Exteriores. Todo era normal. Unos días después le entregaron sus pasajes, para él y sus dos hijas (de un matrimonio anterior, a las que se llevaría a Europa con él) y el día fijado se fue al aeropuerto acompañado de varios amigos que lo iban a despedir. Faltando 15 minutos para abordar su avión, recibió una llamada en el aeropuerto. Era de su jefe inmediato en La Habana y éste le dijo que no abordara el avión pues el ministro de Relaciones Exteriores necesitaba hablar con él al día siguiente. Se regresó a la casa de sus padres y a la mañana siguiente fue a Relaciones Exteriores. Pero el ministro no lo pudo recibir ese día. Y lo mismo pasó los siguientes días. Hasta que Cabrera Infante se dio cuenta que algo extraño ocurría. ¿Había caído en desgracia? ¿Por qué? Oficialmente nadie le decía nada. No había explicaciones. Es decir: una típica situación kafkiana.

También se dio cuenta, en sus recorridos por la ciudad, de lo que estaba pasando en el país. Tenía apenas tres años de estar fuera de Cuba, en especial de La Habana, de donde salió casi al inicio de la revolución, y ya la ciudad era otra: empobrecida, racionada, con muchas carencias y muy controlada. Hasta las gentes a la que veía caminar por la ciudad le parecían zombis de película.

Y en pláticas con sus amigos artistas, escritores e intelectuales, le fueron contando sucedidos, y le hablaron de la caza de brujas contra «traidores» a la revolución, homosexuales, escritores y artistas. El régimen se había endurecido con rapidez, la gente tenía miedo, La Habana ya no era la que Cabrera Infante vivió y amó, y literalmente se había oscurecido, y él estaba atrapado en un laberinto burocrático que le impedía salir del país. Tuvo que recurrir a sus amistades que trabajaban en el Gobierno, y a sus editores en España, y finalmente, luego de cuatro meses que en parte se leen como una novela de suspenso, logró salir, con sus hijas, hacia Europa, a los 36 años de edad, con plena conciencia de que no regresaría a su país mientras Castro permaneciera en el poder.

El libro está lleno de detalles sorprendentes sobre La Habana de la época y sobre el ambiente político, pero en relación a la vida del autor, llama la atención la minuciosidad del registro de sus intentos de ligue, de sus encuentros sexuales y de su enamoramiento de una joven. Todo esto forma parte de la literatura de GCI, por supuesto, y es particularmente importante en algunos de sus libros, pero en este caso se trata de sus memorias de los cuatro meses que pasó en La Habana mientras su esposa estaba en Bélgica.

Miriam Gómez dice, en una entrevista publicada en el suplemento español El Cultural, en noviembre de 2013: «Guillermo me dijo que era la base para un futuro libro, que aquello había sido una catarsis. Me pidió un sobre, lo guardó en él y escribió un título: Ítaca vuelta a visitar. Yo lo metí en un cajón. Nunca volvimos a mencionarlo». Como Miriam Gómez no podía dejar que aparecieran las Obras Completas de Cabrera Infante (que está publicando Galaxia Gutenberg) sin este libro, le entregó el manuscrito al editor, Antoni Munné, para que lo leyera primero. Cuando Munné terminó de leer la obra y vio a Miriam Gómez, le dijo: «Miriam, te va a destrozar. No he podido dejar de leerlo. Es algo tan duro, tan increíble». Marta Caballero, la autora de la entrevista apunta: «A su mujer le costó digerir el romance que Cabrera tuvo en la isla. Sin embargo, pronto volvió a su memoria la devoción que él tenía hacia el género femenino, una característica inevitable que ella asumió cuando vivían juntos: "Para él las mujeres eran la salvación, desde que era pequeño [...].»

Por su parte, Antoni Munné, el editor de la obra, en la parte final del prólogo, la describe así: «Premonición de la disidencia, testimonio demoledor del desengaño y la decepción, Mapa dibujado por un espía se configura como la cartografía íntima de una despedida».

Guillermo Cabrera Infante murió en Londres, en 2005, a dos meses de cumplir los 76 años de edad, sin haber regresado a Cuba. Vivió más en Londres que en La Habana y, sin embargo, toda su narrativa, autobiográfica y de ficción, transcurre en la capital cubana. Salió de su país en 1965 para no volver; hombre libre, viajó por el mundo, recibió premios, vivió en Europa, publicó libros en muchos países del planeta, colaboró en medios impresos de América Latina, Europa y los Estados Unidos, escribió guiones para Hollywood y, sin embargo, permaneció literariamente encerrado (quizá encerrado en libertad), en La Habana de los años 50.

Mapa dibujado por un espía es un libro muy recomendable para cualquier lector, pero para los lectores de Cabrera Infante es una obra imprescindible.

. . . . . . . . . . . . . . .

Mapa dibujado por un espía. Guillermo Cabrera Infante. Edición al cuidado de Antoni Munné. Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona, 2013. 400 págs.



miércoles, 15 de febrero de 2017

Cuatro estaciones en La Habana, de Félix Viscarret




Cuatro estaciones en La Habana

Jesús Guerra

Voy a comentar y recomendar una serie de televisión, pero para ello primero les hablaré brevemente de la serie de libros en la que está basada. (Si quieren leer la reseña de cada una de las novelas, hagan clic sobre los títulos de las obras mencionadas más abajo, y los remitirá a mis comentarios en el blog Lecturas Tu Red.) La serie Mario Conde está compuesta, hasta la fecha, por ocho novelas. Las primeras cuatro fueron planeadas como una tetralogía, llamada «Las cuatro estaciones». Estas cuatro obras transcurren todas durante el año de 1989, y cada novela sucede en una estación diferente del año. Estas novelas son: Pasado perfecto (de 1991), que sucede los primeros días de enero de 1989, y por tanto en invierno, aunque un invierno tropical; Vientos de cuaresma (de 1993), que transcurre en la primavera; Máscaras (de 1997), en verano, y Paisaje de otoño (de 1998), que transcurre en la estación mencionada en el título. Al finalizar la cuarta novela, Mario Conde abandona su trabajo como policía de La Habana, sin embargo, como lo veremos en las novelas posteriores, aunque oficialmente se dedica a la compra-venta de libros usados, termina investigando varios casos más como detective privado.



Por diversos y felices motivos, las aventuras de Mario Conde desbordan la tetralogía original, y de 1998 a 2013, Leonardo Padura agregó otras cuatro novelas a la serie de su detective, aunque éstas se ubican ya después de 1989. La quinta novela, llamada Adiós, Hemingway, se desarrolla en 1997, es decir, ocho años después de las cuatro novelas iniciales. La sexta, La neblina del ayer, ocurre en el año 2003, catorce años después de las primeras cuatro, y seis años después de la quinta, y la séptima, La cola de la serpiente, que, aunque se desarrolla en 1989, es narrada-recordada en algún momento de principios del siglo XXI. La octava novela, Herejes, es la única de la serie que no he comentado aún. Las novelas pueden ser leídas en el orden en que las vayan consiguiendo, pues cada caso es autónomo, pero yo recomiendo leerlas en orden, para entender mejor la historia del detective, de su grupo de amigos, de las personas que le ayudan a resolver los casos y la muy importante historia sentimental de Mario Conde, además de la historia de Cuba de las últimas tres décadas y la evolución literaria de Leonardo Padura.


La serie de televisión me la encontré por casualidad en Netflix y fue una sorpresa espléndida. Se trata de una coproducción entre España y Cuba. Se llama, como ya apunté, Cuatro estaciones en La Habana, y está compuesta —por lo menos hasta el momento—, de la adaptación de las primeras cuatro novelas de la serie, es decir las que componen la tetralogía original. Hablamos, entonces, de cuatro capítulos de aproximadamente 90 minutos cada uno. Por algún motivo que desconozco —pero debió de haber una razón práctica para ello—, el orden de los dos primeros capítulos está invertido, es decir, el primer capítulo de la serie es la adaptación de la segunda novela, y el segundo capítulo de la serie de televisión es la adaptación de la primera novela. Además, el título de la segunda novela, Vientos de Cuaresma, pasa en la serie a «Vientos de La Habana», capítulo inicial que se estrenó en alguna parte como película.


Las novelas están muy bien adaptadas, y eso se debe, entre otras cosas, a que el guión de los cuatro capítulos es del propio Leonardo Padura y de su esposa, Lucía López Coll. La dirección de los capítulos es del cineasta español Félix Viscarret (nacido en Pamplona en 1975). El reparto es buenísimo. El personaje del detective Mario Conde lo interpreta Jorge Perugorría (el actor que se hizo muy conocido entre nosotros, hace ya más de 20 años, debido a su impresionante actuación en la película cubana Fresa y Chocolate, de 1993). Enrique Molina interpreta al Mayor Rangel, Carlos Enrique Almirante encarna al sargento Manuel Palacios, Manolo, el ayudante del Conde; y del entrañable grupo de amigos del Conde tenemos a Luis Alberto García, que interpreta a Carlos el Flaco, a Jorge Martínez, que interpreta a Andrés, y a Mario Guerra que interpreta a Candito el Rojo.


La música, bastante buena, es de Andrés Levin y Mikel Salas, la edición es de Antonio Frutos, el diseño de producción es de Carlos Urdanivia, y la fotografía es de Pedro J. Márquez. Llama la atención la fotografía, muy bien lograda, y además creo que ninguna película cubana que yo haya visto muestra La Habana de manera tan minuciosa como esta serie. Esto, por supuesto, está muy relacionado con las novelas, pues en las obras de Padura existe esta intención, La Habana no es sólo paisaje, es un personaje fundamental.


Aunque los guiones están muy bien adaptados, debido a las diferencias entre los dos medios, yo recomiendo también leer las novelas de Padura. Pueden leerlas antes o después de ver los capítulos de esta serie, pero sí es importante que las lean, sobre todo porque los libros contienen mucha información que forma parte de los recuerdos y de las nostalgias del Conde, este melancólico pero enamoradizo detective caribeño. Los recuerdos, las nostalgias y las reflexiones, salvo en ciertos momentos y breves, no se pueden incluir en las versiones fílmicas, por cuestiones de duración, de ritmo y de formato. Mi recomendación, por tanto, no es un formato sobre el otro, sino los dos: vean la serie de televisión, Cuatro Estaciones en La Habana, y lean las novelas de Leonardo Padura en las que están basados los capítulos. La serie está en Netflix, las novelas están publicadas por Tusquets Editores.



miércoles, 21 de diciembre de 2016

Siete manifiestos DADA, de Tristan Tzara




Siete manifiestos DADA
de Tristan Tzara

Jesús Guerra

Aunque el año 2017 está a punto de llegar, vale la pena recordar que 2016 es (aún) el centenario del inico del movimiento artístico, o «antiartístico», si se prefiere, llamado DADA, el cual fue fundado en 1916, en el famoso Cabaret Voltaire, de la ciudad suiza de Zúrich. Su fundador oficial es Hugo Ball, un escritor y poeta alemán nacido en 1886, pero murió pronto, en 1927, a los 41 años de edad. Uno de los primeros integrantes del movimiento DADA fue el poeta rumano, después nacionalizado francés, Tristan Tzara, cuyo verdadero nombre era Samuel Rosenstock, nacido en 1896, y fue él quien se volvió el personaje más emblemático del movimiento.


Para entender el movimiento DADA hay que tener en cuenta, sobre todo, que en 1916 la Primera Guerra Mundial llevaba dos años de destrucción y de matanzas como nunca se habían visto antes. La guerra terminó dos años después, pero en 1916 no podían saberlo, así que la guerra parecía interminable y apocalíptica. Zurich era una ciudad llena de gente de todas partes, entre ella, artistas e intelectuales europeos desilusionados de Europa. ¿Cómo era posible que la tan encumbrada razón de la cultura occidental hubiera conducido al sufrimiento, la destrucción y la muerte que significó la Primera Guerra Mundial? La reacción de los artistas fue el nihilismo, y el nihilismo del momento fue DADA, o dadaísmo.

 Cito a continuación los puntos principales de este movimiento, según el sitio web sobre arte The Art Story:

* DADA fue el primer movimiento de arte conceptual en el que el objetivo principal no fue la creación de objetos artísticos placenteros sino hacer obras que sorprendieran y espantaran a las sensibilidades burguesas y que plantearan preguntas difíciles acerca de la sociedad, del papel del artista y del propósito del arte.

* Los miembros del movimiento dadaísta estaban tan enfocados en oponerse a todo, que se oponían incluso a su propio movimiento, por lo menos teóricamente, pues uno de sus eslóganes era: «Dada es antidadá».

* Artistas como Hans Arp —que fue dadaísta y posteriormente surrealista—, centraron su atención en la incorporación del azar en la creación artística. Esto iba en contra de todas las normas de la creación artística tradicional, en la que la obra estaba meticulosamente planeada y fabricada. La introducción del azar en la producción artística fue una manera de los dadaístas de contraponerse a las normas artísticas y de cuestionar el papel del artista en el proceso artístico.

* Los artistas dadaístas son conocidos por la invención y la utilización de los llamados ready-made, que son objetos cotidianos a los que el artista les hace un mínimo cambio y los presentan como obras de arte. La intención era la mencionada anteriormente: el cuestionamiento del papel del artista, de la creatividad artística y del arte mismo y su función en la sociedad. Como ejemplo de los ready-made podemos mencionar quizás el más conocido de todos, el orinal que Marcel Duchamp presentó como una escultura llamada «La fuente», en 1917. Simplemente le dio la vuelta, es decir el respaldo del objeto quedó como base, y lo firmó con un nombre falso. Esta escultura es evidentemente una broma. Pero si a nosotros, a 100 años de distancia, nos da risa, aunque no deja de sorprendernos, en su momento ofendió a todo mundo. El hecho de poner un orinal en un contexto artístico (una galería o un museo) tiene varios significados. Lo curioso es que esta «escultura» se encuentra hoy en el Museo de Arte de Filadelfia.


Podemos decir, entonces, que el éxito del arte dadaísta significó la muerte del movimiento, un movimiento que pretendía burlarse del arte, espantar a los burgueses, y cuestionar a la sociedad.

Sin embargo, DADA produjo pocas obras. La mayor parte de su legado está en sus manifiestos, en sus poemarios, en sus revistas, y en las representaciones y shows en el Cabaret Voltaire. El verdadero arte dadaísta era un arte de cabaret, el espectáculo burlón. Quizá la mayor aportación del movimiento fue, entonces, su actitud.

Oficialmente el movimiento dada existió de 1916 a 1924... Pero fue la base para el surrealismo, liderado en Francia por André Breton.

Para comenzar a comprender el dadaísmo, y para celebrarlo a 100 años de su fundación, les recomiendo la lectura de un libro muy breve, pero imprescindible para los interesados en el arte y en la historia del arte. Se trata de Siete manifiestos DADA, de Tristan Tzara.

El manifiesto número siete lleva por título «Dada manifiesto sobre el amor débil y el amor amargo», el cual está dividido en 16 partes. La parte octava lleva un subtítulo: «Para hacer un poema dadaísta», el cual transcribo a continuación:

Tome un periódico.
Tome unas tijeras.
Escoja en el periódico un artículo de la longitud que cuenta darle a su poema.
Recorte el artículo.
Recorte en seguida con cuidado cada una de las palabras que forman el artículo y métalas en una bolsa.
Agítela suavemente.
Ahora saque cada recorte uno tras otro.
Copie concienzudamente
en el orden en que hayan salido de la bolsa.
El poema se parecerá a usted.
Y es usted un escritor infinitamente original y de una sensibilidad hechizante, aunque incomprendida del vulgo.


En el segundo manifiesto DADA, de 1918, hay una frase clave, realzada tipográficamente (pues los dadaístas jugaban mucho con la tipografía), que es la siguiente: «Dada no significa nada». Y eso es importante, en cuanto a la coherencia del movimiento, porque Francis Picabia —diseñador, ilustrador, pintor y escritor francés, que formó parte del movimiento dadaísta y luego del surrealista— escribió lo siguiente: «Dada huele a nada, es nada, nada, nada».

El quinto manifiesto lleva por título el propio nombre del autor: «Tristan Tzara». Y comienza así:

¡Mírenme bien!
Soy idiota, soy un farsante, soy un bromista.
¡Mírenme bien!
Soy feo, mi cara carece de expresión, soy pequeño.
¡Soy como todos ustedes!"

. . . . . . . . . . . . . . .

Siete manifiestos DADA. Tristan Tzara. Huberto Haltter. Tusquets Editores, colección Fábula. 66 págs.




martes, 22 de noviembre de 2016

Animales fantásticos y dónde encontrarlos, de David Yates




Animales fantásticos y dónde encontrarlos
(Fantastic Beasts and Where to Find Them, Inglaterra, EEUU, 2016)
de David Yates

Jesús Guerra

Newt Scamander (Eddie Redmayne) —un científico de la comunidad mágica inglesa, especializado en conservación de animales fantásticos—, llega, en 1926 (es decir 70 años antes de la saga de Harry Potter), a lo que tendría que ser una rápida visita a Nueva York, con una pequeña maleta. Su intención es encontrarse con un individuo que le venderá una rara especie de animal. Llega a un banco y en ese lugar suceden cuatro eventos que cambian radicalmente la dinámica del viaje, y uno más que le cambiará la vida.




En primer lugar conoce, por accidente, a un panadero (un «no-maj», que es como la comunidad mágica estadounidense conoce a las personas comunes y corrientes, es decir «no mágico», en lugar de «muggles» como en Inglaterra) de nombre Jacob y de apellido Kowalski (de fuertes ecos literarios, así se apellida uno de los personajes centrales de «Un tranvía llamado deseo»; Kowalski es interpretado espléndidamente por Dan Fogler), el cual está en el banco para pedir un préstamo para abrir una pastelería, y tiene sus muestras en una maleta de cuero idéntica a la de Newt.




El segundo evento: se le escapa a Newt de la maleta mágica una de las criaturas que ahí transporta, un animalejo maravilloso muy parecido a un ornitorrinco (¡un ornitorrinco!), que tiene especial predilección por todos los objetos metálicos y brillantes, como las monedas y las joyas (y están en un banco...). Tercero, debido a un accidente derivado del accidente anterior, Newt tiene que mostrarse ante Kowalski como un mago, y cuarto, cuando se despiden, por error intercambian sus maletas, así que cuando Kowalski, en su pequeño departamento abre su maleta, escapan algunos de los animales fantásticos que con tanto trabajo ha ido recolectando Newt en su viaje por el mundo, y estos animales pueden causar un caos en la ciudad y un desastre en las relaciones de los magos con los no-majs.




El quinto evento importante es que hay una bruja o maga que sigue a Newt porque le parece sospechoso, y cuando se da cuenta del desastre con los animales, lo arresta. Pero ella, llamada Tina (Porpentina Goldstein, interpretada por Katherine Waterston), tiene a su vez problemas con sus jefes en lo que sería el equivalente al Ministerio de Magia de Inglaterra, llamado Magical Congress of the United States of America, MACOSA (Congreso Mágico de los Estados Unidos de América). Nunca la toman en cuenta. No le dan importancia. Cuando ella explica por qué arrestó a Newt y abren su maleta en la oficina es cuando se dan cuenta de que Kowalski tiene la maleta de Newt pues ahí, frente a los jefes de Tina, sólo hay un montón de pastelillos. Así que Tina tiene que hacer equipo con Newt para localizar a Kowalski antes de que suceda un desastre. Y lo encuentran, pero algunos animales ya han escapado. Esa noche cenan en el departamento que Tina comparte con su hermana, Queenie (Alison Sudol), una bruja que lee la mente y que al parecer se enamora de inmediato de Kowalski. Jacob, por supuesto, está deslumbrado («No te preocupes», le dice ella, «todos los hombres piensan lo mismo cuando me conocen»).




Hasta aquí todo parece reducirse a una suerte de cacería urbana de animales fantásticos para devolverlos a esa suerte de maletín-zoológico de Newt, pero hay una segunda trama, literalmente muy oscura, pues por esos días se está produciendo en la ciudad un fenómeno que también pone en peligro las relaciones de los magos y los no-majs: hay un «obscurus» (o algo así) suelto, una energía negativa y destructiva fuera de control (digamos la furia ciega de una persona, exteriorizada en la forma de un minitornado). Y hay, por supuesto, un momento en el que ambas historias se juntan.




Hay otros personajes importantes aquí, y algunos de ellos cobrarán mayor importancia en las películas siguientes, pues ya se anunció que la saga constará de cinco películas. Una es Mary Lou (interpretada por la siempre estupenda Samantha Morton), una fanática religiosa que dice que «las brujas viven entre nosotros», y sus muy extraños hijos adoptivos; otro es Percival Graves (Colin Farrell), el Director de Seguridad Mágica de MACUSA. Y la sombra de Gellert Grindelwald, quien, según sabemos por la saga de Harry Potter, fue un amigo de juventud de Dumbledore y posteriormente su enemigo pues se pasó al lado oscuro. Dumbledore lo derrotó en 1945, es decir 19 años después de los acontecimientos narrados en este film.




Este es el primer guión escrito por J.K. Rowling y la verdad es que es espléndido. Es un guión original, aunque erróneamente se dice que está basado en el libro del mismo título, Animales fantásticos y dónde encontrarlos, publicado por J.K. Rowling en 2001. Ese libro, cuyo autor en el universo mágico es Newt, es un bestseller que para cuando Harry Potter y sus amigos lo llevan en clase, lleva ya 52 ediciones. Pero ese libro es un tratado de Magizoología, un bestiario, con la descripción de muchos animales fantásticos. Esta película no es ese libro sino lo que está detrás del mismo, y narra sólo una de las muchas aventuras del autor en sus viajes para capturar a estas criaturas maravillosas y mágicas. En el momento en que sucede lo narrado en esta película, Newt apenas está recabando la información y escribiendo el libro que publicará un año después, en 1927. Vale la pena apuntar el nombre completo del personaje, que viene en la sección «Acerca del autor» en el libro en cuestión: Newton (Newt) Artemis Fido Scamander, quien nació en 1897.




Como uno de los temas que se encuentran en la saga de Harry Potter, y obviamente también en esta película, es el lado oscuro y los magos que practican la maga negra, que son criminales, crueles, arrogantes, racistas, esclavistas, paranoicos, sádicos, etcétera, es lógico que parezca que esta obra es un reflejo de Donald Trump y de los oscuros tiempos que ya están aquí. No lo es. Son Trump y su gente los que siguen los tristes modelos fascistas del pasado y los quieren imponer de nuevo y, por tanto, entran a la perfección en el molde descrito. Y es que el universo mágico creado por J.K. Rowling es tan amplio que incluye, también, una crítica al resurgimiento de la ultraderecha en el mundo en los últimos años. Hay incluso un personaje, un junior adinerado, que se encamina a la presidencia del país...




Esta película, dirigida por David Yates (nacido en 1963, en Inglaterra), quien dirigió las últimas cuatro películas de Harry Potter, es, al igual que esos filmes, una mezcla precisa entre luz y oscuridad, en los temas y en la fotografía, y nos muestra una Nueva York bellísima pero fría, en parte nostalgia y en parte fantasía, al borde de la Gran Depresión. Y el retrato de los Estados Unidos, a través de la comunidad mágica y de los fanáticos, es entre otras cosas el de la segregación racial, la inseguridad y la paranoia.




Los vestuarios son estupendos, así como la escenografía y la fotografía. Los efectos especiales, maravillosos. Los diseños de los animales son sensacionales y en ningún momento se vuelven una caricatura, como lamentablemente sucedió, por ejemplo, con los monstruos de Los hombres de negro o los fantasmas de Ghostbusters. Las interpretaciones son muy adecuadas, pero sobresalen Eddie Redmayne (recordemos la escena en la que realiza un ritual de apareamiento para atraer a la versión fantástica de un rinoceronte), Dan Fogler (muy simpático pero controlado, en permanente estado de shock debido al descubrimiento de la magia), Alison Sudol (muy divertida), Samantha Morton (muy dura en su papel de fanática religiosa) y Ron Perlman (como un impresionante y traidor goblin gángster).




La minuciosidad del diseño en todos los aspectos de esta película es verdaderamente espectacular. La película es bellísima, así como la música de James Newton Howard; es divertida, tierna y ligera, y también tiene sus aspectos siniestros. Ahora que sabemos que vienen cuatro filmes más, escritos por J.K. Rowling, y dirigidos por David Yates, como se ha anunciado, podemos suponer que la serie se volverá más compleja e interesante.

. . . . . . . . . . . . . . .

Animales fantásticos y dónde encontrarlos (Fantastic Beasts and Where to Find Them)
Dirección: David Yates
Guión: J.K. Rowling
Fotografía: Philippe Rousselot
Edición: Mark Day
Dirección de producción: Stuart Craig, James Hambidge
Vestuario: Colleen Atwood
Música: James Newton Howard
Con: Eddie Redmayne, Colin Farrell, Katherine Waterston,  Samantha Morton, Dan Fogler, Alison Sudol, Jon Voight, y Johnny Depp, entre muchos otros
Género: Fantasía, Aventuras
País: Inglaterra y EE.UU.
Año: 2016
Duración: 133 minutos

    

viernes, 18 de noviembre de 2016

Coordenadas para encontrar a Leonard Cohen




Coordenadas para encontrar a Leonard Cohen

Marlén Curiel-Ferman

En el mundo hay muchas palabras difíciles de definir. El día de hoy únicamente vengo a traerles dos de ellas: poesía y hombre.

Ahora que el mundo ha olvidado la capacidad de sentir la poesía, ahora que el mundo cada vez se asume menos hombre (entendiéndose bajo la primera acepción, la que hace referencia a la humanidad), resulta un caso trillado, incluso de una cursilería mal acomodada para un siglo que no tiene ganas de llorar por lo realmente conmovedor ni de reír por aquello que nos devasta. No vengo, pues, a contarles lo que para mí significa poesía u hombre. Eso ya lo definió Leonard Cohen.




El problema es que desde hace una semana que ya no está.

No lo hemos podido localizar debajo de nuestros LPs, donde salía joven, medianamente apuesto y sumamente tímido, a veces una guitarra, a veces una mujer (implícita o explícita), a veces senderos, corazones o bastones; pero siempre un par de ojos de felino tranquilo, como flotando en las aguas de los mantras que él ya conocía mucho antes de haberse ido por la filosofía budista. Tampoco lo hemos podido localizar en algo que llamamos nostalgia, ni en su buque grandísimo, que se amplía a placer entre más tiempo nos recorren los vientos de todos los tipos; no está, les juro, en la idea que tenemos del amor, de la soledad, de la miseria entre la risa pasajera, de la sexualidad, de las ciudades que respiran como un pulmón enfermo que seduce al más inocente para robarle su paz.

Leonard Cohen tampoco está en los diarios que todos leímos junto a él mientras cantaba «In my secret life» y recordaba la isla de Hydra, donde plantó semillas que luego fueron Flores para Hitler (1964) y proyectó a Lorca y Adam, sus hijos que le siguieron la pista, ya fuera desde la lente o desde una guitarra.

Leonard Cohen, les aseguro, no está más. Queda su obra, su maravillosa obra compuesta por nueve poemarios, dos novelas, catorce álbumes de estudio, ocho álbumes en directo, cuatro álbumes recopilatorios y cinco más de homenaje. Hace unos días se dice que vieron pasar a «So Long Marianne» vestida de una juventud confundida ahora que no está su creador, el único que podía revivirla con su voz, sin importar que ya tuviera 70 años. Dicen también los que presenciaron la marcha que hubo un debate para elegir la canción adecuada a la partida de su hombre: «A Singer Must Die» (incluida en su fabuloso álbum New Skin for the Old Ceremony de 1974), «Hallelujah» (que se encuentra en su disco Various Positions de 1984), «If It Be Your Will» (también del disco anteriormente citado). Sus mujeres todas, las reales, las imaginarias, las coristas, las de viento, las agradecidas, las escritas y cantadas, decidieron que era mejor entonar el último verso, «Estoy preparado, mi Señor», que aparece en su último álbum, You Want It Darker, publicado apenas un mes antes de su muerte.




Hicieron bien. Leonard Cohen es el real exponente de la evolución correcta del poeta: nació para expresarse, escribió en su juventud para remorderse y torturarse, la métrica muy visible, casi como su corazón de vulnerable inocencia dramática; llegó a la etapa de la madurez con la métrica escondida en los pliegues de la cara, anteponiendo mejor el estoicismo a veces amargo que sedujo a todos y a tantos, especialmente a la vida, que limpió sus versos hasta volverlos sencillos, más claros y diáfanos que nunca. Cohen estaba preparado para hablar directamente con la gente sin la crudeza del político ni la zalamería del sacerdote. Cohen, pues, se volvió gurú de sí mismo, de la verborrea que permea entre los poetas jóvenes y los no tan jóvenes que insisten en sufrir sus textos y, por lo tanto, apagar la poesía. Cohen se volvió después en el gurú de los que también han buscado a ciegas. First We Take Manhattan, Then We Take Berlin… Primero tomó su poesía, luego tomó la poesía de los otros. Y lo hizo por los cuernos. Y desbarató los quinqués del decimonónico y escribió signos de niño sobre las vanguardias. Había que reírse pero no burlarse. Había que seguir sin intentar ser seguido.

Para cuando lo agarró el crepúsculo, Cohen ya estaba en la línea recta hacia el silencio. Eso es lo que pasa con el poeta: encuentra la luz y el sonido en el silencio. No tiene más nada qué decir, pues sabe que la flor y el fango tienen su canción propia. Leonard se dedicó a filosofar, a rezar sus mantras con su voz de terciopelo y roble, prueba de ello son sus últimas canciones, en donde ya no cantaba. Cohen se volvió un maestro de la oración. Y luego fue otra vez niño, y luego abrazó al silencio.

Dicen que sufrió una caída la noche previa a su muerte. Sus versos saben que no, que simplemente fue un ejercicio, el último, de ejercer la humildad. Besó la tierra. Luego, partió.

Es muy probable que ahora que murió nos preguntemos: ¿Por qué a él no le dieron también el Nobel? ¿Habrá decidido irse ahora que Trump fue electo y es casi seguro que nos seguirán tiempos agrestes para la poesía?




La cosa es sencilla de responder. A Cohen poco le importaban este tipo de asuntos. Se ganó el Príncipe de Asturias en 2011. Los gobiernos, al menos en sus territorios creativos, poco lo asustaban.

Leer y oír a Cohen se vuelve entonces una constante que no debería dejarse de lado. No porque un día vayamos a un café y podamos hacer gala de los poemas que memorizamos (para qué, en todo caso). Tampoco porque, tras leerlo u oírlo vayamos a escribir igual que él. En este mundo nada se repite, todo se emula.




Leer y oír a Cohen es esencial para aprender de su tratado (construido sin querer) de pureza y honestidad. Se necesitan dosis enormes para comprendernos ahora que nos quedamos muy solos, cada vez más solos, con nuestras máscaras y circos mediáticos al por mayor. Se necesita a un maestro como Leonard para entender lo que es ser hombre. «I’m Your Man». Y sí, él es de los pocos que alcanzó este estadío.

. . .

[Me acaban de decir que por fin encontraron a Leonard Cohen. «Canten “Dance Me to the End of Love”, ése es el camino», me susurraron ciertos versos. El amor es el camino. El silencio, su resolución en este mundo].